Manuel Avila

El Cine Zaragoza le puso Domingo Urbáez a su cine que se inició en la casa de Pascualita, ahí mismo donde Jesús Avila cantaba y componía. En ese espacio donde el Guanaguanare hizo sus canciones para marcar a un pueblo con sus letras y canciones funcionó el primer Cine Zaragoza de Los Robles.
Posteriormente Domingo Urbáez y su hijo Chelías se mudaron para hacer el Bar Cine Zaragoza, un negocio que funcionó en una vieja casa de barro que aguantó el avance de los tiempos y que completó su evolución con la construcción de un galpón altísimo donde funcionó el cine de Los Robles.
Para 1960 esas instalaciones que contaba con un bar con mostrador a su entrada, un cuarto con unas rejas azules por donde se vendían las entrada para el cine y donde Domingo con su cilíndrico asiento rojo se dentaba a custodiar la entrada el templo cinematográfico. Al frente del cuarto estaba otro compartimiento donde se guarda la mesita de disección donde Cheliás en un ritual de cirujano empataba y desempataba los micro films que venían del Oriente del país en sacos de pita donde los cilíndricos compartimientos traían la película del día.
Un mesita pequeña de madera servía de espacio de trabajo donde se apoltronaba Chelías Urbéz con sus shores a lo Indiana Jones y sus lentes de lectura que se colocaba en la punta de la nariz para visualizar los rayones que traían las cintas maltratadas que llegaban de tierra firme. Parecía un orfebre el hijo de Domingo que usaba una regleta de madera, una tijera y pega blanca para poner a tono la película de la noche. Era un trabajo minucioso y responsable que era realizado por un mago de la cinematografía que hacía lo posible por servirle con responsabilidad a su pueblo.
En esa misma mesa rellenaba los cartelones que con un papel blanco grapado a la madera eran el espacio para que Cheliás con su letra Palmer depositaba su mensaje sobre la película del día. Su brochita se ensuciaba de añil azul y agua para pintar mensajes alusivos a la película de la noche. Una vez organizados los cuatro cartelones que llevaban el mensaje de la película cuatro colaboradores salían en veloz carrera a colocar eso cartelones en las cuatro esquinas más transitadas de Los Robles. El premio para los carteloneros era la entrada gratis a la función de la noche.
Cuando llegaba la hora del cine los robleros compraban sus entradas y agarraban una silla de cuero de chivo amontonadas en la esquina derecha de la casita de barro para entrar al galpón gigantesco que tenía un gran espacio y una caseta elevada como el Olimpo y desde esa especie de torre de control operaba el mago del cine Chelías Urbáez.
La gente no se explicaba cómo las cintas se reventaban tanto en cada función donde el fastidio era generalizado por las interrupciones y donde Cheliás pedía disculpas cada vez que se interrumpía la trasmisión. En ese espacio donde salía la luz mágica que llevaba la trasmisión a la pantalla blanca que estaba al final del galpón había unos equipos negros gigantescos que parecían los molinos de viento contra los que peleó Don Quijote de la Mancha. Era un espacio mágico vedado para los niños de la época por su magia, por su profundidad y por el respeto que nos enseñó a respetar lo oculto en ese espacio de luz y sonido.
Los espectadores que no podían entrar por no tener dinero para pagar las entradas buscaban colearse de cualquier manera, se sentaban en el patio de Nona González o se trepaban en el roble que estaba frente al Cine Zaragoza para ver desde las alturas la película de la noche.
Otros recibían un coscorronazo de parte de Domingo para entrar a ver la película y eso era parte del ritual de la época para permitir el paso libre al cine.
De un día para otro el Cine Zaragoza empezó a entrar en crisis por los altos costos y de la noche a la mañana se quedó Los Robles sin su cine para siempre. Habíamos retrocedido en el tiempo y en vez de tener un espacio de la modernidad cinematográfica se llegó al fin del cine en Los Robles. De repente se vendieron las máquinas de trasmitir las películas y solo empezaron a quedar escombros y veíamos desde lejos a Cheliás con unas botas amarillas barriendo la desvencijada casa de barro donde había ahora un matadero de pollos.
Era el espacio del Cine Zaragoza un bar normal donde se jugaba barajas y se consumía alcohol, pero fue muy rápido el proceso de deterioro de lo que fue el templo del Cine en Los Robles.
Ya más nunca vimos pegados en las paredes los cuadros de las películas de Tarzán con Jhony Weismuller o Lex Backer, los films mejicanos de Miguel Aceves Mejías, Antonio Aguilar, Luís Aguilar, Isabel Sarli, El Huracán Ramírez, El Santo y tanta película que nos cautivó en nuestra etapa juvenil pilarense.
Los helados de vaso, el maní en concha y los refrescos eran la chuchería que permitía a los cinófilos de la época disfrutar de la era del cine roblero y donde los habitantes de este pueblo de paso encontraban su diversión cada noche.
Ahora cuando pasamos por la estrecha calle donde hacíamos de carreras de velocidad me recuerdo de los pasteles de la Nona, de los pasteles, las morcillas y los chorizos de Dolores, del correo de la Ñeca de Asiscla, la Bodega de Pascualita, la escuelita de la Maestra Luisa Rosas de Velásquez y del remate de caballos que armaban Cheo, Blanco y Rosendo. Por supuesto no me puedo olvidar de Franso Guilarte el hijo de Matías Guerra que vivió muchos años en el Bar Cine Zaragoza y desde ese espacio vendió ideologías y tesis comunistas que todavía perviven en Blanco y Riverita que aún creen que con la revolución se puede cambiar el mundo.
En ese mismo espacio en una mesa de ping pong como se le llamaba para esos tiempos al tenis de mesa, libré grandes batallas con Cheliíta, Mickey y Riverita. De esa historias solo quedaron recuerdos que vienen a mi mente cuando atravieso con mi carro un espacio de mucha historia donde todavía se oyen los gritos de Faña, las luchas políticas de Emilio Vargas, los pasos torcidos de Morocho El Zorro, los sueños comunistas de Nicho Malavé, los carros de Juan Zabala, los pasos pesados de José Mago, las pisadas madrugadoras de Chevo Mago y los sonidos de las cámaras que armaba Regino González bajo la mata de toco para reventar el rosario de Nuestra Señora del Pilar y San Judas Tadeo.
Así era Los Robles un pueblo mágico que vio morir sus costumbres y que ahora solo tiene escombros y recuerdos de un Cine Zaragoza que estuvo en nuestras vidas y no se borrará de nuestros recuerdos ni que vengan diez ciclones juntos como decía Ventura Carlita en sus exageraciones de siempre.

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