Juan J. Prieto L.*

Murió de repente. La casa se inundó de gente, así nada más. Como un río cuando se desborda y allana cuanto encuentra a su paso. Murió de repente. Todo fue un desbarajuste, porque es lo único para lo que no se toman previsiones, cuando mucho tener el sitio donde va estar para siempre.
Murió de repente. Por eso los vecinos pusieron empeño para disipar el dolor, al menos mientras la familia comenzara a sentir la ausencia de aquel ser que murió de repente. Comienzan por quitar los cuadros, incluidos los diplomas de los hijos donde consta que son bachilleres, una pintura de los viejos de estrafalario gusto hecho con acuarela, él, con flux que nunca tuvo y ella con un vestido que jamás compró, solo dejan los afiches del Corazón de Jesús y una imagen de la Virgen del Valle que alguna vez colocaron encima del único radio y allí se quedó para siempre, el radio desaparece como por arte de magia.
Era temprano en la mañana cuando el susodicho murió de repente, a golpe de mediodía llegó el componemuerto y trabajó en el cuarto unas dos horas. El penetrante olor del formol espantó a las espontáneas aseadoras y a los curiosos que afanosamente averiguaban que vaina era esa de morirse de repente, porque nadie sabía en que parte del cuerpo quedaba eso que llamaban “repente”. Se fue el componemuerto y dejó el cadáver acomodadito en su urna, con una camisa blanca abotonada hasta el cuello y dos algodoncitos tapándole los huecos de la nariz. Las sillas plásticas blancas, las prestó el Club Social, cultural y Deportivo “El águila blanca”. El cacao, las galletas de soda y los cigarros lo compraron fiao en la bodega de enfrente que no abrió sus puertas por respeto, pero vendía por una puerta trasera que daba al patio. A las cuatro de la tarde iniciaron el primer rezo. En la primera línea estaban los familiares del muerto y la rezandera que llevaría la voz cantante del rosario, luego estaban los vecinos más allegados, los compadres y los compañeros de algunas aventuras, y en la entrada a la casa, en unos bancos largos de madera se sentaron los jodedores a contar cachos.
En media hora resuelven el primer empuje para que el muerto vaya haciendo camino a la bendita eternidad. El aroma a chocolate servido en tacitas de peltre taladra el olfato de los cumplidores del sentido pésame, y el crujir de las galletas de soda conformaron la perfecta armonía mortuoria. La viuda, sentadita al lado del féretro no paró de secarse las lágrimas que no cesaron de anegar sus ojos desde que su amado murió de repente.
*Periodista

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