Juan J. Prieto L.*

Las calles de La Asunción viven su silencio de siempre. No de versos ni poemas, menos ahora que hay nísperos tiernos que han dejado las garúas que van lejos, adiós agüitas del destierro.
Las puertas antañonas cerraron sus ojos al sol de abril, que se hizo rudo, desanimando las flores del santo en el zaguán. El vasito se ha secado donde estuviste esta semana que despedimos, hasta la última gota, será entonces, hasta que alguien te mire, se persigne y se dé cuenta de la ausencia que te enoja.
Se desnudan las calles de súplicas, y vuelven los pasos callados que la cruzan bajo la inclemencia de turno. Los mismos pasos de todos los días, unos que van otros que vienen, por estas calles de un te quiero y una mirada de lejos.
Los días de muchedumbre no se escuchan hace mucho. No se han ido, están guardados esperando que la hendija poco a poco vaya abriendo los ojazos de los niños aburridos del encierro. Dejando al recuerdo el paisaje desolado.
La Asunción seguirá vestida de fe, con la añoranza cubriendo como alas la circunstancia buena de llevar en el pecho un corazón desenvuelto. Una canción volverá para disipar las penas, queriendo florecer en memorias azarosos. Permitirá la sequía las florecitas de mayo.
*Periodista

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