LaHora

No más muertos

 Sor Elena Salazar
                                                                                                 salazarsor@hotmail.com

Corren los meses de julio, agosto y septiembre y con ellos el calor al mismo ritmo que la pandemia. Mi celular lo único que hace es anunciarme la muerte de médicos, enfermeras, amigos y conocidos. Cuando creo que puedo disfrutar de un paisaje o de otras noticias, inclino mi búsqueda hacia mi estado o hacia las redes sociales, y ahí, otra vez el anuncio de médicos en terapia intensiva o de familiares en hospitales y clínicas. El Covid-19 no distingue, ataca, destruye con rapidez al galeno de turno, al que arriesga su salud por defender al paciente y a todo aquel que encuentre desprevenido. Hastiada y entristecida de tantas malas noticias tomo el carro, con pocos litros de gasolina, y decido dar una vuelta por mi querido municipio para ver mis calles y la gente de lejos y olvidarme del celular, cuya función ha sido, martirizar mi mente. Mala elección, cuando salgo de la calle La Noria, con dirección hacia la Girardot, esquivando los huecos, los escombros y los cachivaches que han colocado los bachaqueros de la gasolina, lo primero que advierto es una multitud, que acompaña el entierro del Prof. Jorge Córdova, quien fuera mi profesor de Educación Física en el liceo Dr. Francisco Antonio Rísquez. Detengo y apago mi carro y veo cómo su féretro es cargado por amigos y familiares con destino al cementerio; la gente va de prisa, tiene prisa, queriendo huir del turista extranjero, que no quiere irse de Arismendi. La gente tiene prisa por vivir, como dijera el poeta Mario de Andrade en su poema: “Mi Alma Tiene Prisa”. “Si. tengo prisa…, tengo prisa por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar”. Las lágrimas empiezan a brotar, intento recordar, enumerar la cantidad de muertos en las últimas semanas, y digo: no más muertos mi Dios. Varios de ellos, ya cumplieron y partieron por la ley de vida, fue el caso de la tía Petra y del tío Andrés, fallecidos en junio y agosto. Igual sus muertes duelen. Los tíos maternos se despidieron de este plano y sólo queda el recuerdo de su cariño. Nuestra realidad es otra, cambió a partir del mes de marzo. Nuestro saludo es impersonal, nuestros rostros no muestran la sonrisa por la nueva prenda: el tapaboca. No podemos cumplir de forma íntima con los familiares la muerte de un pariente o de un amigo, sino a través de una llamada, cuando el sistema lo permite, o a través de un mensaje de texto. ¡Qué rabia, que impotencia! En los sepelios de los tíos, muchos de sus hijos, mis primos, no asistieron. Es triste y asombroso que ahora sólo te permiten dos horas para velar al familiar. Quisiera encender mi celular y leer nuevas noticias: llegó la vacuna contra el Covid-19, las calles serán desinfectadas todas las noches, el agua llegará cada ocho días, bajó el precio de los alimentos, habrá gasolina sin colas, las clínicas y los hospitales libres de Covid-19. Termino con una frase del poema citado:” “Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una”. No más dolores, no más tristeza. No más muertos. Ya que no puedes quedarte en casa, disminuye tus salidas.

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