LaHora

Carmen Pastora de mis dolores

Juan José Prieto Lárez*

Aun no existe una bibliografía oficial sobre el ron en Margarita, pero es harto conocido sus efectos. En cada esquina se dejan ver vestigios humanos como resultado de su desproporcionada ingesta. En La Asunción he conocido y conozco cómo se les ha ido la vida a muchos amigos. Quien lo hace tan asiduamente sabe y conoce su destino, que no es más que el embadurnamiento etílico por dentro como si se tratara de un ungüento para aliviar la pesadez de la trama orgánica que llevamos.
Pero esta bebida espirituosa, llamada así me imagino por la liviandad del mismo cuando la conciencia pareciera flotar en un colchón de nubes de mil colores, a pesar de los traspiés el espíritu es capaz alertarnos de un inminente peligro. Así pareciera comenzar un tratado serio sobre esta bebida tan popular y callejera, tanto es así que hace muchos años los beodos por excelencia eran divertidos a la hora de la embriagues extrema. Hoy no trataremos sobre ellos.
Por los años cuarenta y parte de los cincuenta hubo en La Asunción un alambique, como no se trata de una averiguación a fondo no sé si por la época tener una destilería con características clandestinas realmente pasaban inadvertidas ante los ojos de las autoridades. Bueno, por las razones que fueren, en el sector conocido como Camino Hondo, hoy Calle Margarita, en El Mamey, allí tenía Tiburcio Sanabria su famoso ron “Carmen Pastora”. Particularmente conocí la estructura, ya caduca, donde se alambicaba la particular bebida asuntina que dominaba gran parte del mercado insular. Íbamos, pues, los muchachos de los años setenta a hacer sancocho a este icono de la industria licorera regional.
Ya no estaban los elementos principales por donde viajaba aquel líquido cañero con su solapada intencionalidad de liberar espíritus y demonios, en una garrafa se resumía el estado de ánimo de un importante colectivo de la ciudad. Hace unos días rememorando sobre el tema de los rones y güisquis famosos y no tanto, introduje el tema del alambique de Bucho, enseguida surgieron las anécdotas; me contó uno de los contertulios, de quien dejaré su nombre en la memoria, que su mamá por lo menos una vez por semana le pedía que fuera a casa de Bucho y que le mandara una botella de ron fuerte para untarse en las piernas. Al parecer se trataba del ron sin madurar, por lo que debió ser de una fortaleza que llegaba hasta los huesos adoloridos de ancianas y ancianos.
Claro, era tal vez el sitio más visitado por parranderos e impertinentes, pero para estos últimos Bucho tenía en reserva un amargo que dejaba a cualquiera fuera de sus cabales, su pureza tardaba segundos en hacer estragos en toda la geografía cerebral, siendo los brazos de Morfeo la estación final. Cuando el fastidio no tenía límites Bucho les decía: ¡compadre échese un pimponio por mi cuenta! Y hasta ahí llegaba el asunto.
Alguien dijo conservar en su casa una de las viejas garrafas de Carmen Pastora con el ruinoso rótulo de este prestigioso ron que a decir de muchos fue uno de los mejores del mundo. Es uno de sus tesoros más preciados, afirmó. A ese no le dieron un pimponio.
*Periodista
peyestudio54gmail.com

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