LaHora

Juangriego y la última fortuna del ocaso

Juan J. Prieto L.*

Repentinamente uno mira el horizonte. Como un grito áspero se hace densa la marea cobijando el resplandor moribundo, el último del día. Es mágico el atardecer en Juangriego, donde se abalanzan las horas para incrustarse en la pausada ciudad donde gime el salitre cuando emboca la laguna de Los Mártires, cual rincón de una amplia sabana que es toda la bahía. La quietud se hace muro donde el aliento de los almendrones hace olvidar el sopor vigilante del cemento vuelto opaco. Gota a agota por el aceite regado de las máquinas que lo apabullan. Sin embargo no limita el paso del guardián trayendo una sarta de pescados ganados al mar desde el muelle tendido, y ahora vestido de modernidad, porque sacudieron sus viejos troncos, soportando por muchos años las enclenques tablas pulidas por pasos viajeros a ultramar, hasta que su piel se agrietó suplicando la llegada de la ausencia para siempre. Es ahora Juangriego, un testigo silencioso del viejo puerto por donde arribó el Libertador para la cita en Santa Ana del Norte. Quizá exista un clemón detrás de su iglesia guardando un tañido del bronce cuando pisó este suelo Simón Bolívar. El rostro del comercio actual hace incómodo mirar las fachadas antiguas escondiendo la hechura de los primeros albañiles que prefirieron no hacerse pescadores, sino embellecer con finos arabescos las primeras casonas con zaguán, y fueron venciendo los avejentados bahareques. Reposa distinto el cardumen aquietado al sosiego del puente que busca adentrarse en Pedregales, esa parte de acá nacida allá, es avenida hacia el crepúsculo, al final, donde se confunde el estruendo de las aguas y el último alboroto del gentío.

Juangriego

Cuando en tu muelle 
ya no hubo espacio
          para
amarrar más botes
no importó
                 anclaron
ajenos al olvido
en mi memoria      (del poemario Orillas, Juan José Prieto Lárez)

*Periodista

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