Juan J. Prieto L.*

Acodándose en la barandilla de hierro pintado de blanco, en el tercer piso de un edificio de ocho plantas, muy temprano, una chica joven, muy joven diría yo, toma su primer café del día, supongo que es el primero, para darle los buenos día a la ciudad, por lo menos brinda esa impresión. Luego de un rato largo desaparece hasta el día siguiente.
Mientras dura su permanencia en aquel espacio mínimo ella sonríe y atina con las primeras claridades que asoman por el vasto horizonte, pareciera que el día tuviera dos amaneceres. Aun en las horas de invierno ella luce radiante, dejándose cubrir por tan solo lo necesario, el hilillo de humo que escapa del café recién hecho transparenta la vigilia, moldea la ternura de sus labios pulposos, frescos y rosáceos.
El viento sereno acaricia su tez de fragancia frutal, la muestra abstraída, ausente de los ruidos empalagosos de la ciudad, ciudad que se rinde todos los días a su hermosura toda. Sus manos delgadas y largos dedos rodean siempre la misma taza de café con mucha seguridad, sus uñas muy al natural dejan ver su cuido inmaculado. Al avanzar las horas su esbeltez se va esfumando, pero al día siguiente estará allí de nuevo, ella es el culto a la perfección.
*Periodista

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