Por Antonio Ledezma

Nací y me crie en un pueblo muy relacionado con los militares. En mi natal San Juan de los Morros, en el estado Guárico, era normal ver los tanques que desfilaban escoltados por los soldados a caballo que formaban parte del cuartel Zaraza ubicado a la entrada del pueblo en el sentido de Villa de Cura a la capital guariqueña. Regularmente acudíamos a jugar cariberas de béisbol en un campo improvisado en los alrededores de la vieja casona conocida como La Mulera, en donde se refugiaba Juan Vicente Gómez después de darse sus medicinales baños termales. Ese inmueble fue restaurado y convertido en sede del Comandante de la Primera División de nuestra Fuerza Armada. También estaba el comando 58 de la Guardia Nacional en cuyas instalaciones participé, infinidad de veces, en cursos de formación para conocer la importancia de los recursos naturales de nuestra fauna y flora, para luego ir a sembrar de árboles el cerro Pariapán. Pero también resultan inolvidables los bailes ya que, tanto esos espacios, como los pertenecientes al Club Los Cocos, nos eran cedidos a los estudiantes para realizar nuestras verbenas pro fondos de nuestros actos de graduación.

Los oficiales que se estrenaban como subtenientes llegaban, cuando menos, manejando un flamante Volkswagen que después podían cambiar por un deportivísimo Mustang. Además de lucir con orgullo sus uniformes de rutina y los de gala, solían estar siempre bien vestidos, ya que el sueldo les daba para darse sus gustos personales a la hora de seleccionar sus prendas de ropa y calzados para acicalarse. Era común oírlos hablar de los almacenes instalados para uso de los integrantes de la Fuerza Armada Nacional, a mi se me parecían a los que funcionaban en los campos petroleros que pude conocer gracias a que mi tía Coínta estaba casada con Pio Caponi, un italiano al que quisimos mucho y que nos llevaba a realizar compras en el comisariato de la Shell en Punta Cardón, estado Falcón. Después pude visitar el gran almacén que funcionaba en Los Próceres dependiente del IPSFA, de donde era normal percibir a los militares salir cargando los mercados con todo lo que era posible comprar en esos establecimientos.

En San Juan de Los Morros se construyeron viviendas en guarnición para alojar a los oficiales con sus respectivas familias. Una anécdota: una de las grandes protestas que hicimos los muchachos de entonces fue porque nos mutilaron el terreno en donde jugábamos béisbol en las adyacencias de La Redoma de San Juan. Todo porque parte de esos espacios se destinaron para edificar ese conjunto residencial.

Ahora me entero que proyectos extraordinarios como La Rosaleda, son parte de los recuerdos. Que esas campañas engañosas de que a los militares les daban su carrito quedó como un mal chiste. Los créditos hipotecarios son una pesadilla y aquellos viajes y días de vacaciones pasaron a ser una leyenda.

Los sueldos de los oficiales, tanto de los activos y retirados son miserables. Me refiero a los que nada tienen que ver con actividades de narcotráfico, contrabando de gasolinas, de alimentos, ni a los que nunca se aprovecharon de los dólares que regalaba CADIVI. Porque las élites que están acomodadas en esas cúpulas, sí que se les ven rellenas de millones mal habidos. El contraste al que me refiero en este análisis, lo representan la inmensa mayoría de oficiales y a la tropa en general. Esos sueldos de hoy no les alcanzan a los militares para cubrir las necesidades elementales de alimentos, salud, vestidos, etc. ¿Qué pasó con esas mentiras de la Misión Negro Primero y la nueva estructura empresarial? Todo ha terminado con la humillación de ver a los militares haciendo una larga cola para terminar recibiendo una bolsita con 5 artículos nada más. ¡Que vergüenza! Así se observan a generales y coroneles esperando el gran premio que no tiene rango de cajita CLAP, sino repito, de una raquítica bolsita con 5 productos.

Los beneficios del seguro Horizonte también se esfumaron. El que pueda que tramite pólizas privadas, eso sí, con muchos dólares en la mano. Los hospitales militares quedaron para atender a los activistas del PSUV o a los recomendados de la rosca que los comanda. Son como una suerte de clínica privada a la que se ingresa con las tarjetas de recomendación de los hermanos Rodríguez. Lo mismo ocurre con los espacios que existen en los Círculos Militares. Ahora son salones de parrandas para esos grupos de activistas del partido de la “revolución”.

Esos militares que nos formaban en mi pueblo a defender nuestro ambiente ahora protegen a los depredadores que saquean el oro en el Arco Minero. No se ocupan de resguardar ni defender a nuestro Esequibo pero sí sirven de escoltas de esos bandidos de las FARC o del ELN. Sino veamos el triste papel jugado en Apure, Monagas o en el estado Zulia. Ah, están firmes para reclamar la libertad de Alex Saab, pero de la soberanía nacional, nada que ver.

Lo insólito de esta historia real y macabra es que el mismísimo general Padrino López es el gran verdugo que permite que se manchen a diario las banderas de la Fuerzas Armadas. Tiene cinco años continuos alcahueteando y avalando todos esos crímenes y robos. Las viviendas de militares de diferentes rangos han sido allanadas y asaltadas. Militares han sido torturados y asesinados en las instalaciones del SEBIN, de la DGECIM, de Ramo Verde, La Pica, del Helicoide y de la Tumba. Padrino López tiene sobre su conciencia las muertes del general Baduel y del Capitán Rafael Acosta Arévalo. Para Padrino López no cuentan los derechos humanos, el debido proceso ni la posibilidad de ser juzgado ateniéndose a la presunción de inocencia. Más bien se siente cómodo haciendo las veces de tapón que impide que otras promociones asciendan.

Una pregunta final: ¿Hasta cuándo aguantan esas desventuras los miles de militares en cuyo nombre se cometen esas aberraciones?

@alcaldeledezma

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