Juan J. Prieto L.*

Por razones que no vienen al caso, Diego Román se fue a vivir a la intrincada vegetación de la montaña de El Copey, lo acompañaba su hijo Matías de apenas trece años de edad. Su mujer, la madre de Matías se quedó viviendo en el Mamey, en pleno centro de la ciudad de La Asunción, corrían los días del año mil seiscientos. Matías heredó de su padre el cuidado de los patios del Convento de San Francisco, el de adentro y los de afuera, incluido el pequeño huerto donde los frailes cosechaban las pocas verduras y legumbres que consumían. Por la cercanía del convento con El Mamey, Matías visitaba a Florencia, su madre, casi a diario, ella, por razones que no vienen al caso, había jurado no volver a pisar nunca más aquel sagrado recinto.
De tal manera que el muchacho se sentía unido, muy unido a sus padres, a pesar de la ruptura, que por razones que no vienen al caso, abrió una enorme grieta, tanto en lo personal como en lo espiritual en una ciudad marcada por la señal de la cruz y la oración perenne. Cuando Matías estaba por cumplir los quince años, fue sorprendido por el sacerdote Mayor del Convento al comunicarle que las autoridades de la Orden Franciscana y la Cofradía del Santo Sepulcro le concederían la proclama de Fraile Auxiliar de la congregación conventual. Pero, insistió el Sacerdote Mayor, debía formalizar la unión matrimonial de sus padres, y la entrega absoluta a la fe de Cristo y claro está, afianzar su devoción a San Francisco de Asís. Antes de entrar en un período de reflexión y meditación como acto previo al acontecimiento previsto, habló toda una tarde con sus padres enfrente del altar mayor de la iglesia del convento, ante la imagen de San Francisco. Florencia a regañadientes aceptó que fuera ese lugar, a pesar de las razones que no vienen al caso. Matías escogió para la ceremonia el día 24 de enero, también día de su cumpleaños. Los días antes fue un corricorri de toda la comunidad volcada a los arreglos de la fiesta religiosa. La madrugada del 24 de enero de 1677 toda La Asunción olía a humo, lo que alertó a todos los habitantes que intempestivamente salieron a las polvorientas calles iluminadas por un gran incendio que generaba el Convento de San Francisco, era el escenario del más grande saqueo conocido en esta isla. Toda La Asunción sufrió la invasión, por tres días seguidos, del Conde de Maitenon, un pirata que sembró el terror en todo el Caribe y que había arribado a Margarita por el puerto de Pampatar con once naos de guerra con el odio y la muerte plasmados en su mascarón de proa. Pasadas las horas de horror Matías debió oficiar un centenar de sepelios en el cementerio de entonces ubicado en el sector conocido como el Sitio del Blanco, muy cerca del convento, donde también estarían para siempre sus padres. Pasados los siglos hay quienes dicen haber visto en la alta madrugada, a un hombre y una mujer tomados de la mano caminando hacia la intrincada vegetación de la montaña de El Copey, acompañados de un joven vistiendo sotana.
*Periodista

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