Juan J. Prieto L.*

Todo está habitado por hojas, cada rincón de cada espacio. Donde pisamos, siempre, hay hojas, siempre, como siguiéndonos tal vez por el calor o quizás por la frialdad y morder el desánimo. Son hojas empujadas por otras hojas empujadas por el viento de todo el día o de la media noche, que se cuela por las hendijas de las puertas buscando descubrir ese algo que hay del otro lado.
Por los corredores hay hojas que pasan lento dedicando reverencias a su propia desnudez, están solas con su pálida tragedia de no estar en la cima de los árboles. A veces se aquietan esperando que otras caigan y decirles los caminos que deben transitar hasta los escondites y no ser descubiertas cuando alguien toma una escoba. Hay las que desean contar su historia, cuando en una noche de lluvia cayeron con el sueño de volver a reverdecer, ese es el engaño de la sequía inhóspita.
Muchas quedaron habitando casas abandonadas donde esperan que el moho cumpla su promesa de un mejor destino. Pero las hojas del convento temen ser trituradas por el paso de los muertos que no se convencen que están muertos desde hace siglos.
*Periodista
peyestudio54@gmai

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