Sor Elena Salazar
Escritora
salazarsorelena440@gmail.com         

En el siglo pasado, mientras Los Beatles vibraban en el mundo con “Let I Be”, “Sometthing”, “In My life”, “Yesteday”, y las canciones “Por que yo te amo”, “Rosa.. Rosa”, de Sandro, en la radio del pueblo, en Salamanca (La Asunción), vivía un muchacho, a quien en una oportunidad oculté su identidad llamándolo Antón Sinforoso Villaba Noriega, con el seudónimo de LLoqui, anagrama de Quillo, el cacique de Salamanca y de Santa Isabel.
Quillo era malandrín de oficio y propietario de un caballo, con el que se sentía apoyado en su ego de malandar. Cada vez que pasaba galopando por el pueblo había que aislarse porque no sabíamos cuándo la bestia podía embestir, previa orden de su patrón. Varias veces el atrevido muchacho colocaba su caballo frente a los carros (cuyos dueños eran sus enemigos) interrumpiendo su camino, y había que buscar a la policía para que pusiera orden. Quillo no sólo amedrentaba con su bestia sino que se entretenía masturbándose detrás de los árboles a la mirada de las niñas; vigilaba la soledad de ellas para realizar sus fechorías. Mi casa quedaba en una esquina, del lado derecho, sus alrededores estaban minados de matas de granadas, algodón, robles, y del lado izquierdo quedaba la casa de la abuela y el alambique de los Sanabria. Al frente estaba la casa de Facho, donde vivía Juanita Villarroel. El porche de su casa no se veía por el sembradío de las matas de plátano, que servían de telón para el escondite de Quillo, que desde ahí silbaba anunciando su masturbación.
Este salmantino creció como Calibán (el personaje de Shakespeare), entre los matorrales y bejucos de los conucos de sus abuelos. Su único trabajo era malandar. No estudió, ni leyó, ni escribió (ni siquiera en las paredes de su barrio), pero sí atacaba con su verbo y sus manos a los muchachos de la cuadra y de la escuela, quienes obligadamente para ir a la escuela tenían que pasar por la puerta de su casa. Quillo con una orqueta o china para matar pájaros apuntaba la cabeza del estudiante, quien cuando recibía la fuerza de la piedra en su cráneo caía furtivamente en el caliente y ardiente asfalto de la calle. Uno de ellos, entre sombras y pestañazos levantaba su cara y abría sus ojos para ver de dónde había salido el brutal y primitivo chinazo; su mirada se encontró con la sonrisilla irónica y punzante del provocador con sus pantalones a media pierna, mostrando sus (private parts) partes pudendas, aquellas que manoseaba con sus manos en los matorrales de Facho. El pobre estudiante recogía sus útiles a los pies del sádico y enfermo muchacho y como pudo llegó a su escuela, donde la maestra Angelita, sorprendida y asustada lo consolaba con un masaje y una compresa de hielo. Los reclamos no se hicieron esperar. Después de 50 años de esos delitos cometidos por el cacique del pueblo, y hoy en la puerta de lo que fue mi casa familiar (donde ahora ya no hay granadas ni algodón, sino un colegio que a su derecha tiene la calle La Poza), observo una figura delgada que camina tambaleándose con la ayuda de un desgastado bastón por la calle Santa Isabel. A medida que avanza la figura por mi querida calle y va acercándose, puedo reconocer el rostro, a pesar del pedazo de tela que le sirve de tapaboca de aquel muchacho, quien hizo sufrir a más de una familia, sus ojos hundidos, pero la misma mirada sádica y altanera del siglo pasado, que aún recuerdo con la impotencia de la niñez. Las manos y brazos envejecidos y callosos sellados por la maldad del pretérito, posiblemente ya no alcanzarán su miembro viril para su masturbación de oficio, que se hacía notar a través de su particular silbido, detrás de los arbustos, ahora sólo las usas para sostener la muleta que le permite malandar sus piernas y su conciencia.
El regreso de Quillo no es sino el mal recuerdo para muchas personas que ahora no pueden vengar los delitos del masturbador de oficio, porque ya no están. Mientras tanto algunas familias están atentas al bastón del masturbador y a sus delitos pendientes, aunque haya pasado medio siglo de silencio.

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