LaHora

Mardeletras: Sabor a gloria (y II)

*Juan José Prieto Lárez

La agónica claridad del solazo golpeó, a su antojo, mis ojos cuando salimos del perímetro museístico. Una experiencia inolvidable. A lo lejos parecía un incendió que no iba ni venía, parecía una cortina que se iba deslizando de arriba hacia abajo con una dolencia azafranada. Mi sombra se hacía tan larga que pretendía escabullirse por las aceras, paredes, también ventanales y engancharse a los balcones con arabescos en hierro forjado que maquillan la arquitectura parisina.
Todos en el grupo adoptamos un eslogan explosivo: ¡tenemos hambre! Y comenzó la búsqueda, no del arca perdida, si no de un lugar donde merendar, pudiera ser una boulangerie, en cristiano, una panadería. Allí seguro habría un croissant, por lo menos. De pronto apareció una confiserie, donde la exquisitez saltaba a la vista, la abundancia y extravagancia hacía desbordar nuestros paladares incautos ante tantos manjares que pedían a gritos triturarlos y disfrutarlos.
Por alguna razón ocupé el último lugar de la sarta de los demolidos antojosos que éramos todos…pero. Por arte de magia un conocido aroma a pan atropelló mis narices obligándome a rememorar una tarde asuntina, en la Plaza de Bolívar inundada de los olores escapados de los hornos de la Panadería San Juan Bosco. Decidí afinar el olfato y seguir su huella. A pocas cuadras de donde estábamos era un asuntino perdido en París. A pesar de todo es un privilegio que aun conservo y llevaré siempre, lo crucial de una imprevista escapada en procura del acervo culinario de esta tierra de Napoleón Bonaparte. La fama de su tahona fue la causa de mi extravío. Cuando no tenía ni idea de dónde estaba, apareció un tumulto em file indienne que aguardaban por entrar a un reducido espacio donde había un solo mostrador, un musiú cobraba y otro vendía. Cada cual salía con su bolsa atestada de panes de variados tamaños y formas, aquella paca parecía una chistera humeante llevando la crocante piel salida de las brazas.
Entre tanto yo repasaba mis viejas clases de francés, pero que va, la memoria me hacía trastadas y no atinaba a premeditar la solicitud en un franchute más o menos. Por encima del vidriado armazón se veían las bandejas con las presas, mi recompensa, luego de la ofuscada pesquisa. Al acercarse mi turno me dejé de vainas y señalé al dependiente el trofeo que me apetecía. Le apunté que eran dos. Dos canillas como de un metro cada una, largas como agujas. En la caja abrí mi mano con varios euros de donde el cobrador escogió lo justo. Me sentí un laureado explorador, regocijado por el esfuerzo que valió la pena.
No seguí inventando y me senté en la acera de enfrente con mis comestibles alhajas. La tropa familiar me encontró hartándome mis dos canillas que sabían a gloria. ¡Vive la France!
*Periodista
peyestudio@hotmail.com

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