Juan J. Prieto L.*

Todos, absolutamente todos, cuando fuimos niños nos encantaba jugar con el agua. Yo la perseguía por todas las calles de La Asunción junto con maltrechos barquitos de papel rayado, arrancados de los cuadernos de la escuela. Cuando llegaban a una enorme alcantarilla apostada en La Portada se los tragaba sin tregua para un adiós inminente. Me consolaba la idea que llegarían hasta playa Guacuco, a mar abierto y de allí a navegar todos los mares, algunos sueños mareaban pero allí iban, libres de tocar puerto seguro.
Recuerdo el agua de las lluvias de mayo rodando por la canal de tejas en la casa donde nací, hace muchos aguaceros,hasta golpear una laja enorme dispuesta en el patio de mi casa vieja, y yo me bañaba tal como vine al mundo para lavar mis penas inocentes. Recuerdo las acequias repletas de agua custodiando las matas de platanos plantadas por mi padre para alimentarlas, también las matas de ajíes y yo extasiado mirando como las cristalinas gotas correteaban por las berenjenas barrigonas.
Qué tiempos aquellos, con agua por todas partes, inventando con ella a bañarnos al llegar de la escuela al medio día y luego en la tarde, y a jugar y otro baño antes de dormir. Ahora todo ha cambiado, ya no corre como antes, la vemos menos cada vez y las llaves pasan demasiados días con una sed tremenda, solo gorgorean para animarse a que se haga el milagro de tenerla en abundancia. Ahora pareciera esconderse en ultramar y a ratos ser impulsadas por máquinas atropellando cuanto encuentren por la vereda de hierro con escamas crecidas de años. Solo el mar nos deja tomarla entre los brazos y pensarla dulce y amada.
*Periodista

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