LaHora

La gripe de Texas


Juan J. Prieto L.*

Por si fuera poco lo que nos sucede con el Coronavirus, cuyo origen ha generado fuertes controversias entre los hombres de ciencia, ha encontrado un aliado perfecto para hacerse omnipresente en cada hombre o mujer que habita este planeta. Así su fechoría contagiosa nos tiene en una constante alerta naranja. Pues, esa inefable camaradería se afianza cada vez más con el cambio climático, que se ha convertido en predicción inexpugnable, en la que las grandes potencias cree que se trata de un game boy de última generación.
De ingrata recordación es el incendio que destruyó una enorme extensión de la Amazonía, y ni se diga del ocurrido en Australia donde millones de hectáreas y miles de animales fueron calcinados. Otros demoledores eventos sucedieron en California, España y Portugal, entonces el mundo ardía por los cuatro costados, y una caravana de sin hogares se movía como gusano en praderas, montañas y grandes y chicas ciudades. Pero es tal la paradoja que el agujero de la capa de ozono, que casualmente era tan grande como el estado de Texas, según estudios científicos, por efectos de la pandemia traducida a la paralización global del tráfico aéreo, nuestra herida atmósfera luce un extraordinario remiendo que permite un cielo más azul, aún más, en Ciudad de México y Tokio, por nombrar dos grandes urbes, han vuelto a mirar las estrellas y la misma luna y su desfile de faces con brillantez inusuales.
Pero el mal ya viene precipitándose desde las profundidades con más insistentes movimientos de capas tectónicas dejando cicatrices imborrables, procurando que más se acerquen los continentes, pero también trauma y dolor. Los volcanes hacen lo suyo, creando islas desoladas en medio de la vastedad oceánica, donde en un millón de años por algún milagro crecerá un árbol haciendo guiños a nuevas aves. Ahora son las nevadas cayendo donde en décadas no se palpaba un copo de nieve, España abrió este episodio, aunque es tradición en el viejo mundo, pero insólito que sucediera en Toledo, a unos 71 kilómetros de Madrid. En esta región de las américas hay una referencia perenne en las norteñas ciudades que colindan con Canadá, son tierras donde habita el frío todo el año. Pero esta vez, de desorden climático, New Jersey cambió repentinamente su fachada con un grosor de nieve inédito, el asombró estaba por llegar y en febrero el estado de Texas pasó a convertirse en zona de desastre con una tormenta de mil demonios azuzando una temperatura insoportable, el total de fallecido es de veinte personas, pero el copioso caos eléctrico y comunicacional ha sumergido a los tejanos en un drama del que se liberarán no en pocos meses.
Las lluvias repentinas caídas, al menos en Margarita, aun en tiempo de Cuaresma, son producto de estas influencias climáticas que chocan con la calentura caribeña produciendo estos aguaceros a pesar de los constantes vientos. A cuidarnos entonces y que no se solape ningún virus en la gripe que viene y posiblemente la bauticen la grite de Texas.
*Periodista

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