Por Manuel Ávila

El mejor conocedor de su hermano Jesús Manuel fue Efraín Subero. El maestro y escritor de Pampatar que se lo prestó a Los Castores con la condición de que siguiera escribiendo sobre Pampatar, el hombre y sus circunstancias. Ese mismo Efraín que fue a dar clases por primera vez en Los Robles y que se fue a Caracas para convertirse en una de las mejores plumas del país, en uno de los privilegiados de la literatura y en uno de los grandes portentos de la literatura al ser profesor en universidades americanas
“En la Escuela Federal “José Joaquín de Olmedo” donde las voces del Maestro Subero se juntaban con las voces del mar, uno aprendía dos veces, dos cosas al mismo tiempo . Por eso será digo yo, que uno comienza a escribir del Maestro Subero y concluye escribiendo del mar”. Eso escribió su hermano Efraín para dimensionar la personalidad de su Jesús Manuel que no solo fue para un familiar, sino un gran ser humano que se ancló en Pampatar para ver andar a su pueblo con sus necesidades y fortalezas por casi un siglo. Ahí estuvo Jesús Manuel como el Maestro Subero a secas viendo pasar el tiempo y aportando ideas para que el pueblo de la sal madura entre cantos de alcatraces y caladas de jureles que el Cristo por años ofreció a su pueblo.
Mi sugerencia dijo Efraín dijo “es que sus saberes para beneficio del común, debían integrar un libro de fácil comprensión, cuyas páginas mudas insistieran diciendo el cómo éramos. Y es que Jesús Manuel labrado a punta de formón, ha podido derivar en cotidiano habitante del puerto. Ese que nace y hace, que vive y muere como rozando apenas epidemias de vida”.
Con esa claridad de pensamiento vio de cerca la evolución de su hermano Jesús Manuel y lo reconoce como un intelectual de gran calada cuando señala; “Pero Jesús Manuel no atendía solo la formación estética y sentimental. Fue con él que aprendimos a familiarizarnos con los nombres de los Grandes Descubridores, de los grandes inventores, de los Grandes Conquistadores”.
En lo humano también lo describe muy bien Efraín al señalar “El Maestro Subero era el que daba el consejo oportuno a cualquier hora; era también el que a veces prestaba la suma imprescindible para comprar las medicina o para pagar el médico; como era el que hacía la contabilidad de la bodega, el que suplía gratis al maestro que lo necesitaba, el que perdía los libros prestados porque nunca los regateaba, el mismo que escuchaba al pueblo con sus llantos y quejas”.
Al Maestro Subero hay que verlo en la exacta dimensión en que lo miró Efraín por años porque supo identificarse con su gente al escucharlos y formar parte de sus consejos.
“La angustia de unos ojos, en veces sombríos, que desaprovechaban las peripecias cromáticas del crepúsculo para quedarse en la orilla, en la gran tragedia del pequeño bote desvencijado al que faltaban los brazos emigrados por necesidad y el dinero para colocar nuevos maderos. La preocupación solidaria de unos ojos desbocados de nerviosa desazón que daba la espalda al armonioso caminar de las aguas alucinadas, por seguir la huella miserable del muchachito pescador, sin porvenir y sin destino”.
Para Efraín no quedan dudas que Jesús Manuel fue un apasionado de la literatura que leyó hasta más no poder para curtirse de herramientas del lenguaje que le servirían más adelante para triunfar en una sociedad de poetas muertos.
“Aspiraba una literatura margariteña que se alejara de las confesiones emocionales, de la circunstancia sentimental y se adentraba en el misterio telúrico de esta isla insaciable de amor. De esa literatura que tiene la obligación insoslayable de denunciar lo denunciable y de prever lo previsible; de una literatura que tiene que estudiar con cuidado todo lo que se relacione con nuestro hacer vital”.
Y del Jesús Manuel educador que se entregó por 50 años a la enseñanza de su gente de pueblo, de su Margarita a quien juró amor fraterno desde que estudiaba normal y desde que fue maestro en Gasparico y director en la Escuela Federal Graduada “Francisco Esteban Gómez” de La Asunción y en la Escuela Federal Graduada “José Joaquín de Olmedo” de Pampatar. Ahí mismo en su pueblo a cuatrocientos metros del puerto y a varias cuartas de ese mar que le inspiraba y le daba fuerzas para vivir viviendo. Y es que al Maestro Subero casi se le secaron los ojos viendo esa Pampatar que duele, ese pueblo de la sal que se le metió por los ojos a él y a Efraín, a Charo Rosas y a José Rosas Acosta a los héroes literarios de otros tiempos. Y que sin dudas se rompió el molde porque no vimos después de Rodrigo Ordaz y esa legión de ilustres que Pampatar pariera más nunca un creador de imágenes y metáforas para seguir cultivando ese mar de sueños y de ardentías que desde que desapareció el guyanés Denis Bourne más nunca hemos visto una metáfora más para salvar la honrilla del Cristo, la salina y el Castillo.
Pero está obligada Pampatar a parir poetas de nivel antes que venga la marejada y termine de llevarse por el medio los libros de los pampatarenses ilustres.
Pampatar necesita de una camada de nuevos poetas y si no se sembraron con el brillo de sus hijos más adelantados es la hora que renazcan como el Ave Fénix de las entrañas de la sal jóvenes que retomen la pluma de los grandes cultores del hecho poético para que le sigan cantando por los siglos a un pueblo laborioso que está obligado a sembrar de poesía su belleza celestial y la nobleza de su gente, pues como escribió Efraín Subero para referirse a su hermano Jesús Manuel;
“Jesús Manuel, es de esos corazones privilegiados, que todos los días se la pasan pidiendo corazones prestados, porque no le alcanza el suyo para repartir entre tantos un solo corazón”.
No basta con visitar la tumba de los grandes de la literatura, sino de convertir los sustantivos, los adjetivos y los verbos en imágenes de la belleza poética, porque los pueblos necesitan continuar los legados a costa de lo que sea para irradiar belleza celestial para no seguir viviendo de glorias del pasado. Esa es la idea, no de ir formando críticos de plastilina que hablan, insultan y vejan a través de recuerdos ajenos que no le permiten ni siquiera parir una metáfora para saciar su sed milenaria de ambiciones prestadas.
Al Maestro Subero de carne y huesos hay que rendirle sus honores a los 100 años de su nacimiento porque el Maestro con sus errores humanos y su flux y corbatica que incomodaban a sus mismos coterráneos siempre tuvo una sonrisa, una mano extendida y el cariño de cada día para la gente de su pueblo. Por eso es mezquino que su biblioteca se esté cayendo ante los ojos de esta generación que vio el sacrificio de éste hombre por su Margarita y que ahora lo dejen con su historia guardada entre comején y olvido. A los hombres grandes con historia supremas debemos honrarlos por los tanto que le dieron a su pueblo, pues como dijo Efraín Subero su hermano :
Qué cosa! Cincuenta años después Jesús Manuel Subero significa para todo su pueblo, simplemente El Maestro Subero. Y asi con escueta sencillez se lo informan a todo el que llega a Pampatar inquiriendo sobre el pasado de Margarita. ¡El Maestro Subero! ¿y para qué más?

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