Manuel Avila

Confieso que estoy viendo poca televisión, pero una de estas mañanas encendí el equipo y estaba hablándole al país un personaje de la leyenda política del alacranato judicializado nacional. De verdad sentí que sigue la mentira como estandarte de una clase política que se muere a menguas.
Es que cada vez que hablan los políticos la gente ni los escucha porque son habladores de paja con postgrados y doctorados en política de la mentira. Este país no se puede seguir calándose a bichos con uñas largas que nada le aportan a una nación tan plagada de calamidades y de desencantos políticos.
Ya nadie puede ir a pescar sin anzuelo al mar de las improvisaciones porque este pueblo está cansado que lo jodan disfrazados de políticos que nada aportan a una nación entrampada por politiqueros de oficio.
Después de la era de oro de la política venezolana con oradores, estrategas, enciclopédicos y sabios de la política y el discurso vino una etapa de sequía que nunca más verán a hombres del talante de Prieto, Jóvito y Betancourt. Esos tiempos de hombres como Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Luís Beltrán Prieto Figueroa, Eduardo Fernández, Rafael Caldera, Raúl Leoní y tantos otros que hicieron vida en la política venezolana. Nos quedamos de repente sin oradores, sin políticos y sin estrategas que orden el desorden de cuatro envalentonados muchachos que nada le dejaron al país sino sangre, sudor y lágrimas.
No quedó nada de la generación de Leopoldo, Capriles y Guaidó. Pasaron por la política como simples marionetas de la nada y con una legión de seguidores sin argumentos para mantener viva la tea democrática. Eso dejó al país sin rumbo en el plano político y hasta los partidos tradicionales quedaron guindados de la brocha por un proceso de judicialización que inició el gobierno para dejar la democracia al desnudo.
Tanta ha sido la decepción que los partidos nuevos como PJ y VP se metieron en una burbuja a soñar con el poder y terminaron fanatizados y dispersos en medio de monómeros beneficiados por jugadas estratégicas de las mafias partidistas. Eso quedó en la legión de Monómeros y su dorado lleno de abundancia y mentira.
Tendrán los partidos políticos que revisarse porque en medio de esta desacreditación de las cúpulas cerradas que se han formado como anillos en cada organización política hay jeques que tienen el copete alzado sin tener una militancia que los siga en sus ideas.
Falta filosofía, entrega y conciencia política para elevar los valores de una clase política deshecha y entregada a la locura del poder. Esa experiencia de monómero se ha convertido en una especie de leyenda urbana que recorre el país y demoniza a una cantidad de políticos que van y vienen al exilio, pero que no terminan aportando nada a la salvación de la democracia.
A las organizaciones políticas que han perdido credibilidad hasta convertirse en polvo del Sahara les toca empezar de nuevo a hacer planas para mejorar su escritura porque las tácticas políticas del pasado que los elevó hasta el cielo, ya no existen en una Venezuela que pide a gritos salvación política y no encuentra los líderes que pongan sus ideas para la consolidación de esa mágica unidad nacional.
Las escuelas de formación política es una asignatura reprobada a todas las organizaciones políticas del país y apenas AD tiene una Fundación que por momentos se activa y por otra parte se diluye entre teoricismos y cacareos de gallina ponedora. Al final es solo un nido de aves que no terminan de fortalecer el nido de las nuevas promociones porque la judicialización de su organización los lleva a enfrentamientos innecesarios que no le dejan nada al país.
Los venezolanos ya saben diferenciar entre lo sagrado y lo profano, entre los mentirosos y los inmorales, entre los disfrazados y los judicializados, pues es evidente que la crisis política del país hizo aparecer a figuras deformadas que ocupan ahora espacios de poder en organizaciones atomizadas por el paso del tiempo.
Y no es porque las nuevas organizaciones signifiquen mucho para el país porque al final son las mismas bestias del oportunismo y las ambiciones que portan un velón y un catecismo como angelitos de la caridad. Esa gente nada le dice al país porque se judicializaron y son parte de alguna manera del redil revolucionario que es como venderle el alma al Diablo por un puñado de monedas.
El oportunismo y la desfachatez se juntan para moler cualquier posibilidad de avance de la recuperación de organizaciones que sucumbieron ante las tentaciones de un gobierno que compra conciencias y arropa liderazgos de arcilla que con sus pies de barro venden su alma a quienes penetran con argumentos disímiles las posibilidades de redención de la democracia.
Con voceros descalificados no se sanan las heridas de la democracia y es una vergüenza nacional mostrar las caras de la mentira como estandartes de la democracia y la libertad, pues es evidente que los puercos lázaros jamás vuelven al corral democrático.
Por ahora nos corresponde ver el desfile de comparsas que hablan y hablan sin parar, pero que nada le dejan a un televidente que les ve la marca de la falsedad a cada personaje que se atreve a soltar mentiras frente a la pantalla para poder justificar su rostro de farsante de la judicialización del TSJ.
Sin dudas se perdió el norte con políticos vendidos por cuatro lochas y que dejaron la dignidad y la moral escorada de un bote varado a la orilla del mar. Ese no es el concepto del político que queremos ver defendiendo la democracia, sino que son deformaciones marcianas de una clase política sin argumentos para triunfar.
Por otro lado los del PSUV que nada tienen en la bola porque no han podido formar liderazgos sólidos vuelven a la farsa teatral de usar de nuevo a los pendejos de siempre para realizar faenas en los liceos y escuelas sin dinero, sin aportes y pretendiendo utilizar a los fanáticos del proceso para realizar faenas imposibles como rehabilitar 257 escuelas in recursos y sin elementos para cumplir una misión imposible.
Eso es lo que hay y mientras tanto el país ve pasar el ataúd de la democracia dando tumbos y mostrando los rostros secos de una nación disecada en medio de una crisis económica que ve crecer las salamanquejas del juicio final.

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