Juan J. Prieto L.*

El cielo veneciano se fue tiñendo, lentamente, de un rojo intenso, tal como el riego de gota de vino tinto sobre un impoluto mantel. Eran los días de febrero de 1480, cuando el secretario del Rey, Christofer Tolive tuvo la inesperada ocurrencia de celebrar el Carnaval de Venecia. La alta burguesía estaba invitada desde el comienzo del año, bajo previa sugerencia de lo que serían aquellas fiestas. Los amantes dieron rienda suelta a su imaginación urdiendo sus propios planes para el desenfreno de vivir esos días.
Les estaba permitido confundirse entre el común de la población que se mantenía incauta ante la exuberante constelación de fastuosidad, fue lo más llamativo dentro del regocijo anunciado por aquel puñado de organizadores. Quién diría que una simple máscara serviría para guardar tantos secretos en unas pocas horas, por tantos años. Llegado el día los relucientes trajes adornaron las románticas islas de una Venecia escandalosa de comparsas a toda hora, el cielo parecía llorar pero nadie alzaba la mirada y advertir su presagio, todos buscaban rostros y cuerpos a través de antifaces barrocos.
El vino apareció en toneles en cada esquina, y en cada esquina se escondía el horror, la violencia también hizo sus cálculos para desbordarse entre multitudes alegres, sin reparar en el peligro que sus vidas corrían. Era el primer domingo de los diez días que duraría la magna celebración, todos convergieron en la Catedral desde donde se lanzaría una paloma de metal hasta el Palacio de Ducal, mientras, la noche se volvía intensa. Pronto la luna veneciana apareció acorralada de luceros como una gema recién pulida, el jolgorio seguía inaplazable. El Rey y su corte hicieron lo propio, una gran recepción donde los criados fueron disfrazados de tal elegancia que pasaron inadvertidos ante la muchedumbre fisgona. Eso tenía una razón, les permitía, incluido el Rey, escaparse en busca de amoríos clandestinos. Toda la realeza estaba envuelta en confabulaciones carnales.
Los efluvios encendidos de la luna de Carnaval apenas si alcanzaba los confines de estrechos callejones húmedos de sudores avinagrados, donde cada quien hacía lo mismo con cada cual. Nadie sabía nada de nadie. Hasta que amanecía el linaje era una farsa. Así fue Venecia durante los días de estreno de las fiestas más alocadas que ha conocido el mundo. Son esos días cuando reina la confusión de cuerpos y apetencias, un aliciente a la perversión anónima, las apariencias se desdoblan a lo animal, al libertinaje, sin mediaciones morales.
Conocidas estas lisonjas a la intemperancia, Napoleón las prohíbe por temor a las conspiraciones en su contra y su imperio por allá por 1797. Es en el año 1972 cuando comienzan de nuevo hilando tiempos de modernidad, pero siguen prevaleciendo las máscaras doradas, plateadas o blancas, entre las restricciones que viven está en que deben organizarse fiestas donde participar cuesta un montón de euros. La servidumbre sigue ocupando su lugar llano y simple, con una máscara cualquiera.
*Periodista

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