Pedro Arcila Poyer
Los tiempos cambian, cambian los sentimientos, los cultos e inteligentes se fortalecen en nuevas ideas, en la diversificación del pensamiento creador. Los menos favorecidos por la naturaleza en fortaleza espiritual e intelectual se aferran a ideologías viejas o nuevas, pero siempre con un marco conceptual limitado, cercado por barras inexorables de fanatismo a cuyo interior cualquier luz resulta incómoda, pecaminosa y hasta soez.
Constantemente recurrimos en clichés, en frases ortodoxas para ponderar lo nuestro, atribuyendo características sobrenaturales o al menos de superioridad indiscutible sobre sus similares a aquello que nos satisface o sentimos parte de nuestra existencia misma. Nuestra madre es la mejor madre del mundo, no existe otra tierra como la nuestra, nuestro icónico pasado libertario no tiene parangón ni con las grandes hazañas griegas o romanas; nuestra música, gastronomía, paisajismo y hasta nuestro clima tiene la gracia de superar todas posibles comparaciones en su ramo.
Si hacemos un acto reflexivo, sin apasionamiento y con prudente objetividad, seremos capaces de entender la esencia de un sentimiento popular masivo. Algunas personas pueden alcanzar estados febriles de excitación devota, y posteriormente cambiar de improviso dando paso a exagerados procesos de negación, calificación inclemente y desconsiderada hacia sus antiguas creencias y sus anteriores co-religionarios. Sin embargo, cuando más que una tradición, que una costumbre familiar o un sentimiento religioso, los pueblos abrazan un contrato social con un valor intangible, nada puede desarraigar del alma los valores de espiritualidad que son parte de su ADN, porque está impregnada y ha sido metabolizada como componente mismo del plasma sanguíneo, está en la mielina de cada neurona, en los huesos y en fin en cada órgano vital, que no solamente en un percepción sensorial.
Para quienes nacimos, crecimos y tenemos nuestra existencia asociada al oriente venezolano, nos une un sentimiento autóctono, más que una fe, un concepción religiosa o una costumbre familiar: es un sentimiento inexplicable de coherencia moral, integración espiritual y afectiva imposible de dejar de lado, expresado en la figura menuda, serena y apacible que representa a María, madre del redentor en su advocación del Valle del Espíritu Santo.
La Virgen del Valle como es conocida en el santoral católico, hace mucho tiempo dejó de ser un ícono religioso, un referente de feria o una fiesta pagana de multitudes. De ser su templo un lugar de encuentro cada año para feligreses; hoy día es un oasis de reflexión, un apartado donde se presiente y se siente una paz infinita, un deseo ferviente de cambiar conductas y un estímulo indescriptible para reinventarnos un camino, corregir desafueros y empezar de nuevo por sendas de bien y convivencia auspiciosa. Para quienes creemos en la existencia de milagros; (con sus distintas apreciaciones), resulta mágica la experiencia de vivir, de crear, de soñar con tanta devoción y sobre todo creer que una fuerza inconmensurable nos conduce por el camino del bien. Tal fuerza mental existe y se asocia no a la figura, sino a la esencia pura de lo que significa la virgen María en su advocación Del Valle. A veces algunos egoístas reclaman su propiedad como esencia de gentilicio, pero lo cierto es su universalidad en el sentimiento humano con raíces orientales y extendidas incluso a otros continentes, donde sea que haya llegado un margariteño, un sucrense, anzoatiguense o deltano.
Es tanto el fervor que nuestra señora Del Valle recibe el agradecimiento de multitudes, por las cosas buenas que pasan, por las malas porque no son peores y hasta por las catástrofes por sentir que el reconvenimiento espiritual conforta y consuela en momentos de tribulación. Tal vez esa expresión sencilla de fe permite que la luz de la esperanza alumbre y nos ilumine en las dificultades, al punto que la conciencia general pregona: “La Virgen del Valle y el Cristo del buen viaje son los únicos protectores de Margarita” su señorial referencia ha mantenido uno de los niveles de vida por encima del promedio del resto de la nación; a pesar de depredadores locales y foráneos que desde el tirano Aguirre hasta la actualidad han intentado colonizar la conciencia.
El respeto no a una imagen, la devoción no a un concepto religioso; pero si la fe en un sentimiento humano, una filosofía de vida donde la virgen Del Valle es parte activa y permanente, hace que su esencia sea una luz imposible de opacar, de desarraigar de los pueblos sencillos; incluso en quienes por cambio de ideología religiosa pregonan contra ella, en sus corazones y lo más profundo de su conciencia no pueden evitar la huella de su presencia. Venezuela será un país prospero y más humano cuando la oficina presidencial sea ocupada por un hombre o mujer devoto(a) de la Virgen Del Valle.
pedroarcila13@gmail.com

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