Manuel Avila

A los que vivimos en Venezuela nos tocó vivir tiempos borrascosos. Es la pura verdad que nos quedamos aquí para nadar contra la corriente y con vientos en contra. Nos correspondió un momento histórico comprometido y hostil. Somos unos valientes que decidimos quedarnos en esta tierra que Bolívar libertó para defenderla en todos los planos.
Con una crisis política, económica y social enfrentamos a los tres elementos perturbadores de nuestra existencia. Decidimos usar el voto para zafarnos de la democracia corrupta y caímos en las redes de la revolución obtusa y atrasada que nos condujo en estos últimos 22 años a la nada politiquera.
Nos cayeron a muelas o mejor dicho a paja loca para vendernos un producto manido que solo tenía música de Alí Primera y consignas cubanas alejadas de nuestra realidad. Y sin bien es cierto que los políticos de la cuarta se equivocaron de cabo a rabo para sumergirnos en esta pesadilla tenebrosa es una verdad del tamaño del mar y del cielo. Se prostituyeron al caer en las redes de la corruptelas y convirtieron al país en un lodazal de pestilencias. Nadie hablaba bien de la corrupción y del enriquecimiento ilícito, de los saraos en la élite del poder, de la barraganería y de los ladrones de cuello blanco. Mientras ese mal de la corrupción se incubó en el alma nacional las clases sociales más deterioradas navegaban en la miseria colectiva durante 40 años. Se sembró la pobreza en el alma nacional y los niños macilentos caminaban dando tumbos hacia un futuro negro.
Esa fue la era de bonanza económica nacional con el bolívar como una de las monedas más fuertes del mundo y eso nos hacía parecer herculianos ante el resto de los habitantes del planeta. Por años fuimos una nación de ricos con habitantes pobres que en medio de la abundancia por tantas riquezas ni se notaba su existencia. Fueron tiempos de viajes de placer con venezolanos que iban un fin de semana a hacer mercado en París o Miami y a comprar trajes y zapatos deportivos a tierras del Tío Sam o a un concierto en NY o a ver una pelea de boxeo al Madinson Square Garden o a tirar unas fichas en los casinos de Las Vegas o a darse un chapuzón en las playas de Acapulco o a un matrimonio en Los Roques.
Esa fue la Venezuela que vivieron muchos empresarios y políticos consagrados. Pero no las barriadas que inconformes por vivir en espacios muy pobres mantenían la esperanza de cambios en una de sus neuronas. El postulado de Pablo Neruda de que nuestros pueblos llevaban una inconformidad guardada en el alma y que estarán por siempre buscando a un vengador pata que los gobernara se hizo realidad cuando las barriadas de todo el país empezaron a celebrar el “por ahora”que gritó Chávez cuando falló en su intento de golpe de estado del 4 de febrero. Con esa frase quedó patentada la revolución y ya preparada para ascender al poder. Eso lo sabían los políticos de la época que se sentaron a esperar que el volcán político hiciera erupción. Y así ocurrió porque mientras Chávez estaba preso en Yare las consignas y gritos de guerra se escuchaban cada día como el silbato del juicio final.
A Miquilena y José Vicente Rangel les correspondió conducir al hombre de Sabaneta para que no fallara en su accionar para coronarse Presidente. Pasó la ola del chiripero de Rafael Caldera y era inminente la aparición de un gobierno revolucionario de nuevo cuño. Caldera estuvo guapeando en el poder aguantando las trincheras para evitar que fuera tan violento el ascenso de la izquierda al poder. Bastó que Caldera indultara a Chávez y casi inmediatamente vinieron las elecciones que le entregó el poder al chavismo rancio.
Se vino el populismo “a calzón quitao” a gobernar el país con la venta de verduras y gallinas en la Avenida Bolívar, el movimiento cívico-molitar y los gritos de los buhoneros vendiendo el Oráculo del Guerrero de Lucas Estrella en los pasillos del Nuevo Circo de Caracas. Las boinas rojas aparecieron por los 4 costados del país y los pobres de la República empezaron a usar trajes de camuflaje militar para montarse en la ola revolucionaria. La locura invadió el país y todos los venezolanos llegamos a creer que era el paraíso en la tierra. Qué volveríamos a la felicidad colectiva y a los sueños de redención final y que los condenados de la tierra desaparecerían de la faz de la tierra. Empezó a gestarse el sueño y con Chávez a la cabeza con su discurso embriagador y su afán libertario y de acabar con los corruptos se posesionó el poder rojo en el alma nacional.
Después de 22 años de gobierno revolucionario podemos decir que hoy estamos peor que ayer y que no encuentran los venezolanos la fórmula mágica para salir de tanta locura gubernamental que convirtió a Venezuela en el país más pobre de Latinoamérica y uno de los más castigados del mundo. Perdimos el rumbo y ahora tenemos más calamidades sociales, más pobreza y las condiciones de vida son precarias. Se fue medio país al exterior y estamos atrapados en una búrbuja de la crisis jamás vista en la historia nacional.
Eso es lo que tenemos der país en tiempos cuando la realidad política es que nos quedamos sin futuro y con nuestros familiares lejos de nuestras costas. Todavía no hemos perdido las esperanzas de cambio político y solo apostamos a que la clase política entienda que es primero Venezuela y luego sus intereses personales. Esa visión atrasada de la política no ha cambiado y el capítulo de Barinas está presente ante nuestras narices, pero los políticos siguen de espaldas a la realidad nacional.

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