Juan J. Prieto L.*
Driasmark abandonó Polonia a los veinticinco años, alucinando por un rumbo diferente, un mejor destino y así dejar atrás la obstinación espantosa que anidaba en sus sueños. Con el semblante enfermizo colgado en medio de su cuerpo, luchaba constantemente por reponerse. Toda Europa estaba a su disposición, con algunos percances las fronteras eran dóciles ante el tráfico de gente como ella que de un momento a otro serían presa de depredadores diligentes para la prostitución y tráfico de órganos que los alemanes usaban para sus experimentos. Un mercado de todo lo humano la colocaba en el centro de mira para el extravío. La Alemania nazi había invadido Polonia y consideraba a los polacos como infrahumanos. Con rápida disciplina serenó su aliento y con ánimo rebelde recuperó su instinto que estaba impedido por su particular modo de vida, eran tiempos duros, de pólvora, miedo y dolor, mucho sufrimiento. El caos preparaba a Europa para la segunda guerra mundial.
Llegó a España entre muchos refugiados, comenzando con astucia a disipar su angustioso drama. Poco tiempo pasó para que desarrollara una irreconocible seguridad en sí misma. A tanto andar y hacerse entender, descubrió una panadería muy artesanal en un edificio abandonado que no soportaba un estallido más. Allí encontró trabajo y comida, lo que se puede llamar un techo que era tan solo un filo de cemento, del resto podía ver cada noche las estrellas y contarlas hasta quedar dormida. Se sentía tranquila, más no feliz.
Veinte años antes…
En la madrugada de un viernes, soldados alemanes irrumpieron en la humilde morada de Gustav y su familia, su mujer, un hijo de nueve años y la hembra Driasmak. Ella pudo escapar a aquella masacre no sin antes ver con horror como el capitán que comandaba el funesto pelotón violaba a su madre y asesinaban a su padre y su hermano. Su diminuto tamaño le permitió esconderse entre los troncos cortados para calentar la casa del frío invernal que ya estaba cerca. Los habitantes de Orkov se hicieron carga de ella hasta que huyó para siempre. Recordaba perfectamente aquel día las carcajadas de los soldados pero sobresalía la del capitán, una cicatriz al lado derecho de su frente y su prominente abdomen hacían una imagen imborrable para la desdichada muchachita.
Cierto día tuvo que subir una empinada cuesta para llegar a un barrio paupérrimo habitado por un centenar de refugiados como ella, con un cesto de pan en su cabeza gritaba la venta del producto. De un segundo piso alguien le pidió detenerse porque alguien bajaría a comprar. La puerta se abre y sale un niño, tal vez de ocho años, pero un hombre, con cierto recelo, vigila y esperaba. Tenía el pelo blanco, pero la mirada y la marca en la frente eran señales de aquel asesino, después la carcajada espetada al ver la alegría del niño con los panes confirmó su sospecha.
_Ahí estás. Dijo para sí.
A los dos días volvió y el llamado fue el mismo, pero no hizo caso y siguió su camino. La otra semana pasó tres veces por el lugar y seguía de largo. Dos semanas más y esperaba tenerlo frente a frente para reclamarle su falta de atención. Pero un día, era domingo, y ya la noche tejía su oscurana en el cesto, vacío, llevaba una daga larga y afilada se aproximó sonriente y antes que el capitán alemán dijera nada la daga entró por su garganta alojándose en su cerebro.
Periodista*

Un comentario

  1. Una excelente narración que más bien queda uno con ganas de seguir la lectura y llega al final en un instante para solo imaginar cómo continúa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.