LaHora

Mardeletras: La bella de los jardines

Juan José Prieto

Por Juan José Prieto Lárez*

Era la hembra más bella y hermosa de la ciudad. Alta, estilizada, elegante, siempre llamando la atención, con accesorios haciendo juego perfecto con sus inigualables atributos naturales. Era una real hermosura moldeada increíblemente con la maestría del mejor de los maestros, traduciendo una obra alucinante imposible de calcar. Codiciada hasta más no poder, su delicado estereotipo homenajeaba con matices dulces su espectacular puesta en escena. Cada ademán suyo correspondía a un trazo habilidoso en perspectiva fulgurante delineando un rostro impecable, influido solo por la belleza, un pedazo de paraíso expuesto a los ojos insinuantes de los hombres. Cuando digo de todos los hombres me refiero a todos, sin excepción. Era la musa de todas las fantasías humanamente imaginables. Solía proclamar una suerte de encantamiento, y ella intuitivamente se ufanaba sonriente de una ingenuidad convincente y angelical.

   Al pasar el tiempo su corazón se fue conmocionando, atendiendo causas arrogantes que despertaron propósitos irreconocibles como pronósticos evidentes de sobrevaloración a sí misma, se hizo engreída. Descolló, entonces, involucrada en un arrebato insensato de felonía a su natural pose de diva. Sus propias amigas, contrariadas por el repentino cambio de actitud denigraban cada instante sus desaires vueltos inquisidores contra todas y todos quienes le rodeaban, era una función degradante, donde lo extrañamente concluyente, una demencial postura.  La indiferencia fue una meta trazada colectivamente a modo inmediato por deshacerse de insufribles dotes displicentes surgidos de la nada, o de una catapulta donde residían seres endemoniados esperando el momento justo para infligir su incomprensible absurdo. Años más tarde fue presa de la soledad, ahora debía batallar, o declarar su error para que el perdón la asistiera elogiando su capacidad reflexiva. Quedó sola, sin amigos, sin familia, irremediablemente atormentada. Un día visitó a una de sus amigas solicitándole en préstamo, unas zapatillas, unos zarcillos y un collar. No importó si aquellas prendas combinaran de alguna forma, color o llevara un descriptivo detalle que fuera acorde con su estilo principesco. La sorpresa fue apoteósica. Estaba anonadada por la sórdida solicitud, viniendo de la mujer que debía poseer cualquier cantidad de estos artículos, puesto que la lluvia de regalos recibidos de incontables admiradores resultaba insultante en comparación a sus allegadas que sacrificaban un importante porcentaje de sus salarios para adquirir alguna prensa de vestir.

      La narración de los hechos fue impecable, tanto, que a ratos su voz se quebraba, obligándola a hacer una pausa para luego continuar con la truculenta experiencia. Abiertamente se pronunciaron casi al unísono, de una posible pérdida de la razón. La expresión en los rostros tradujo loas al desencanto. Concluyeron inmersas en un silencio de siglos, enfrentadas a una dura realidad compitiendo con el vigor influyente de quienes se resisten a entrar en años. Marta nunca se imaginó la pena sufrida por el resto de sus amigas. Pero una de ellas intervino infiriendo haberle ocurrido el mismo episodio, solo que prefirió esperar algo semejante para determinar de grado de desquiciamiento padecido por Ángela. Ahora tales confesiones derivaron a la conclusión inapelable: locura. La aflicción las hizo estallar en un llanto quejoso. Dejó traslucir un dejo de lástima.

    No volverían a verla sino mucho después, cuando los muchachos de la cuadra se la pasaban jeringándole la vida a una anciana, cuya manía consistía en escarbar con un palo los jardines de las casas y plazas, los hoyos se incorporaron al paisaje, en franca competición con bachacos. Usaba un andrajoso vestido abocado a una silente cosecha de inmundicia. Pelo desatado, insuflado por bichos ensañados a degradarlo ante la falta mínima de higiene. Endilgaba a sus pies descalzos huellas de confesas rajaduras, su cuerpo encorvado en afinidad a una imagen atrapada en un retrato gris holocausto. Registraba las bolsas de basura procurando algo comestible. En alguna esquina, donde la agarrara la noche, improvisaba un colchón con periódicos y cartón para asirse al sueño. Los vecinos en vista de tal situación denigrante, lograron un cupo en el ancianato de la ciudad. Allí quedó recluida. Todas las mañanas, luego de la revisión médica colectiva y recibir adecuada alimentación, era llevada a un paseo mañanero por larguiruchos pasillos sombreados por trinitarias ceñidas a un cielo de celosías. A viva voz se le escuchaba decir:

“llévenme a mi jardín de zapatillas, a mi jardín de aretes, a mi jardín de collares”

*Periodista

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