Por Mitzy Capriles de Ledezma

En Venezuela la crisis sigue ganando terreno. Los datos sobre las víctimas de la pandemia, cada día, son más alarmantes. Todo hace ver que esos estragos no disminuirán, sino que, lamentablemente, se acrecentaran en un país en donde los servicios de salud lucen colapsados. Por más piruetas publicitarias que ha hecho el régimen por intermedio de sus bufones, la realidad se impone y no han tenido más remedio que admitir que la expansión del virus es indetenible.

Lo más grotesco es que mientras esa tragedia se desarrolla, ante la mirada de los usurpadores de los poderes públicos del país, Maduro persiste en su afán de mantenerse aferrado a la silla presidencial, sin reparar en que más allá de los muros de Miraflores, miles de seres humanos sucumben ante semejante calamidad. Para ellos -me refiero a los socios de las mafias que desgobiernan a Venezuela- lo que cuenta es seguir raspando la olla, o sea, robarse lo que va quedando en un país arruinado por ese saqueo prolongado del que se habla en todas partes del mundo.

A Maduro pareciera no importarle la noticia que da cuenta de que una niña de 7 años murió después de ser arrastrada por las aguas del enfurecido Río Bravo, después de que la arrancó de los brazos de su inconsolable madre. A Maduro no le produce ni frio ni calor, que miles de venezolanos estén en ascuas, cruzando trochas o atravesando caminos inciertos, para ver como llegan a territorios ajenos a su nacionalidad, en virtud de que el régimen que él encabeza les hace la vida imposible en su tierra natal. ¿Qué les están pidiendo visas en México? ¡Ese es problema de esos escuálidos! Exclama el dictador de marras.

Mientras tanto, Maduro abre las fronteras, consintiendo que nos invadan las fuerzas extranjeras a las que se somete mansamente. Y escenifica su teatro de baja ralea, gritando ¡nacionalismo, nacionalismo, viva la soberanía! Y detrás de esas imposturas se ven a los cubanos y a los rusos haciendo de las suyas en la tierra que siglos atrás liberó Simón Bolívar. Y en medio de esa gritería estridente, propia de los farsantes, se apersonan los operadores que controlan los hilos del CNE a rendirle cuentas al tirano, con el último parte de la Batalla del Revocatorio, garantizándole que “todo está atado y bien atado”, y que los incautos, que mordieron ese anzuelo, no dan pistas de estar al tanto de ese ¡otro fraude mas!… como diría el ciudadano Leopoldo Castillo.

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