Ana Luisa Gandica Silva

Legado étnico-cutural de la mujer guaiquerí

El primer contacto entre los autóctonos guaqueríes y los navegantes españoles, se produjo cuando el Almirante Cristóbal Colon y sus marinos en su tercer viaje a estas latitudes del Nuevo Mundo, avistaron el 15 de agosto de 1498, las islas de Margarita, Cubagua y Coche, debiendo impactar a esos nativos, observar por primera vez a unos hombres de tez pálida y barbados, arropados con abundante vestimenta en contraposición con su natural desnudez, además, de expresarse con un parlamento desconocido a su lengua choto maimur y a otros de su entorno. Extraños personajes llegados a su insularidad en imponentes embarcaciones comparadas con sus diminutas piraguas. Pero a esos navegantes extranjeros, no los sorprendió ese encuentro por haber tenido un contacto previo con los nativos de Macuro de la península de Paria, quienes les habían señalado esa insularidad como el sitio donde habían obtenido sus ornamentos perleros. Cuya región en conjunto fue llamada por Colón, la “Tierra de Gracia, haciendo alusión al Edén bíblico. Estos codiciosos extranjeros al visualizarles a los nativos Guaquerí, engalanados con hermosas perlas, no escatimaron esfuerzos para atraer su atención, que una vez lograda, les intercambiaron esas preciadas gemas por bagatelas de llamativos colores.

Y en relación con el desarrollo socio-cultural de la etnia Guaquerí, es considerada como un grupo migratoria provenientes de diversas geografías marinas y terrestres del continente asiático, étnicamente catalogados como mongoloide, antes de la llegada de los colonizadores españoles, cuyas tribus entremezcladas con otros clanes conformaron nuevos conglomerados, trasladadas por extensas llanuras de la cuenca amazónica, arribando a los litorales nororiental venezolano, donde se instaló un mayor grupo, dirigiéndose otro hacia las regiones fluviales del Delta del Orinoco y de los ríos Portuguesa y Cojedes. Y de manera importante, los Guaquerí se establecieron en la actual ciudad de Cumana, ampliando sus asentamientos hasta las islas de Cubagua y Margarita, actualmente constituida esa etnia como una referencia de la identidad de esta insularidad. Cecilia Ayala Lafée-Wilbert y el investigador Werner Wilbert en sus publicaciones, Los Guaquerí Gente de Mar (2012), y los Caballeros del Mar: los Guaquerí, un pueblo con historia (2017), indican: “Es difícil determinar en qué momento aquellos grupos que arribaron a Araya, Cumaná y a la Isla de Margarita, comenzaron a autodenominarse Guaiquerí, y cuándo, su cultura, de la que sólo tenemos escasos conocimientos, de 500 años hasta el presente.”

Concluyeron esos investigadores, que la etnia Guaquerí era el producto de la mezcla consanguínea de los Arawaka y los Caribe, cuya particular esencia heredo la apacibilidad de los primeros y el arrojo de los otros, poseedores de un genio cordialmente pacífico con gran apego a su territorio y ser excelentes guerreros . Por ese efecto, los Guaquerí defendían sus tierras con gran sentido de pertenencia acorde con un valor de uso y religiosidad en franca concordancia con sus memorias sin establecer diferencias entre sí. Porque sólo se consideraban, ser los guardianes ancestrales de sus tierras más no sus propietarios, careciendo de cualquier tipo de concepto materialista. Y sobre ese particular, el historiador, Igor Ávila (2005) en su Ensayo y Crítica sobre el libro Niebla en las Sierras de los Aborígenes de la Región Centro Norte de Venezuela 1550-1625, reseña: “Las tierras son el referente geográfico de la historia sagrada, y no se perciben como una propiedad ni como una mercancía, están combinadas con un valor y uso religioso en la percepción de la tierra sin establecer diferencias entre el uno y el otro. Los indígenas se consideran guardianes del territorio ancestral pero no sus dueños.

La integración étnica-cultural del Guaquerí fue un proceso comprendido desde el avistamiento de la insularidad de Cubagua, Margarita y Coche por el Almirante Cristóbal Colón -1498- hasta sus etapas posteriores de colonización -1500-, lo cual produjo un mestizaje biológico-cultural producto de su interrelación en mayor medida con los europeos y pincelados con el componente africanos, forjándose en el tiempo, la identidad “criolla”, la margariteña”, la venezolana. En ese sentido, los ilustres investigados arqueólogos, Cecilia Ayala Lafée-Wilbert, Pedro Rivas y Werner Wilbert (2017), en el indicado libro “Caballeros del Mar los Guaquerí, un pueblo con historia, refieren: “Se conoce como cultura material el conjunto de bienes palpables que posee un pueblo para ataviarse y vestirse, para alimentarse y cobijarse, para combatir contra enemigos y para comercializar, para hacer música y solazarse, concretamente, a sus productos tangibles, ya sean adornos o utensilios para obtener y preparar sus alimentos, viviendas, muebles armas medios de transporte, instrumentos de música, etc.”

Por ello, los guaqueríes fueron inicialmente aceptados convenientemente por esos extranjeros cuando con su apoyo pudieron instalaron en las islas de Margarita y Cubagua, aportándoles además, sus experiencia marinas, los conciliaron con otras tribus de tierra firme, ayudándolos a defenderse de los hostiles caribes y de los ataque de piratas y corsarios. Pero, una vez establecidos esos foráneos y conscientes de su experiencia en las extracciones de los bancos perleros de las islas de Cubagua, Margarita y Coche, pretendieron esclavizarlos. Pero ellos, con su característico ingenio, evadieron ese sometimiento en gran escala, contando con los buenos oficios de Fray Luis de León, que como testigo de excepción de esa deplorable situación y de otras injusticias, lo denunció ante la Reina Isabel de Castilla, quien para solventar esa situación, decretó: “… nos ha sydo fecha relación que de la pesquería de las perlas averse fecho syn la buena orden que convenía; se han seguido muertes de muchos indios y negros, mandamos que ningún yndio libre ea llevado a la dicha pesquería contra su voluntad so pena de muerte.”

Los guaqueríes también fueron apreciados por los consiguientes monarcas españoles Juana I de Castilla y su hijo Carlos I, quienes el 18 de mayo de 1525 en la Cédula Real relativa a la concesión otorgada por dos vidas al licenciado Marcelo de Villalobos sobre la Provincia de Margarita, donde se indicó: “Y por la intençión de la católica rreina, mi señora, e mia es que los indios naturales de las Indias sean, como lo son libres de tratados e instruidos como nuestros súbditos naturales y vasallos, por la presente vos encargamos y mandamos que los indios que al presente ay y oviere de aquí adelante en dicha isla tengáis mucho cuidado que sean tratados como nuestros vasallos e libres e industriados en las cosas de nuestra fe católica, sobre lo qual vos encargamos la conçiençia, teniendo por çierto que haxiendo lo contrario seremos de vos muy desertivos, e so pena de perdimiento de todos vuestros bienes e de cualesqier merçedes e oficios que denos rengáis en cualquier mera, y mandaremos executar en vuestra persona e biénes las penas en que por ello ovieredes incurrido.”

Y posteriormente en el año de 1578- el Rey Felipe II de España, ratificó lo anterior al gobernador de esa Provincia de Margarita, Miguel Maza de Lizana, tutor de Juan Sarmiento de Villandrando “El Mozo”,-nieto y heredero de Aldonza Manrique de Villalobos- en cuya Cédula Real se establecía que los Guaquerí estaban: “exentos del pago de tributos” y debían de gozar de un trato considerado y privilegiado por ser: “Indios de gran valor libres de todo tributo y servidumbre por concesión real.” Apreciándolos ese monarca como: “Mis Caballeros guaqueríes”, distinción merecida por su valor y fidelidad grande, constante y firme, de que han hecho muchas pruebas con experiencias largas.” En efecto, la monarquía de España trato de proteger a esa etnia prohibiendo su esclavitud y el despojo de sus tierras, excluyéndolos del régimen de encomiendas, de repartimientos y del pago de tributos y quienes además debían ser beneficiados con la adjudicación de nuevas tierra, para el mantenimiento de sus cultivos. Pero en muchos casos, esos merecidos derechos resultaron letra muerta ante los abusos del colono español que aplicaba el aforismo: “Obedézcase, pero no se cumpla” o “Acátese, pero no se cumpla.”

En relación con las consideraciones anteriores sobre el comportamiento y visión del Guaquerí frente al colono español, el historiador Carlos Siso (1982) en su obra La Formación del Pueblo Venezolano. Estudios Sociológicos en el aparte “Rasgos Psicológicos del Indio” sostiene, que el aborigen se habituó a ver al “hombre blanco” superior a él no sólo por su naturaleza, sino además, por estar dotado de poderes invencibles. Considerándolo como: “otro individuo” que venía a coexistir en sus espacios ancestrales tratando de imponer un paradigma cultural distinto y bajo una dialéctica que sólo tenía como fin aprovechar sus recursos naturales con propósitos expansivos.”

El Guaquerí frente a sus colonos españoles mantuvo una pertinaz y pacifica resistencia, que les permitió obtener la protección de la Corona de España en los lapsos enunciados, donde había sido distinguió como: “sus caros, nobles y leales Guaiquerí.” Pero ellos, desconfiaban de ese extranjero, que los había despojado de sus espacios atávicos, les había interfirió de manera irreversible su cosmovisión e imaginario ancestral, obligándolos a profesar creencias ajenas, bautizándolos con nombres cristianos ajenos a su identidad atávica. Situación, aceptada con resignación como único medio para no ser exterminados por ese poder superior.

Por ello, los guaqueries con un rostro sereno, taimado e inescrutable, se limitaron a mantener con esos extranjeros un trato cordial pero distante, evitando confrontarlos directamente. En este sentido Carlos Siso (1982) en su citada obra, continua indicando: “El indio, al ser aislado de su clan, separado de los miembros de su grupo a los cuales se consideraba ligado por parentesco, pues descendían del mismo Tótem, y al ser cazado en la selva para obligarlo a vivir “en pueblos” donde estarían en contacto con hombres y costumbres distintas a las suyas debió perder los rasgos originales de su carácter, la franqueza innata en hombres que se encontraban en el mismo estado en que habían salido a la naturaleza; y sentir transformarse su psicología, de la sencillez y del candor en su más amplia expresión, a las formas complicadas del disimulo, propias de quien, incapaz para defenderse con las fuerzas de la inteligencia, se recoge en sí mismo, en el recurso que le suministra el disimulo de sus verdaderos sentimientos.” En la individualidad de la esencia Guaquerí, los investigadores Cecilia Ayala Lafée-Wilbert, Pedro Rivas Gómez y Werner Wilbert en citado libro Caballeros del mar los Guaquerí, un pueblo con historia (2017) en el particular “Aspectos biológicos de la filiación ética Guaiquerí,” les reconocen poseer: “Entre los rasgos de idiosincrasia percibida está la solaridad y reciprocidad: El Guaquerí es una persona de muchos sentimiento.”

La organización social de esa etnia era de tipo trivial no tenían un liderazgo autócrata de imperante poder coercitivo, ellos disponían de la jerarquía de un cacique o una cacica, donde la condición femenina no limitaba esa autoridad, y cuyo rango era respetado y acatado cuando debían agruparse de manera centralizada para repeler las agresiones externas o realizarle algún tipo de consultar o alianza con sus pares. El cacique o cacica disponía de algunas prerrogativas, entre otras: Ocupar un lugar privilegiado en la tribu, recibir a los visitantes de otras aldeas, y tener personal a su servicio. Las comunidades estaban organizadas por familias ligadas por lazos de consanguinidad o de parentesco y la organización social estaba diferenciada por su estatus o posición jerárquica en un primer orden por sus caciques.

Los naturales guaqueries consideraban estar conectados cosmológicamente con un ser omnipotente al cual le tendían culto valiéndose de los dioses inferiores llamados Zemís, que les trasmitía sus designios entre lo infinito y finito a través de diversas manifestación, reflejadas en los misterios de la naturaleza, interpretadas acordes con sus sincretismos mágico-religioso y creencias ancestrales, mensajes recibidos a través de visiones o mediante los fenómenos universales o por la presencia de animales o la intervención esotérica de los sueños piaches y brujos, que según sus habilidades les profetizan sus destinos, les elaboran amuletos de protección y bienestar, sanándoles sus heridas y enfermedades. Por ello, fueron considerados como un pueblo salvaje y pagano por los religiosos católicos.

Los guaqueríes fueron descritos como hombres apuestos y mujeres hermosas con un porte físico muy diferente a la de la mayoría de las tribus caribes, con la estatua de un metro con ochenta centímetros, superior a la media indígena, con tez bronceada, con rasgos fuertes y pómulos resaltantes. Los prestigiosos antropólogos e investigadores Cecilia Ayala Lafée-Wilbert, Pedro Rivas Gómez y Werner Wilbert en su indicado libro Caballeros del mar los Guaquerí, un pueblo con historia (2017) indican: “Las mujeres Guaquerí en un sentido eran más fuertes que los hombres, se agarraban con cualquiera para defender los hijos y la familia. Se diferencian de las demás porque visten de muchos colores o vestidos floreados. Cuando se ve alguna mujer vestida así, se piensa “No puedes negar que eres Guaquerí.” También fueron descritos Héctor Tosta Ojeda, (1970) en su libro Cristóbal Colón y Alonso de Ojeda en Venezuela: como: “… de gran estatura, musculosos, de tez bronceada. Llevaban el cabello largo y vivían desnudos.”
Y el cronista de la época, Juan de Castellanos, que convivió con los Guaquerí, los describió de manera generosa, en su obra Elegías de Varones Ilustres de Indias, resaltando de manera privilegiada la belleza y la sensualidad de sus mujeres donde las aventajaban, así: “Mujeres naturales y varones/ Es en universal gente crecida, / De recias y fornidas proporciones, / A nuestros españoles comedida: / Son todos de muy sana complexiones/ Y todo ellos viven larga vida,/ Son poco curioso labradores,/ Por ser cazas y pesca sus primores./ Sirven mestizas mozas diligentes/ Instruidas de manos castellanas/ Lascivos ojos, levantadas frentes,/ Hay cantos de suaves ruiseñores;/ Con cuyo son las damas y galanes/ Encienden más sus pechos en amores. / Allí mirar, allí la dulce seña/ Que el ardiente deseo le enseña. / Son Mujeres de tanta hermosura, / Que se pueden mirar por maravilla, / Trigueñas, altas, bien proporcionadas, / En habla y en menos agraciadas. (II.- Introd.)”

Y aunado a lo anterior, los notables investigadores expedicionarios, Alejandro de Humboldt y Aime Bonpland (1779-1804) en la obra Viajes a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, los detallan así: “… los indios guaiqueríes (sic) eran de cuerpo cenceño y su complexión anunciaba una gran fuerza muscular, y el color de la piel era entre moreno y rojo cobrizo. De verlos a lo lejos se les hubiera tomado por estatuas de bronce. (…) los guaiqueríes después de los caribes de la Guayana española, es la raza humana más hermosa de Tierra Firme.”

Siguiendo ese Orden de ideas el Doctor Andrés Sánchez, en su libro titulado Geografía Médica de la isla de Margarita (1971), describe a las mujeres y hombres Guaquerí desde la observación de las ciencias médicas y biológicas, estructurados anatómicamente así: “Los guaiqueríes (sic) eran de cráneo reducido, facciones regulares, pelo liso, tez de un color bronceado rojizo, pequeña estatura y cierta desproporción entre el desarrollo del tórax y miembros superiores, con la mitad inferior del cuerpo –sobre todo en el elemento masculino—explicable por el mayor, más constante y hasta tradicional ejercicio de aquellos órganos en afanes marinos a remo y atarraya, contra el relativo reposo de las extremidades inferiores […] obligados a ser más navegantes que caminantes. En las hembras observase muy prematuro el desenvolvimiento de las glándulas mamarias: a los diez u once años de edad ya las ostentan pronunciadas. Hoy está casi extinguido el tipo original, diluido en los cruzamientos […] pero aún se descubren algunos en que predominan los caracteres de su raza.

Las viviendas de esos insulares eran del tipo churuatas o chozas circulares con altos techos de las palmas del moriche o de la catara, cuya estructura estaba elaborada con grandes troncos de madera sin pilares interiores y con pisos de barro o tierra pisada. Descritas por Cecilia, Ayala Lafée, Pedro Rivas Gómez y Werner Wilbert en su obra Caballeros del mar los Guaquerí, un pueblo con historia (2017) citando entre otros, el libro de Juan Manzano y Manzano (1972) denominado Colón descubrió América del Sur en 1494, así: “Las casas eran altas y redondas a modo de pabellón, hechas de madera con techos de hojas de palma que llegaban al suelo y extraordinariamente bien fabricadas.”
En las primitivas comunidades aborígenes precolombinas normalmente existía la poligamia, con la preeminencia de la primera mujer sobre las demás a ellas les correspondía comúnmente buscaban su marido, pero en algunos casos sus padres las obligaban a casarse con determinados miembros de sus comunidades u otras de mayor conveniencia. El matrimonio lo celebraban con ritos especiales, la joven era ornamentada con joyas de oro, perlas y conchas marinas, debiendo ayunar en la víspera del matrimonio y luego era totalmente emplumada para la ceremonia, donde danzaba con su pareja o en forma colectiva.
Así como, en esas tribus y específicamente en la Guaquerí, privaba el servicio “matrimonial” o “matrilocalidad” fundamentado en el concepto matrilineal. Por lo tanto, cuando se realizaban matrimonios entre pareja residenciadas en localidades o etnias distintas, al marido se le imponía el “servicio matrimonial” -matrilocalidad- cuya situación domésticas lo obligaba a residenciarse por un tiempo determinado o indefinido en el hábitat de su esposa y no a la inversa, pudiendo disponer de un hogar propio, pero siempre ubicado dentro de la comunidad de la mujer. Los matrimonios preferiblemente se realizaban entre primos cruzados por la parte materna, que definía la conservación de la descendencia matrilineal.

En esa comunidad, los hombres elaboraban las armas y flechas, construían las canoas y demás útiles de trabajo, realizaban las talas de los bosques, preparaban la tierra para el cultivo asignado a sus mujeres; además, eran los cazadores de la fauna silvestre, flecheros diestros, grandes pescadores de especies marinas, intrépidos navegantes y excelentes buzos. Las mujeres realizaban labores de siembras y cultivos, porque eran la representación de la madre-tierra. Entre otros oficios, preparaban los alimentos, hilaban telas, trabajaban la cestería y eran las cuidadoras de sus hijos. También, fueron hábiles alfareras, sin utilizar el horno elaboraron hermosas piezas de barro de utilería doméstica y de trueque con otras tribus. Así como, procesaban las bebidas curativas, religiosas y venenosas.

Ambos sexos participaban en la construcción de viviendas, confección de ataviados, elaboración de flechas y otros útiles. Los ancianos gozaban de una gran importancia social y ceremonial, destacándose las ancianas, quienes además de elaborar el veneno utilizado en las flechas, preparar los ceremoniales funerarios de sus caciques, practicaban el infanticidio de los niños nacidos gemelos, reseñando por la notable historiadora, Ermila Troconis de Veracoechea, (1990) en su obra Indias, Esclavas, Mantuanas y Primeras Damas, en referencia a las etnias originarias de Colombia y el norte del actual estado Amazonas, así: “Los indios de nación Saliva tenían una gran deshonra el que sus mujeres parieran mellizos y muchas de ellas sacrificaban a uno de los dos antes que soportar las vejaciones y maltratos del marido y de toda la comunidad: pensaban que uno de los mellizos era hijo del marido y el otro, fruto de una traición.”

Y en relación con la preñez y el parto de la mujer aborigen dicha historiadora, Ermila Troconis de Veracoechea, (1990, indica: “El embarazo no interfería para nada el trabajo de la india. No obstaculizaba sus actividades. Las mujeres preñadas nunca dejaban de trabajar, así fuera bajo un sol inclemente o bajo fuertes lluvias.” Y, si en el transcurso de una marcha, se le presentaba la urgencia del parto, estás se hacía a un lado del camino buscando un ambiente propicio para ese evento, el cual culminado con el nacimiento de la criatura, la envolvía en sus -secundinas-, uniéndose posteriormente al grupo en marcha. Cuando el parto ocurría en estado de quietud, la parturienta después de ese advenimiento se bañaba, se arreglaba y continuaba con sus labores habituales. Llamó la atención de los colonizadores españoles, la insensibilidad de la mujer aborigen ante los dolores del alumbramiento.
Los guaiqueríes, se identificaban por el tipo de tatuaje o pintura utilizado por sus hombres y mujeres, elaborados con materiales silvestres, siendo preponderante el uso del onoto. Las vestimentas de las mujeres las refiere el eclesiástico e historiador español, Francisco López de Gomara (1991) en su libro Historia General de Las Indias y vida de Hernán Cortez, así: “Las doncellas van completamente desnudas” (…) “Las casadas llevan zaragüelles o delantares.” Vestimentas elaboradas en tela de algodón o de fibras vegetales conocidas como “huaikur”, “wadukuro” o “guayuko” que les cubría la parte delantera y trasera de sus caderas que adornaban con conchas, corales, perlas u otros adornos. Adicionando: “Hombres y mujeres llevaban ajorcas, collares, arracadas de oro y perlas si las tienen, y si no, de caracoles, huesos y tierra, y muchos se ponen coronas de oro guirnaldas de flores y conchas. Ellos llevan anillos en las narices, y ellas bronchas en los pechos, con lo que a primera vista se diferencian.”

Por todo ello, cuando a las mujeres aborígenes fueron invadidas en todo sus contexto socio-cultural y místico-religioso por el colono español, privándolas de la simpleza de su entorno natural, involucrándolas despóticamente acostumbres extrañas a su cosmovisión ancestral donde las subordinó a nuevo orden social pre-clasista, totalmente ajeno a su idiosincrasia ancestral, ellas supieron erigirse ante esas limitaciones, despejándoles a sus herederos el horizonte, porque en esa “conciencia criolla”, se generó: “… un largo proceso de enajenación en el cual Hispanoamérica se dio cuenta de su propia identidad, tomó conciencia de su cultura, [y] se hizo celosa de sus recursos.”

Imagen: Collar precolombinas de la isla de Cubagua.
Colección privada de Peter Balogh.
Ubicación: desconocida.

Porque, como bien lo refiere el insigne antropólogo e investigador José María Cruxent (1955) en su artículo Nueva Cádiz, testimonio de Piedra, con la esplendidez de su retórica nos transporte a la génesis de nuestra Tierra de Gracia, cuando fue avistada por primera vez el 15 de agosto de 1498 por el Almirante Cristóbal Colón quien al fijarse en una mujer Guaquerí, ornamentada con las perlas de su insularidad, las parangona, así: “Venezuela aparece a los ojos del conquistador en un collar de perlas que decora un pecho de india. Así, en un deslumbramiento, comienza Cubagua, la primera ciudad de Venezuela y la de América del Sur.”
En consecuencia, el corolario étnico-cultural de la insularidad Neoespartana fue el producto del génesis multicolor del arcoíris Guaquerí, pincelada con la blanca textura española y con un toque del color africano, lo cual concibió el “imaginario margariteño” de características singulares, conformando la gama esplendorosa de un pueblo, excelso de heroísmo, de gran apego y amor a sus querencias y de singular personalidad, por eso, LAS MUJERES TIENEN UNA HISTORIA QUE CONTAR …

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