LaHora

Una historia que contar …

Ernesto Sánchez Carmona

El Tirano Lope de Aguirre (1561), su llegada a Margarita, escenario para un malvado.

Muchas veces, un acontecimiento histórico, marca la vida de un pueblo en un antes y un después. De acuerdo con la investigación asumida, la presencia de este personaje en particular, ha sido determinante en la aglomeración de sentimientos de identidad de los habitantes de Margarita. Su llegada a la isla, significó, como ya se ha dicho, un antes y un después en la historia de sus habitantes. Por ello, realizar un esbozo de su vida, es oportuno para comprender las razones de la fundación de la Ciudad de La Asunción, y, las medidas que a partir de su estada cruel, se tomaron y que cambiaron la estructura social, política, poblacional y económica de Margarita y sus pobladores.

Lope de Aguirre, nació hacia el año 1510 en el Valle de Araots en el Señorío de Oñate en el antiguo reino de Castilla; y, fue muerto el 27 de octubre de 1561 en la población de Barquisimeto cerca de Borburata. Apodado El Loco, El Peregrino y El Tirano, fue explorador y conquistador español en la región de Sudamérica. Luego de su tránsito y crímenes en Perú y la región del Marañón, se reveló a la monarquía española, escribiendo cartas al Rey Felipe II, por lo que fue perseguido.

Su impronta delincuencial, compite con quienes lo consideran un líder de su época; pero ello no obsta, para que todos coincidan en que el marañón, sea considerado un hombre desalmado, cruel, asesino sin escrúpulos y un consumado hombre malo. Este personaje, astuto y pendenciero dejó una ruta cruenta, totalmente documentada, que tuvo la mala fortuna de pisar nuestra tierra insular, degradándola y mancillándola profundamente.

Por el año de 1560, poco antes de ser relevado en el cargo, el Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, organizó una expedición para la conquista del llamado El Dorado. Pensaba de esta forma, alejar del Perú a los numerosos soldados y mercenarios, que pobres y resentidos tras las recién acabadas guerras civiles, pudieran causar nuevamente problemas o alterar el orden ahora vigente en esa región andina. Suponía el Virrey, que las expectativas de pronta riqueza animarían a muchos de ellos a alistarse en la empresa.

Al frente del veterano Pedro de Ursúa, el 26 de septiembre de 1560, partieron los expedicionarios navegando por el río Marañón[1] -por ello, adoptaron el sobrenombre de marañones-. Eran algo más de 300 españoles, algunas decenas de esclavos negros y unos 500 sirvientes indios, embarcados en dos bergantines, dos barcazas chatas y unas cuantas balsas y canoas. Entre ellos, figuraban Lope de Aguirre y su joven hija mestiza, llamada Elvira. Ursúa, dio rienda a la desconfianza porque solo pensaba en su amante mestiza Inés de Atienza.

Un año más tarde, Aguirre participó en el derrocamiento y asesinato de Ursúa y poco después de su sucesor, Fernando de Guzmán, al que posteriormente sucedería Aguirre. Lope de Aguirre y sus hombres, alcanzaron el Océano Atlántico -probablemente por el Río Amazonas-, causando estragos entre las poblaciones nativas a su paso. El 23 de marzo de 1561, Aguirre instó a 186 capitanes y soldados, a firmar una declaración de guerra al Imperio Español; y, que le proclamaba príncipe de Perú, tierra firme y Chile y tuvo la osadía de mandar una carta al Rey Felipe II, explicándole sus planes de libertad y autogobierno y firmando con el sobrenombre de “el traidor”. Se deshace de Inés de Atienza, la viuda de Ursúa, matándola vilmente, al haber disputas entre sus hombres por estar con ella. El camino de los facinerosos, estuvo plagado de crímenes por doquier. Era el arrase de todo cuanto se les antojaba: robos, secuestros, violaciones, asesinatos, torturas, insubordinación, en fin, un antro de crímenes que iban alimentando un carácter colectivo de abusos que definirían el perfil de estos hombres y su líder Lope de Aguirre.

Mapa utilizado por los Marañones de Lope de Aguirre, se conserva en el Archivo General de Indias

En 1561, arribó expresamente a la isla de Margarita, la cual tomó, primero con engaños, controlándola con medidas de terror, ya que entraron a sangre y fuego matando a más de 50 vecinos. Las poblaciones cercanas, también, fueron borradas del mapa. Las atrocidades de este malvado, son tan extensas, que sería un tratado especial, analizarlas e investigarlas, sin embargo, no podemos dejar de mencionar, la importancia histórica de esta visita de Lope de Aguirre a la isla de Margarita, pues como se ha señalado, la misma representa un antes y un después. Al respecto, el escritor venezolano Casto Fulgencio López[2], narra lo siguiente que: “En llegando a La Margarita denunciaremos ante los representantes del Rey todos los crímenes y las traiciones habidas en la Jornada y seremos perdonados y recompensados con algún cargo o enviados a una entrada de importancia”.[3]

Era la justificación primaria, la excusa interior … de los forajidos que arribaban al paraíso insular. Hay que recordar, que estos facinerosos vienen huyendo de regiones lejanas, donde realizaron atroces crímenes, aunado a la insurrección en contra del Rey Felipe II. Todo este corolario, debe ubicar el escenario estudiado, en la falsa creencia, en cuanto las verdaderas intenciones de estos malvados. La vecindad de los margariteños, se apresta a recibir, la peor de las maldiciones de toda su historia. “Pero allí estaba el Caudillo leyendo en los pensamientos. Allí estaba Lope de Aguirre, sentado en el alcazarete de popa dando órdenes al piloto Juan Gómez y al Almirante Valladares, de pasar raudos frente a La Trinidad y seguir rumbo a la Margarita, donde, habría de comenzar la lucha cuerpo a cuerpo con los soldados de Su Majestad”.[4] Sitúa el autor, el ambiente y la justificación que traían los marañones, en principio, camino a la Margarita, provenientes del Perú; luego de cometer atrocidades y crímenes, que les hacían sujetos perseguidos por la corona. La peor calaña existente en la zona, se acercaba inexorablemente a la placentera isla de las perlas. Prosigue el autor …

-Sopla, viento, sopla y no amaines para saltar a La Margarita dentro de cinco días. ¡Sopla, viento, sopla! -El vozarrón de Lope despertó las conciencias. Los navegantes se sintieron de nuevo compañeros del crimen, hijos de la horca, prisioneros de la muerte. Muchos suspiraron entonces por las noches calientes de Machifarro, por la humedad tibia de Mocomoco, por los caños verdinegros de La Matanza, por la impunidad de la selva.

Tres días el viento empujando la popa de las naves y avistaron los tres picos que Cristóbal Colón denominó de la Santísima Trinidad, para dar nombre a la Isla feraz. Siguieron. Una tormenta azotó las naves y pasaban los días sin lograr el arribo a La Margarita. Disminuían las provisiones y la gente se alarmaba, sospechando que los pilotos tomaban deliberadamente otra ruta. Se veían ya en medio del océano, rumbo a España, o enfrente de La Española, para ser entregados a la Audiencia de Santo Domingo. Se inició el motín.

            – ¡Que ahorquen a Juan Valladares que nos trae perdidos!

            – ¡Matemos este viejo traidor que lleva perdida la derrota para hundirnos!

            -Ya lo oye vuesa merced – sentenció Aguirre encarándose al Maestre: llevamos dieciséis días perdidos por estos mares. Si mañana no avistamos La Margarita, tendré que dar satisfacción a mis marañones con vuestro pescuezo.[5]

Eran caimanes del mismo pozo, malhechores que se agruparon por la maldad y el crimen, pero que desconfiaban unos de los otros. Sabían de sus actuaciones delictivas, de su calaña …, y se dirigían a Margarita, ante esa gente pacífica, que se aburría de la cotidianeidad, pero que estaba acostumbrada a defenderse de ataques por muchos años; pero la ingenuidad, la codicia y la mala suerte jugaron una terrible fórmula en contra de los rehenes de la isla de las perlas.

El viejo piloto consultó la brújula y la ballestilla, y al día siguiente, el 21 de julio de 1561, víspera de Santa María Magdalena, el “Santiago” estaba a la banda del Norte de la Isla de Las Perlas, frente a una ensenada que los naturales llamaban “Paraguachí”. El “Victoria”, desviando de la ruta, tomó puerto tres leguas más arriba, en Manzanillo.[6]

La llegada de los marañones a la isla, demuestra al fondear sus naves, que las intenciones eran concretas, de hacerse de provisiones, así como de dominar, robar, saquear y declararle la guerra al Rey de España. Analizando el espacio geográfico de los acontecimientos, el arribo de Lope de Aguirre por Paraguachí y el fondeo de la otra nave en Manzanillo, colocó a los hombres marañones, en posiciones estratégicas, fuera del alcance de baterías que defienden la isla. Luego, como se verá, con engaños y lisonjas, los cuentos de riquezas traídas del Cuzco y las mediocres ambiciones y apetencias de los isleños, lograron desembarcar y hasta recibir honores … ¡¡craso error !!

Se puede recrear el momento que vivían los pobladores de Margarita, para esa época. En Paraguachí el mar bate furiosamente sobre los acantilados de la playa. El “Santiago”, ancló lejos de la costa, mientras la gente corría a la borda a contemplar la feracidad de la Isla, con sus huertos y estancias diseminados hacia el fondo. Había amainado el brisote y todos sentían una sensación de seguridad sobre el lomo de las aguas, frente a la masa compacta de la tierra poblada de ruidos ciudadanos y de casas blancas.[7]

En estas costas, los criminales agazapados en su barco, observaban los movimientos y el ruido de la población. Los primeros habitantes de este territorio de la Isla de Margarita fueron pueblos de doctrinas de indios Guaiquerí, los cuales, eran expertos pescadores que se mantenían mayormente de los productos del mar, fabricando sus rancherías cerca de las playas por El Cardón, Puerto Fermín y Manzanillo. También fueron pequeños agricultores, que aprovechaban la fertilidad de sus valles para desarrollar sus cultivos. Casa del sol o sitio por donde sale el sol, es el significado del vocablo indígena Paraguachí, aunque los Cronistas Oficiales en Visión Geohistórica del estado Nueva Esparta, dicen que el significado lingüístico de Paraguachí, hace referencia a “abundancia de langostas”. Paraguachí, fue fundado en el año 1535, sobre un asentamiento Guaiquerí preexistente; es uno de los pueblos más antiguos de la Isla. Con su fundación, se da impulso al periodo colonial de este territorio, modificando significativamente su estado económico y político. Ante este pueblo, llegaron los experimentados asaltantes.

De nuevo oían aquellos hombres el canto alternado del gallo, los ladridos de los perros y las voces humanas de un pueblo en marcha, incendiado de alegría y de luz. Los corazones de los marañones, se humanizaron un momento. Cada soldado, pensaba en su pueblo distante, en su casa, en la dulzura tenue del hogar hispano. Los largos días pasados en la selva, aparecían ahora, como viejo cuento de dragones, que sería fácil olvidar, borrándolo de la pauta del tiempo.

Poco a poco, iban descubriendo caminos, caseríos, rancherías de pesca. Las estancias cercanas a la costa, se desparramaban con sus prados verdes, en subida por los montes, salpicados por el amarillo redondo de las naranjas. Se adivinaban las jugosas guanábanas, los anones, los mameyes y los cotoperices. Vacas y carneros, pastaban sobre la yerba tramada. Apagados por el oleaje, llegaban al bergantín voces humanas confundidas con el cacareo de las gallinas y el balido de las cabras. Los soldados, comentaban a gritos los descubrimientos. Todos, hubieran querido saltar a tierra, para hincar los dientes en la pulpa de las frutas o descuartizar un cabrito sobre la parrilla. Recostado en el bauprés, con las manos sobre las cejas, recogiendo la visión de la costa, Lope de Aguirre estudiaba la topografía del terreno y planeaba el asalto. Un camino corría desde el desembarcadero, y se internaba hasta un caserío de ranchos de palma, rodeado por vegas de cultivo. Otra vereda, paralela a la costa, seguía por entre los cocoteros de la playa, comunicando pueblos que debían encontrarse al Norte y al Sur de Paraguachí. Reconocido el paraje, Aguirre lanzó esta orden terminante:

-Que nadie se mueva del bergantín sin expresar orden mía. Bajen todos a la bodega y que ningún esté sobre cubierta, porque no descubran que tenemos ejército armado y fuerte. A la playa los calenturientos y los heridos con sus andrajos y nadie me asome un palmo fuera de la borda so pena de la vida.[8]

Ya el plan está urdido, apostando a sus astucias, se preparan los marañones al asalto de Margarita. Estos hechos serán impactantes para el futuro de los isleños. La tragedia que se cernía sobre los margariteños y sus gentes, no tuvieron parangón en toda su historia hasta hoy y causaron un cambio profundo en todas las estructuras sociales, económicas y políticas de la Provincia de Margarita. Es concluyente para su historia y su futuro, puesto que determinaron claramente la edificación de una ciudad … la Ciudad de La Asunción.

Había que proceder rápidamente, antes que la gente de tierra, pudiera descubrir sus intenciones y prepararse a la defensa. Una de las preocupaciones del Caudillo, era el bergantín “Victoria”, que se le había separado. Para localizarlo, envió una expedición al mando de Martín Rodríguez, soldado de su confianza, quien con otros hombres, debía desembarcar en el puerto, y seguir hacia el Norte, en solicitud del lugar donde hubiera arribado Martín Pérez; y, orden, para que éste se le uniera en Paraguachí, e instrucciones secretas de matar en el camino al capitán Sancho Pizarro, quien venía en dicho buque, por sospechas que de él tenía. A poco, en otra canoa, envió a Diego Tirado a reconocer el campo y solicitar agua y alimentos; y otra, condujo al Almirante Juan Gómez con tres soldados, a las estancias cercanas a interrogar a los vecinos.

Estos emisarios, eran hombres de absoluta confianza del Caudillo, y a todos instruyó, de tratar a los vecinos con humildad y manifestarles, que eran gente desbaratada de una jornada al Marañón, donde, habían perdido a su jefe, muerto de calenturas; que seguirán al Perú dentro de unos días, mientras descansaban y curaban sus enfermos, y que todo lo agradecerían a más de pagarlo en oro, del que siempre iban provistos los hombres de aquel reino.[9]

(…) Salieron los nombrados a sus diferentes comisiones y Aguirre, reunió a sus arcabuceros y les dio instrucciones para el asalto de la Isla, en el que habían de emplear mejor que la fuerza, la añagaza guerrillera, en la que todos eran veteranos. Estaban presos por sospechosos en la conjura anterior: Diego de Valcázar y Gonzalo Guiral de Fuentes y sabiéndolos el Caudillo apegados todavía al servicio de Su Majestad, y dispuestos a no seguirle, les dio garrote aquella misma noche y los arrojó al mar.[10]

La capital de La Margarita, era el Pueblo de La Mar, sin embargo, se le llamaba también la Villa del Espíritu Santo o Pueblo Viejo y estaba enclavada en una pequeña colina al Sureste de la Isla, en un valle, en las inmediaciones de Palguarime, entre éste y el Pueblo de la Mar, hoy Porlamar; un conurbanismo entre la montaña -Pueblo Viejo del Espíritu Santo- y el mar –Pueblo de la Mar o San Pedro Mártir-. Como se ha dicho, el Espíritu Santo fue un asentamiento de estancias que se inició clandestinamente a mediados de 1516, conformado por casonas solariegas de los familiares de los principales de Cubagua, quienes en la medida que avanzaba la explotación perlera, iban construyendo en el bosque una sociedad, bajo la protección de la discreción y la serenidad, con hilo de agua y demás dominaciones. También tuvieron hatos en lo que hoy es San Juan, Paraguachí, Arimacoa, Santa Lucía y otros sectores. Desde allí, cultivaron y criaron ganados. Este pequeño conglomerado, o Pueblo Viejo, integraron un conjunto urbano con los poblados indígenas ya existentes en Palguarime y Guaraguao, además, con el Pueblo de La Mar, fundado más de treinta años atrás, también, por los principales de Cubagua y luego, gracias a la libertad de Carlos V, quien disponía de sus porciones de América, dándolas en explotación a sus personeros, como quien arrienda una casa. Fue cedida en tal forma al Licenciado Marcelo Villalobos, Oidor de la Audiencia de Santo Domingo, según capitulación fechada en Madrid el 18 de marzo de 1525, por la cual, la Cesárea Majestad daba a su Oidor Facultad para que …. “Podáis ir o enviar a poblar la dicha Isla de cristianos españoles e indios e traer en ella los ganados que fueren necesarios para beneficio de la población e hacer las otras granjerías que en la dicha tierra se dieren e enviar a rescatar perlas al Poniente y levante de la Isla e repartir solares y aguas y tierras”.[11]

Quedaba, pues, en virtud de este mandato, el Licenciado Villalobos como dueño y señor de Margarita, ya que la capitulación le otorgaba este periodo … “por todos los días de vuestra vida y por la vida de aquel vuestro heredero que vos señalaredes”. El afortunado Oidor, señaló heredera a su hija Aldonza Manrique de Villalobos, quien a la muerte de su padre en 1526, entró a ejercer su soberanía de Gobernadora. Casó doña Aldonza y tuvo a su vez una hija, doña Marcela, quien casó con don Juan Sarmiento de Villandrando. En tal ocasión, la Gobernadora madre, tuvo a bien ceder a los novios la Isla de las Perlas, como regalo de bodas, designando al apuesto yerno como Teniente de Gobernador -o de Gobernadora- de la ínsula. Para la época de la invasión de Aguirre, gozaba el Gobernador Villandrando, las delicias de su luna de miel, enseñoreado de la preciosa Arcadia[12] Guaiquerí, en compañía de su consorte, agasajado y respetado por sus súbditos; y, cobrando de las Cajas Reales, mil quinientos ducados al año. Por ello, la similitud entre la antigua provincia griega y la paz de la isla caribeña, contrasta como escenario de la historia más cruel que vivirá Margarita …

Pasaba la Margarita por uno de esos paréntesis felices de su vida, con abundantísima copia de ganados y frutos. Las lluvias de julio, hacían verdear sus bosques, correr abundosos los ríos en el Espíritu Santo, San Juan, Arimacoa y Paraguachí, y, despertar la orquesta alada de pájaros, torcaces y tórtolas. Los vecinos, habían olvidado los saqueos perpetrados por los franceses, unos tres años antes, y, sólo se preocupaban de gozar de aquel paraíso, que les deparaba el Todopoderoso y su Rey.[13]

Destacados capitanes de la conquista, notables personajes de las armas y de las letras, demoraban en sus pueblos y en sus playas. Don Juan de Castellanos, poeta y soldado, quien residió mucho tiempo en ella, nos hace agua la boca, hablándonos en sus Elegías de la fauna y la flora del lugar para la época: “Hay muchos higos, uvas y melones,/Dignísimos de ver mesas de reyes,/Pitahayas, guanábanas, anones,/Guayabas, y guaraes, y mameyes,/Hay chica, cotuprises y mamones,/Piñas, curibijures, caracueyes,/Con otros muchos más que se desechan/ E indios naturales aprovechan./De aves, de conejos, de venados/Bastantísima proveída,/Dan abundantemente sus pescados/Gustosa y salubérrima comida./Es la carne de todos sus ganados/En sustancia y sabor muy escogida,/Demás desto la mar en su distancia/Cría de claras perlas abundancia”[14].

De la vida en estancias y campos, sigue hablando Juan de Castellanos, como quien discurrió en ellos, contagiado por la deliciosa haraganería de los habitantes, entregados al discreteo de rondas y amoríos, cantando, danzando, comiendo y bebiendo a discreción y echándose luego a dormir la siesta en chinchorros, mecidos y abanicados por los indios, bajo la sombra de la Ceiba deleitosa: “En torno de la cual los verdes prados/De naturales y traspuestas flores/Estaban todos tiempos estampados/De pinturas diversas en colores./Y a vista grande copia de ganados/Que rodeaban rústicos pastores,/Y debajo de ramas tan amenas/Asientos puestos y las mesas llenas”.[15]

Hablando de los pobladores, la sociedad que encontró El Tirano para 1561, estaba bastante bien compuesta. Las matronas principales, mantenían el control de las estancias, promoviendo los quehaceres y dirigiendo la servidumbre y la moralidad. Las mujeres, se destacaban y Juan de Castellanos las describe. Las vecinas, competían en belleza y jugosidad con el paisaje y las frutas. De ellas, saldrán historias de heroísmo y dignidad que han trascendido, como la maldad del criminal. El Beneficiado Castellanos, las recuerda, una a una, con meticulosa sensualidad, observemos algunas de ellas: “Catalina  de Rojas: “que en donaire, gracias y en talante,/allí no vimos cosa semejante”/Ana de Rojas: “cuya cara podía convencer la de Diana,/en gracia, resplandor y lumbre clara”/Francisca Gutiérrez de Haro: “de conversación suave y amorosa”./Isabel Reina: “que no en calma se queda, pues podía serlo dellas,/en el cuerpo hermosa y en el alma”./María de Lerma:“cuaya gracia esmero parecía de natura”; y Juana de Rivas: “cuanto bueno se pinta y se trasunta: honestidad con hermosura junta”[16].

Bien lejos estaban, pues, estos españoles, de ejercicios guerreros “sino que todos reposaban faltos de pesadumbres y de sobresaltos”[17], cuando en la templada mañana de este 21 de julio, algunos indígenas que mariscaban en canoas por la Punta de la Ballena, divisaron la extraña catadura de los barcos marañones que no acertaban a tomar puerto y corrieron al pueblo a dar la alarma de “piratas a la vista”.

Más tarde llegaron a la Villa, noticias confusas de los estancieros de Guayacán, anunciando que unos forasteros habían desembarcado en Paraguachí, buscando agua. Al gobernador, se le puso la carne de gallina pensando en que fuesen piratas y corrió al Fuerte ubicado en el Pueblo de La Mar, donde convocó a los Alcaldes y principales vecinos, para prepararse a la defensa. Se enviaron varias comisiones por mar y por tierra, a averiguar que gente era la que venía en las naves y al correr del día regresaron los enviados, con la confirmación de ser los navegantes gente enferma y hambrienta derrotada de una entrada al Amazonas. Las comisiones despachadas por Aguirre hicieron, por su parte, muy bien su oficio, volviendo la confianza a los margariteños.

El estanciero Gaspar Rodríguez, había ido con otros, a bordeo del “Santiago”, llevando frutas y granjerías a los marinos. Aguirre, les recibió con muestras de agradecimiento y, con la gente oculta en la bodega, mostró a los visitantes el espectáculo de los enfermos sobre cubierta y, esparcidos por el barco, algunos tripulantes macilentos. Para corresponder a la fineza de los vecinos, el Caudillo ofreció a Gaspar Rodríguez, una rica capa de terciopelo con pasamanos de oro, repartiendo entre los demás acompañantes, un jarro de plata, un reloj escarlata guarnecido de oro y otras prendas del codiciado metal, todo lo cual, formó parte del equipaje de Don Pedro de Ursúa y su querida. Rodríguez y sus amigos, trataron de rehusar aquellos valiosos objetos, obsequiados a cambio de los frutos de la tierra que habían ofrecido y que nada valían. “-De ninguna manera he de permitirlo -arguyó Lope-, que tan gentiles caballeros como vuestras mercedes han sido, regresen sin llevar un recuerdo de lo que los soldados del Perú vienen provisto para recompensar a quienes les sirven. Id a vuestro pueblo y decid a todos, que Lope de Aguirre dejará buen recuerdo de su estancia en vuestra hermosa Isla”.[18] Y no mentía, él dejó el más infausto recuerdo, que quedó grabado en la historia de Margarita para siempre …

Apenas salidos aquéllos, los capitanes de Aguirre le preguntaron asombrados cómo se había desprendido de estas cosas a cambio de tales fruslerías. A lo que respondió Lope, que estas prendas representaban las llaves que abrirían las puertas, pues los hombres ambicionaban “la plata del Potosí y el oro del Cuzco”.  Por su parte, Gaspar Rodríguez y los otros, marchaban contentos, comentando la esplendidez de los visitantes, mostrando los áureos presentes y enviaron al Pueblo de La Mar noticias sobre la condición de los navegantes, informando que se trataba de gente pacífica, que buscaban El Dorado y que traían las bodegas llenas de oro y riquezas, de las que se desprendían espléndidamente. Esta información, tranquilizó los ánimos en la capital isleña; mas por el contrario, todos se aprestaron a saludar y recibir a los acaudalados visitantes. Con ofrendas de frutas, animales, frazadas, agua y comidas, se apresuraron a colaborar con los navegantes. Así las cosas, continúa narrando en su libro, el escritor Carlos Fulgencio López, que …

Hacia el ave-maría, Don Juan de Villandrando convocó en su casa a su íntimo, el alcalde Don Manuel Rodríguez de Silva, al alguacil mayor don Cosme de León, al Regidor Andrés de Salamanca y a Pedro de Cáceres, para concertar el hospedaje y cuanto más pudieran necesitar los recién llegados, pues muy bien podrían venir en los navíos gente principal del Perú. Ya se creía el incauto Gobernador dueño de una parte del tesoro de las naves y se veía poseedor de una vajilla de oro y arracadas de los mismo, con que cumplimentar a su señora doña Marcela, en la casona palaciega de la villa.[19]

Es así, que se acuerda que al alba, se pondrán en camino desde el Espíritu Santo hacia Paraguachí, de tal modo, que en las primeras horas de la mañana, todo el gobierno y la representación de los principales de la isla, le dé la formal bienvenida a los ricos “amazonautas”; pero, el codicioso don Juan de Villandrando, decidió no esperar a los maitines, ansioso y traicionero, se adelanta desde la media noche, para estar a la vista de los navegantes al romper el alba en Paraguachí.

Llegados aquí, ya la mesa está servida. El escenario para un malvado está montado. Las malas consejas de la traición, la ambición, la codicia y la falta de precaución, puso en bandeja de plata el ejercicio de la tiranía criminal que le dio a Lope, el deshonroso título de “El Tirano Aguirre”. Estos hechos y el desenlace que desarrollaremos en el siguiente artículo, nos demostrarán la importancia del estudio sobre el origen histórico de nuestro gentilicio e identidad. Estamos hablando de UNA HISTORIA QUE CONTAR …


[1] El río Marañón, es un importante río en el Perú, uno de los principales afluentes del curso alto del Amazonas en la vertiente atlántica.

[2] LÓPEZ, Carlos Fulgencio. (1953). LOPE DE AGUIRRE. El Peregrino. Primer caudillo de América. 2ª edición. Ediciones Nueva Cádiz, Caracas-Venezuela. P.pss. 211-259.

[3] Ibíd. Ob. Cit.

[4] Ibid. Ob. Cit.

[5] Ibid. Ob. Cit.

[6] Ibid. Ob. Cit.

[7] Ibid. Ob. Cit.

[8] Ibid. Ob. Cit.

[9] Ibid. Ob. Cit.

[10] Ibid. Ob. Cit.

[11] Ibid. Ob. Cit.

[12] Arcadia –del griego: Ἀρκαδία-, era una provincia de la antigua Grecia. Con el tiempo, se ha convertido en el nombre de un país imaginario, creado y descrito por diversos poetas y artistas, sobre todo del Renacimiento y el Romanticismo. En este lugar imaginado reina la felicidad, la sencillez y la paz en un ambiente idílico habitado por una población de pastores que vive en comunión con la naturaleza, como en la leyenda del buen salvaje. En este sentido posee casi las mismas connotaciones que el concepto de Utopía o el de la edad de oro. Tomado de Wikipedia.

[13] Ibíd. Ob. Cit.

[14] Elegía XIV, del Libro Elegías de Varones Ilustres.

[15] Ibídem, 214

[16] Ibídem, 218

[17] Ibídem, 218.

[18] Ibídem, 219

[19] Ibídem, 220

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