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Ataques de ira: cuál es su origen y cómo liberarnos de ellos

¿Por qué sufrimos ataques de ira? La rabia contenida de nuestro pasado tiene mucho que ver. Para evitar seguir sufriendo estos arrebatos tan dañinos, podemos recurrir a ejercicios de visualización

Muchas de nuestras reacciones y respuestas emocionales están basadas en aprendizajes que realizamos en nuestro pasado, sobre todo, en nuestra primera infancia. Un ejemplo claro lo tenemos cuando sufrimos un arrebato de ira descontrolada. Este exceso de cólera debemos tomarlo como una señal, que nos indica la cantidad de ira acumulada que arrastramos.

Hasta hace pocos años, no se comenzó a tener en cuenta el mundo emocional de la infancia. Antaño, los niños tenían prohibido expresar cualquier tipo de diferencia con sus mayores. Tampoco, por mucho que la situación vivida fuera injusta, podían mostrar enfado. Todas las emociones reprimidas de estos niños, no desaparecían, quedaban enterradas bajo la alfombra y con el tiempo, ya en la edad adulta, acababan por estallar.

A lo largo de los años, las emociones no expresadas se van uniendo y concentrado en el cuerpo.

Pasado el tiempo, este cúmulo crece, hasta el día que las emociones no pueden retenerse más y escapan en forma de estallido emocional. Cuando la ira se desborda descontrolada, es como un tsunami que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Todo el mundo, incluida la persona que lo sufre, resulta dañado.

Por otra parte, he de señalar, que si esta ira reprimida jamás llega a ser expresada (aunque sea en forma de arrebato), también acaba escapando, pero de forma más sutil, como por ejemplo, a través de algún tipo de enfermedad somática.

Aunque nos duela reconocerlo, la mayoría de nosotros hemos vivido historias, más o menos, represivas. Casi todo el mundo acumula algún nivel de ira en su interior.

Cómo podemos sanar la ira reprimida

Un paso imprescindible en cualquier proceso terapéutico, pasa por sanar esta ira reprimida. En el caso de Ricardo, un hombre que acudió a mi consulta hace un tiempo, su enfado se desataba cuando alguno de sus hijos le llevaba la contraria. Según me comentó en su primera sesión, no podía controlarlo: “En cuanto la siento, se dispara en décimas de segundo”, me explicó.

En otra de nuestras sesiones, Ricardo me relató cómo su padre le había inculcado, a golpes, la idea de que los niños deben obedecer a sus padres sin protestar. A pesar de la injusticia que suponía, obligado por el miedo, se pasó toda la infancia reprimiendo sus ganas de protestar.

El niño creció, a ojos de su padre, como un niño “bueno”.

Ahora que él se había convertido en padre, la idea de la obediencia ciega estaba tan arraigada en su interior, que el hecho de que sus hijos le contradijeran, funcionaba como un detonante de toda la frustración, el dolor y la ira que había acumulado en su infancia.

Aunque no deseaba gritarle a sus hijos, en los momentos de tensión, le resultaba imposible controlarse. Incluso, en alguna ocasión, había llegado a golpearles. Después, se arrepentía enormemente de haberlo hecho, conocía perfectamente el dolor que conlleva esta violencia. Además, una de sus mayores preocupaciones era el que llegara un día en el que no pudiera frenarse. Esta posibilidad le aterraba.

Reconocer el origen de la ira

El mayor punto de inflexión de Ricardo en su terapia, lo supuso el hecho de reconocer que el enfado que sentía en su presente no era contra sus hijos, sino que era la rabia contenida contra su padre, que había acumulado en su infancia. A partir de ese momento, pudimos trabajar para sanar su ira.

Una forma muy efectiva de trabajar la rabia contenida contra personajes del pasado es mediante ejercicios de visualización. A través de estos, la persona puede expresar su ira y, virtualmente, darle rienda suelta.

Al dosificar y soltar esta rabia del pasado, podemos, para que deje de hacer daño en el presente, comprender su origen y reubicarla.

Para Ricardo, su manera de soltar su rabia fue recriminar a su padre lo mal que había ejercido su papel. En una de nuestras sesiones, pudo gritarle y descargar virtualmente todo el dolor, la frustración y la ira que, cada vez que su padre le había maltratado, había reprimido.

Cuando se trabaja con el pasado, el presente se libera. Por supuesto, puedes tener momentos de enfado, pero éstos ya no estallan en forma de ira descontrolada. Los problemas del presente se quedarán en simplemente eso, problemas del presente. Ya no serán un detonador de toda la ira del pasado porque esta, ya ha sido comprendida y trabajada.

Lahoraonline es una web de información y los artículos no sustituyen las recomendaciones o el diagnóstico realizado por un profesional. Consulta con tu médico ante cualquier problema de salud.

Ramón Soler/CuerpoMente

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