Juan J. Prieto L.*

El grado de conmoción fue tal que quienes estuvieron allí, casi al unísono, declararon que tal cosa no debió suceder. Hasta la gravedad de una señora sirvió para sumar una mortificación más al hecho que estuvo muy cerca de catalogarse como lo más insólito, precisamente allí que nunca pasaba nada, cuando mucho el chirrido de los cauchos de un auto nuevo que su dueño frenaba de golpe para llamar la atención, para que todos vieran su nueva adquisición, allí, que se escandalizaron cuando vieron un niñito de un año apenas sacarse su pipe y orinar una matica, para entonces, de un almendrón que iniciaba su vida de testigo por el montón de años, que tiene ahora, en aquel sitio donde nunca pasaba nada.
Aquel lugar que daba grima de tanta ausencia de alguien a quien mirarle la cara, cruzar una palabra de saludo, ni siquiera eso, mucho menos percatarse que algo sucediera en la casa de al lado siquiera para dormir un tanto más tarde desacostumbrando los oídos, al menos por una vez, a tanto silencio. En aquel sitio todos hablaban pasito para que los demás no supieran de sus vidas ni sus modos, allí la gente nunca se amontonaba, los muertos eran velados lejos de sus casas y enterrados de madrugada para que nadie los viera llorando. Solo se alegraban cuando llovía, no por el aguazal, sino porque podían cantar, reír a carcajadas, hasta gritar si era posible, por que nadie los escuchaba. Pero aquello que sucedió aquel fatídico día despertó el tiempo que tenía años dormido porque nadie se preocupaba por él, jamás, y todo transcurría como si nada. El día que aquello pasó fue cuando se dieron cuenta que existía fulano y perensejo, porque allí donde nunca sucedía nada, nunca lloraban los niños, a menos que lloviera.
Adrián Manzano era el único viviente que sabía todo de todos, porque era callejero, con o sin lluvia andaba por entre los vericuetos de ese poblado donde no pasaba nada, hasta que llegó aquel día, maluco día para tan humildes vecinos que solo vivían a ver qué ocurriría con sus vidas. Después que pasó lo que pasó Adrián Manzano hizo de aquello un rezo perpetuo y contínuo, después de eso lo único que pasaba era cuando Adrián pasaba con su cantaleta: ¡aquí no ha pasado nada!
*Periodista

2 comentarios

  1. Excelente relato amigo Pey, muy bien lograda la trama, te saluda desde Caracas, tú compañero sonbolerista, el gorgojo. Felicitaciones.

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