Juan J. Prieto L.*

Por los años setenta, asaltar una entidad bancaria era sinónimo de delincuencia organizada. Comenzaba a acuñarse este concepto, en una sociedad que comenzaba a familiarizarse con los bancos. En otros casos era la guerrilla o determinado dirigente para financiar su campaña electoral. En 1972 se produjo un rarísimo caso de atraco en Guanare, estado Portuguesa. Allí las arcas bancarias resguardaban importantes cantidades de dinero, por ser ésta una tierra agrícola, el empresariado criollo puso allí la vista para hacer y engordar fortunas. La seguridad estaba garantizada por la movilización militar a su paso hacia a los confines divisorios. Sin dudas la prosperidad sonreía y todos felices y contentos apostaban a ese bienestar profuso.

Las inmensas extensiones de tierras estaban surcadas por lenguas infinitas de asfalto que se consumían en verdes trochas, ríos extenuados, al paso de gandolas atestadas de ganado. El olor a mastranto y bosta caracterizaba la llanura, el auge se dejaba oler.
Una calurosa tarde, cuando el sol de los venados lame de brillo los morichales y tiende camas para abrocharse de oscurana, para decir adiós a la sabana, el reloj de la catedral anunciaba las tres de la calentura vespertina. En el interior del Banco Nacional de Descuento, ubicado en diagonal al cine “Los Llanos”, justo al lado de “Billares Guanare”, dos muchachos, con sus rostros calzados en capuchas negras, sometían a los contados clientes que transaban alguna diligencia financiera, unas bragas verdes llevaban el sello de la empresa Fumigaciones Cimarrón en la espalda.
Las víctimas parecían flotar en el pulido y fino piso de granito, con las manos en la nuca. Solo un niño fue tomado de la mano por uno de los asaltantes y lo sentó en una silla junto a su madre y una cajera llamada María Mercedes, según se podía leer en letras menos pequeñas que el emblema bancario, en el lado izquierdo de la blusa. Otra cajera y un cajero llenaron las talegas de papel marrón de la panadería “Flor de la sabana” con todo el dinero. La huída la emprendieron en una vieja pick up, con un barandaje de tubos incorporado al chasis. Un novillo bamboleándose de un lado a otro parecía despedirse con sus berridos.
Los testigos presenciales dieron cuenta en los interrogatorios policiales de las señas de los delincuentes, estaturas, modo de hablar. Una leve sospecha apuntaba hacia los hermanos García. Eran conocidos por sus anticuadas prácticas delictuales. Aunque esta nueva faceta los desconcertaba, no descartaban que esa incursión hubiera sido obra suya. Ambos vivían en Los Morichales, un caserío a unos quince kilómetros de la capital. Las primeras pesquisas arrojaron como resultado un escape a la frontera con la hermana república.
Seis meses después se desactivaron los puestos de control destinados a la detención de los García. Su paradero era desconocido. La sabana los había consumido. La ciudad recuperó su rutinaria existencia, cualquier comentario se fue disipando cuando crecieron los ríos y la lluvia se hizo vicio. A los oídos de comisario Freddy Torrealba llegó la información que los presuntos pillos estaban de vuelta en la región. Se activó nuevamente la búsqueda, pero con la mayor discreción posible. Dieron con ellos.
-Y entonces.-les preguntó Torrealba.-qué hicieron con ese realero?
-Comisario compramos dos microbuses para trabajar cargando pasajeros, no queremos seguir siendo choros.
-Huuummm, me parece muy bien. Atinó a decir el Comisario. Y quedaron libres.

*Periodista

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