LaHora

Un amigo imaginario

Juan J. Prieto L.*

Nunca imaginé que a mis incipientes diez años ya tuviera un amigo imaginario, que me hablara con tanta crudeza, con tanta certeza. No lo veía, pero escuchaba su voz nítida, a veces compasiva, a veces férrea, según la situación que se presentara.
En el colegio me decía en quién confiar y quienes eran los candidatos a mejores amigos, pero sobre todo me relataba el porqué debía desconfiar de tal o cuál maestro o maestra. No tenía más remedio de segur sus consejos, aunque a veces tenía duras discrepancias con sus opiniones fuera de lugar. Me dejé llevar tanto por sus actitudes que llegué al extremo de no hacer nada por mi propia cuenta o decisión, sino por lo que me decía este amigo al que nunca pude ver el rostro.
Pero en algún momento descubrí que tenía un flanco débil y era no tener alma para sentir el calor del amor, no conocía la tristeza, tampoco la alegría. Fue así cuando admitió que debía escucharme para saber y entender que los seres humanos nos movemos entre señales que emanan de lo más profundo del alma, y eso le faltaba a él para que realmente fuera un buen amigo, lo escuché murmurar desaprobando mis palabras.
Luego que yo tuve el control se conmovió por sentirse relegado a ser un simple expectador, podía sentir sus intentos por interpelar tal o cual activismo de mi albedrío, para mi que había comenzado su tragedia por estar descolocado e inconstante porque ya no tienía nada que escudriñar en mí. Siento que se derrumbara sospecho de su locura por reconstruir exánimes pedazos de su impronta convivencia.
Ganada esta lucha comencé a internalizar situaciones parecidas que mucha gente me contó a lo largo de mi vida, fue mi misión: ayudar a los demás de liberándolos de sus demonios.
Ah! olvidé presentarme, mi nombre es Sigmund Freud.

*Periodista
peyestudio54@gmail.com

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