Por Antonio Ledezma

He podido leer la historia de la democracia venezolana que relata, magistralmente, el Doctor Carlos Canache Mata. Se trata de un compendio de análisis de la vida y obra de Rómulo Betancourt, por etapas, que permite conocer todo cuanto hubo de hacerse para poder terminar echando las bases del sistema de justicia y libertades que nos dimos los venezolanos. Este libro debería ser de obligatoria lectura para nuestros jóvenes, especialmente los que demuestren tener inquietudes políticas y que ya están participando en esas actividades tan apasionantes.

Como líder y estadista define Canache Mata al impetuoso Betancourt, que ya había calificado como “político de nación”, ese historiador de buena talla, Manuel Caballero. Y nadie puede regatearle esos méritos fundacionales de la democracia venezolana a ese líder guatireño que demostró tener, no solo vocación de poder, sino también sobradas condiciones para asumir las mas difíciles tareas, como esa de presidir la Junta Revolucionaria de Gobierno a partir del 18 de octubre de 1945. Pero a esa encrucijada no llego Betancourt por obra del azar, ni mucho menos por ser el ganador de un sorteo de una carambola política. Betancourt se venía tallando como parte de aquella “generación predestinada”, como certeramente la definió José Rafael Pocaterra, al medir las virtudes de esa pléyade de muchachos que le dieron nombradía y trascendencia a “la generación del 28”.

Para que esas audacias juveniles se pusieran en marcha, en el marco de la celebración de La semana del estudiante, era indispensable poseer coraje y eso fue lo que desbordó al Panteón Nacional, en donde tronó el verbo encendido y brillante de Jóvito Villalba, mientras que en el Teatro Municipal rebosaban los versos de Pio Tamayo y Jacinto Fombona Pachano, después de haber escuchado la proclama dictada por Joaquín Gabaldón en la Plaza de La Pastora. En ese plan de protestas encubiertas no podía faltar la voz y las ideas del valiente muchacho veinteañeros, llamado Rómulo Betancourt, quien desde la tribuna del cine Rívoli habló “de nuestro pueblo olvidado de Dios y crucificado de angustias republicanas”.

Todos esos jóvenes persistieron en sus manifestaciones de inconformidad, trataron a tomar el Cuartel de Miraflores el 7 de abril de 1928, arriesgando sus vidas ante el plomo salvaje de los esbirros del régimen de entonces. Todos fueron a parar a la cárcel, prisión que asumieron con admirable pundonor. Y no dejaban de luchar, conscientes que para poder encarar una tiranía es menester contar con determinación para sumir los mas inesperados riesgos personales. Aventados al exilio no dejaron fuera del equipaje de viajeros circunstanciales sus ilusiones, por eso aquellos aguerridos jóvenes con motivaciones firmes de conquistar la libertad de Venezuela pasaron del “garibaldismo estudiantil a la izquierda criolla”, tal como lo analizan en su ensayo Arturo Sosa Abascal y Eloy Lengrand.

La verdad es que esos jóvenes también debatían en el terreno de las ideas, no se inhibían de navegar en esas corrientes filosóficas que bañaban nuestro territorio, pero eso si, asumían definiciones y plasmaban proyectos como lo fue, por ejemplo, el Plan de Barranquilla que propusieron a Venezuela, un puñado de políticos lozanos reunidos en una frutería barranquillera de Colombia. Se comenzaba a dar la alquimia de coraje con ideas, acciones atrevidas mezcladas con los proyectos referidos al país que aspiraban edificar, una vez derrumbadas las murallas de la tiranía. Por eso fue posible que Betancourt le diera contenido a las ejecutorias que emprendió esa junta de gobierno que encabezó desde 1945. Por eso el debate plural en la Asamblea Constituyente que presidiera, con brillo intelectual, Andrés Eloy Blanco. Por eso se desarrollaron iniciativas de corte político, económico y social que representaron las coordenadas de la transformación del país rural, endémico y atrasado en la Venezuela que se disponía a dar el gran salto hacia la civilización.

A base de coraje, siguiendo las pautas programáticas frutos de los debates que dieron lugar a las ideas, aquellos lideres contaban además con una gran fortaleza moral que les servía de amalgama y de cemento para solidificar esos compromisos mas allá de las diferencias circunstanciales que tenían y mas allá de las ambiciones que abrigaban cada uno de ellos. Esos jóvenes como Betancourt, hacían política decente, política con ética, porque no basta el coraje ni las ideas sino se cuenta con la fuerza de la moral para sostenerlas y defenderlas a todo trance.

Celebro esta obra de un político decente y honesto como Carlos Canache Mata de cuya amistad me siento honrado. Es otro aporte suyo a las nuevas generaciones del país para que puedan despejar incógnitas, a la hora de saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.

@AlcaldeLedezma

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