LaHora

Más allá de la derrota de Trump


Por Manuel Narváez


La derrota de Trump significa una espléndida victoria para la democracia en su dialéctico, existencial e inextinguible enfrentamiento con el autoritarismo populista y la demagogia. Es una gran sacudida para quienes se rinden embelesados ante el carisma perverso y el talante autocrático de personajes megalómanos y narcisistas. En el caso de Trump, la actitud pendenciera e indigna que asume negándose a reconocer la derrota, retrata a cuerpo entero su desprecio por las instituciones y por las formas democráticas.

El epicentro del reacomodo tectónico está más al norte, pero la onda expansiva se sentirá intensamente en la geografía política de Venezuela, especialmente en el ámbito de la oposición. Cedió uno de los pilares más importantes, en lo material y en lo simbólico, de la armazón retórica y conceptual que da soporte a la estrategia seguida por el G4 desde la conformación del gobierno interino.

Si a la caída del tótem amameyado al que adora el radicalismo inmediatista, voluntarista y neomacartista, se le suma la inocuidad desangelada de la consulta popular vinculante (¿?) del mes próximo y luego se adiciona la instalación en enero de una nueva (fraudulenta, pero recién electa) Asamblea Nacional controlada por el Psuv; se hará más que evidente el agotamiento y la inviabilidad de la estrategia que se impuso en los últimos dos años –con la orientación y el apoyo de la administración Trump- para defenestrar a Maduro.

La continuidad de Maduro en el poder y, más aun, el debilitamiento extremo de las fuerzas de oposición, harán que sea inevitable y necesario -si acaso no la sustitución completa del liderazgo que fracasó- por lo menos un mea culpa y la cancelación de la estrategia fallida.

El fracaso del “cese de la usurpación, …” se debe esencialmente a su diseño en términos de deseos, sin capacidad material para concretarlos y de invocación a la legitimidad que emana de la legalidad, la cual, en ausencia de estado de derecho, es vaporosa ficción. (Paulo Coelho pesó más en nuestros políticos posmodernos que Maquiavelo o que Weber.)

Consecuentemente también fracasaron los movimiento tácticos: el sí o sí de Cúcuta, el golpecito de Cristopher Figuera, la invasión de Goudreau, la abstención, la consulta vinculante; además se revelan como ingenuos sueños de realismo mágico (Abrams dixit) la “extracción quirúrgica” de Maduro por los Marines y la fuerza multinacional que enviaría el TIAR.

Se olvidó que la acción política exitosa no está determinada por la deseabilidad de la acción, tampoco por la fervorosa invocación de la legitimidad. Ambas son importantes pero no son útiles cuando se convierten en criterios exclusivos para la toma de decisiones. En esencia, el éxito político depende de la pertinencia y la eficacia en el diseño de las acciones.

La pertinencia significa que los medios -deseables o no, legítimos o no- deben guardar correspondencia con el fin que se persigue. Por su parte la eficacia, es decir, la capacidad para provocar el cambio situacional al que se aspira, está determinada por el poder del cual se dispone para reunir los medios que permitan materializar la acción y sostenerla hasta lograr el objetivo.

Quienes nos oponemos a este régimen y ansiamos un país que progrese en paz, debemos comenzar un proceso de reflexión serena y de autocrítica que permita diseñar y consensuar una nueva y potente estrategia en favor del cambio que deseamos. Algunas de las claves para completar ese proceso serían:

1.- Regresar a Venezuela y a los venezolanos el foco gravitacional desde donde, y en interés de quienes, se toman las decisiones. El acompañamiento y el apoyo solidario de las naciones democráticas es muy importante, pero su expresión concreta debe materializarse en tiempo y medida de nuestros intereses y necesidades.

2.- Entender que la unidad, fundamental para producir el cambio, no es una franquicia que monopoliza un grupo o un caudillo recurriendo al chantaje en contra de quienes disientan o haciendo concesiones pusilánimes al extremismo vociferante. La unidad de una fuerza política es producto de una sólida visión compartida sobre la apreciación de la situación, los objetivos deseados y los medios para alcanzarlos. La unidad verdadera es flexible, pero sin ambigüedades; en ella no tiene cabida expresiones tales como “todas las opciones están sobre y debajo de la mesa”. A veces, en la unidad no todos tienen cabida; la “ilusión de armonía” suele ser dañina.

3.- Desechar el inmediatismo, el voluntarismo, el pensamiento mágico, el wishful thinking. Aborrecer el diletantismo (habladera de paja). Dejar de creer ingenuamente en que lo bueno, necesario y legítimo se impone de por sí.

4.- Recordar siempre que la política es praxis: pensar, decir y HACER. Por lo tanto, menos RRSS, más calle, más gente. Menos “qué debe ser”, más “cómo puede ser”. Menos pontificación desde la distancia (“lo que hay que hacer es…”), más compromiso personal (“lo que estoy dispuesto a hacer es…”).

5.- Asumir decididamente un enfoque realista de la política; y es que no hay otro: siempre se trata de un asunto de relación de fuerzas, de confrontación de poderes en situaciones concretas.

6.- Resolver el problema de “la burocracia volcada sobre sí misma”. Las labores de administración de un gobierno, aunque sea interino, exigen tiempo, atención y esfuerzo que desafortunadamente se sustrae de la acción política a favor del cambio. Además, como es natural, la burocracia crea intereses propios que en ocasiones van a contrapelo de los objetivos que se persiguen y cortocircuita la indispensable correspondencia entre medios y fines.

7.- Recuperar la institucionalidad, la organización y la disciplina en los partidos. Restañar las heridas fratricidas en la dirigencia y en la militancia; por supuesto, lamentablemente habrá casos irrecuperables que no sanarán.

8.- Desarrollar plena conciencia de que 2021 es un año electoral. Es una oportunidad de reconectarse con la gente, con sus angustias y sus esperanzas; de relegitimar liderazgos, de acumular poder frente a la dictadura. Es una oportunidad para comenzar a construir de abajo hacia arriba lo que no hemos sabido hacer en el sentido inverso.

9.- Diseñar planes de contingencia. En el 2021 la estrategia debe ser electoral, pero sin descuidar posibles escenarios en los que el hambre, la interrupción del suministro de gasolina, alguna falla catastrófica de la electricidad o circunstancias similares, enciendan una candelita que no pueda ser apagada.

Es evidente que la transición hacia una nueva estrategia unitaria de la oposición -con partidos tan maltrechos; con una dirigencia tan desorientada, contaminada y dividida por el encono- no será fácil ni rápida. Por ello, en aquellos municipios, en aquellos estados, donde exista músculo político y liderazgos reconocidos, debe comenzar el trabajo para consolidar fuerzas electorales capaces de derrotar al régimen en sus ámbitos respectivos.

Participar en las elecciones locales y regionales del año próximo ya no es una opción, es la única que existe para evitar la extinción de la oposición democrática y para mantener viva la esperanza de cambio.

Las verdaderas condiciones electorales para la participación son: a) presentar candidatos unitarios que tengan arraigo y prestigio, b) desarrollar propuestas realistas, deseables y posibles que generen entusiasmo y adhesiones, c) calle, calle; gente, gente y d) padrón electoral completo, adiestrado y comprometido.

Las otras condiciones -el que haya efectivamente elecciones y que tengan un mínimo de decencia verificable por la observación internacional- ahora, sin la presencia perturbadora de Trump, podrían verse favorecidas por la posibilidad de alineación de Europa, los Estados Unidos y los países latinoamericanos del Grupo de Lima y del Grupo Internacional de Contacto, para hacer presión sobre Cuba, Rusia y China, y sobre Maduro y sus secuaces, con el fin de negociar el proceso de transición hacia la democracia y la estabilidad económica en nuestro atribulado país.

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