Ana Luisa Gandica Silva
Legado Étnico-Cultural de La Mujer Colonizadora

                   Colonizadoras del Nuevo Mundo.                          
                         Origen: “Jamestown” serie Cosmo. Disponible: 

La conquista del Nuevo Mundo fue la expedición donde el Almirante Cristóbal Colón que favorecido por los reyes españoles Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón descubrió esas latitudes, permitiéndole a esa monarquía extender sus dominios hasta éstas zonas ultramarinas. En el caso de esta insularidad, conformada por Cubagua, Margarita y Coche, fueron avistada el 15 de agosto de 1498 en esa tercera incursión, las cuales estaban habitadas por la etnia Guaquerí, cuya supremacía española los colonizó bajo un poder absoluto, quedando sometidos a las Leyes Castellanas y a los rígidos cánones de la Iglesia Católica, cuyo yugo de obediencia los despojó de sus espacios atávicos y les invadió el misticismo socio-cultural de sus creencias ancestrales, cuyo cualquier atisbo de oposición los sometía al régimen de la esclavitud o al exterminio de sus clanes.
Por lo tanto, esa Monarquía ejerciendo su poderío militar, se posesiono de este Nuevo Continente colonizando sus vastas latitudes a esas mejores conveniencias y beneficios, donde fundaron pueblos, villas y ciudades y cuyos espacios les fueron otorgado en grandes propiedades a sus “Señores Principales”; concediéndoles además, el derecho de explotar las riquezas de esos suelos, menoscabándole al autóctono aborigen de todos sus derechos naturales.
La presencia de la mujer española colonizadora, que arribó como pobladora a las islas de Cubagua, y Margarita durante el periodo histórico Colonial -1600-1810, fue tardía y muy escueta, incrementándose de manera gradual hasta equilibrarse con la población masculina, por cuanto la idea evangelizadora de la Reina Isabel I de Castilla era establecer en estos dominios un modelo de familias cristianas acordes con sus costumbres, donde debían estar incluidos de manera conciliada sus nativos, con lo cual cumplía además, con lo estipulado en la primera Bula Intercaetera del Papa Alejandro VI 3 emitida con fecha 3 de mayo de 1493, donde se le concedía a ese Reino de Castilla “los derechos sobre las islas y tierras descubiertas” en el Nuevo Continente y sus delimitaciones con el reino de Portugal, condicionada, entre otros particulares, a que esos autóctonos naturales “fuesen adoctrinados y exaltada en la fe católica.”
El historiador Antonio González Antias (1995) en su libro La Mujer en el Ambiente Social de la Venezuela Colonial, cita algunos de los registro oficiales, del libro de la Casa de Contratación de Sevilla , indicando, que para el período 1539-1559, arribaron a las latitudes del Nuevo Mundo un total de 4.540 pasajeros, pasando por Venezuela solamente 25, entre los cuales sólo vinieron 8 mujeres. Y sobre ese particular, expone: “Es interesante observar como para las cuatro últimas décadas del siglo XVI, el número de mujeres en Venezuela no era tan exiguo como en períodos anteriores según se desprende del interesante trabajo de Ismael Silva Montañes. (…) Cabe anotar que la presencia numérica de la mujer blanca en América fue escasa por lo menos para las cuatro primeras décadas del siglo XVI.”
Las mujeres migrantes fueron un factor significativo en los asentamientos del hombre conquistador en este Nuevo Mundo, porque ellas desde un punto de vista de notable consideración, se arrojaron a la aventura de navegar por un inmenso océano en rudimentarios barcos de espantosas condiciones, teniendo que soportar hacinamiento, carestía de higiene, de alimentos y entre otras penalidades, soportar el mal tiempo de las tormentas, los naufragios, los ataques de piratas y otras calamidades propias de esas precarias travesías.
Sin embargo, esas mujeres colonas a los fines de obtener un mejor futuro económico-social en estos espacios continentales, sobrellevaron tales consternaciones, unas para acompañar a sus esposos o familiares en esa nueva hazaña y otras para obtener un mejor futuro, debiendo adaptarse a estos territorios primitivos cuya geografía tropical les eran totalmente ajena y disímil a sus regiones de origen, debiendo superar un proceso de adaptación socio-cultural y geofísico, que le implicó superar una serie de variadas coyunturas, donde tuvo que adaptarse a vivir en un territorio ajeno, salvaje para ella, debiendo adaptar su vestimenta a un clima tórrido y convivir inicialmente en condiciones precarias, con el fin de lograr un ascenso socio-económico, donde el hombre la trajo como sostén del hogar y/o como compañera, mientras él se dedicaba a colonizar un Nuevo Mundo en beneficio de la Corona de España y del propio. Espacios donde esas mujeres constituyendo sus hogares y engendraron una descendencia “española-criolla”, criada y educada bajo sus mismos cánones religiosos y sociales, que colaborando con el hombre conquistador, afrontó riesgos diversos, permitiéndose conciliar con los autóctonos la ocupación de sus lugares atávicos para construir viviendas propias y adaptarse a sus costumbres; así como, ayudando a los misioneros católicos en la propagación de la doctrina cristiana en estas tierras ajenas a esa fe.
Por lo tanto, se permite concluir, que la conquista de este Nuevo Mundo, por parte del hombre colonizador, fue posible por la gracia y la colaboración de esas notables mujeres, cuyo indiscutible aporte le permitió alcanzar la dimensión de ese asentamiento. En este sentido Carlos Siso (1982) en su libro La Formación del Pueblo Venezolano. Estudios Sociológicos, indica: “La falta de mujeres españolas en las emigraciones que se trasladaban de España a América, se hacía sentir en las costumbres. Las mujeres, más rutinarias que el hombre, con sentimientos religiosos firmes y apegadas a sus tradiciones, son el elemento conservador por excelencia; ellas fijan y estabilizan con más ahínco donde se establecen, las virtudes de la raza trasplantada.”
Además, a esas mujeres españolas, arribadas a estas latitudes de ultramar, le correspondió enfrentar la realidad de aceptar los hijos “bastardos” de sus esposos producto de sus apareamientos con mujeres aborígenes y esclavas africanas, inicialmente justificada por esas ausencias. Pero a pesar de tales presencias ese hombre-patriarcal continúo relajando sus relaciones familiares, porque continúo fortaleciendo los vínculos afectivos con la madre de esos hijos extramatrimoniales. Situación, que esa mujer colonizadora, se vio compelida a aceptar con gran sumisión, porque no le estaba permitido manifestar ningún rasgo de oposición a ese patriarca.
Compleja situación, que generó una sociedad de hijos mestizos y mulatos, en cuya mixtura corría la sangre de su padre apareado con la madre aborigen o con la esclava africana. Hijos bastardos que a pesar de no estar equiparados a los “legítimos”, comenzaron a figurar en ese orden social como una nueva raza trasplantada. No obstante, se les permitió acceder a la educación, laborar con remuneración en cargos medios de las fincas o haciendas de su progenitor, formar parte del ejército español en cargos de mando inferiores, adquirir bienes y casarse con mujeres de su mismo estatus, catalogados étnicamente como “impuros de sangre” y socialmente de “baja ralea”, simplemente “plebeyos.” Pero en realidad, nacidos todos en un mismo espacio común, el Nuevo Mundo, donde eran catalogados bajo el concepto español de ser “criollos.”
La mujer española o criolla en esta Tierra de Gracia, por lo complejo de la situación propia de una colonia muy alejada de España, logró alcanzar grandes dimensiones. En ese sentido el historiador Guillermo Durán (1995), en su ensayo La Mujer y su Aporte a la Economía Colonial Venezolana, contenido en la recopilación enciclopédica El Papel de la Mujer dentro de la Estructura Social Venezolana el Siglo XIX, indica: “Desde mediados del siglo XVI, sino antes, la mujer peninsular avenida al territorio venezolano proveniente de la metrópolis española, luego la criolla descendiente de aquélla asumirá, por diversas razones, tareas relevantes en el proceso productivo que estaban no obstante reservadas con exclusividad a los conquistadores y más tarde a los altivos y poderosos “grandes cacaos”. Es así como a pesar de estas circunstancia arraigada en la realidad histórica colonial, y atenuada incluso jurídicamente, podemos ver a la mujer investida con el título de encomendera, después ama y señora de prósperas haciendas y extensos hatos ganaderos, y por motivos inherentes a estas funciones, vinculada a los negocios comerciales, rivalizando de este modo con el sector masculino que no le daba tregua ni otorgaba prendas a la competencia por más femenina y llenas de encantos que ésta fuese.”

Por lo tanto, algunas mujeres españolas y criollas ante la orfandad paterna o la viudez se desempeñaron como propietarias de grandes latifundios o como comercializadora de esclavos y de los bancos perleros y otros rubros comerciales. La ilustre historiadora venezolana Ermila de Veracoechea (1988) en su artículo “Más allá del abanico y el peinetón, también indica: La mujer en la sociedad colonial venezolana afirma: En cuanto a las mujeres blancas, su rol en la vida colonial de los siglos XVI, XVII y XVIII fue mucho más activo de lo que en un principio se suponía, desempeñándose muchas de ellas como encomenderas, traficantes de esclavos, intermediarias en la exportación de perlas a España, dueñas de tierras o comerciantes en general, además de que tuvieron una actuación personal en la conquista y colonización del territorio. En Venezuela, como en el resto de América Latina, fue importante también la presencia de la mujer en la vida conventual y en los refinados actos sociales y religiosos de su tiempo.”

Acotaciones, que superó la mentalidad europea de la época abordada, donde la mujer era considerada física e intelectualmente inferior al hombre. En lo social y legal estaba sometida a las normas del Régimen Patriarcal de las Leyes Castellanas y en lo religioso a los Cánones del Judaico-Cristiano, porque ellas según esas doctrinas representaba el origen del pecado, cuando según la Biblia instigada por el demonio le dio de comer a Adán, la fruta prohibida por Dios por eso estaba estigmatizada como un ser débil y asequible al pecado. También, la asociaban con las prácticas de la hechicería. Conceptos sostenidos por los filósofos y médicos de la Antigüedad y Edad Media, reseñado, entre otros, por Guy Beche (2008) en su libro Las Cuatro Mujeres de Dios, La Puta, La Bruja, La Santa y La Tonta, así: “La inferioridad física, sostenida por todos los filósofos y médicos de la Antigüedad y la Edad Media, y que hacía a la mujer más vulnerable, por ejemplo, a las enfermedades y los contagios (tal como sostiene Avicena, o incluso el excelente médico Jacques Despasen el siglo XV), iba acompañada de la debilidad mental. Como individuo -dice Santo Tomas- la mujer es un ser endeble y defectuoso. Lo cual era aplicable tanto a su cuerpo como a su mente.” Endosándole además, que podían desencadenar implicaciones deshonrosas en las familias y en la sociedad. La historiadora Elina Lovera Reyes (1995), en su obra Las Mujeres y la Iglesia en los Tiempos Coloniales, indica: “El Cristianismo en la colonia se asumió como una actitud frente a la vida, que generaría una conducta, de comportamiento, de las cuales estaba llena la vida cotidiana.” Criterio esbozado por el monje agustiniano Fray, Luis de León -1527-1521-, en su obra: La Perfecta Casada, escrita en el año de1583 durante la época de la inquisición española, cuando orientó a su sobrina doña María Varela Osorio, así: “Es vituperable en todo linaje de gentes, en el que las mujeres, nacieron para sujeción y humildad. (…) “Pone la hermosura de la buena mujer, no en las figuras del rostro, sino en las virtudes secretas del alma, las cuales todas se comprehenden en la Escrituras debajo desto (sic) que llamamos temer a Dios.”

                Obra: Pintura al óleo representando el “Matrimonio Desigual”.
                      Autor: Vasili Pukirev. (1862)
                        Ubicación: Galería Estatal Tretyakov, Moscú, Rusia.

Por ello, la institución del matrimonio en época abordada estaba controlado por las leyes Españolas y los preceptos de la Santa Madre Iglesia, donde esa unión era asumía en primer término, como un sacramento y en segundo lugar como un contrato donde se establecían alianzas para asegurar los linaje de las familias. Porque en esa elite principal “la nobleza” se distinguía por la riqueza”, las cuales se atraían de manera irresistible. La historiadora Valentina Fernández Vargas (1986), en su trabajo denominado, La Mujer y El Régimen Jurídico: Una Realidad Disociada, contenida en la compilación de la Historia del Derecho Español de García Gallo (1964), enfoca esa institución así: “El matrimonio se consideraba un contrato en que el marido era el comprador y la mujer la vendedora, se consideraba que “el vendedor está obligado en justicia a manifestar al comprador el vicio oculto de la cosa vendida”, y por ello se consideraba pecado grave el que una mujer fingiese ser virgen sin serlo o que “usase remedios para parecerlo.”
La otra historiadora no menos ilustre, Lila Mago de Chópite (1995), en su publicación El Papel de la Mujer dentro de la Estructura Social Venezolana del Siglo XIX, presenta un panorama de la mujer en la Colonia, caracterizada así: “La sociedad según los asientos hechos en las matrículas eclesiásticas, se encontraban divididas en castas. La de los blancos comprendía a españoles americanos y europeos, estos últimos menos que los primeros, gozaban de todos los privilegios políticos, administrativos, judiciales y de burocracia eclesiástica, los restantes denominados “criollos” estaban constituidos por una considerable cantidad de terratenientes, dueños de las haciendas y comerciantes, quienes además usufructuaban las riquezas provenientes de las plantaciones, producto del trabajo de los esclavos y de las categorías serviles, se ocupaban de las actividades comerciales y adquirían rangos militares y eclesiásticos.-El resto de las castas comprendía la compleja estructura de la población de los menos favorecidos económica y socialmente, compuesta por indios, pardos libres, negros libres y negros esclavos, entre estos grupos, el de pardos era el más numeroso y lo formaban todos aquellos, que a causa del intenso mestizaje no tenían un color de piel claramente definido, mestizo, sambos y mulatos completaban el espectro étnico-social. (…) Las mujeres blancas, negras e indias ejercían diferentes funciones sociales de acuerdo a su rango o status social.”
Por lo tanto, los estamentos de la sociedad en estas Colonias Americanas durante los siglos XVI al XIX, estaban estructurado por un régimen piramidal inflexible, donde los privilegios y derechos de sus componentes estaba sujeto a su ubicación étnica-social-económica, que acorde con su etnicidad, determinada por su “limpieza de sangre” y los beneficios otorgados por la Corona de España a sus súbditos, estaban ubicados en el siguiente orden:
1° Las “Familias Principales” conformadas por los personajes distinguidos como hidalgos, conquistadores y/o colonizadores, aristócratas o altos funcionarios de la monarquía de España y sus descendientes, eran lo privilegiados que conformaban la elite indiana, gozando sus miembros de una serie de prerrogativas, que defendían con un férreo empeño, acorde con la magnitud de sus patrimonios y “limpieza de sangre.” También integraba este grupo, las mujeres poseedoras de esa estirpe, que contrajeron matrimonio en estas latitudes con hombres de igual linajes. Por lo tanto, en los términos de la historia de las mentalidades ellas eran la cúspide de esa sociedad estamental, constituyendo una nueva aristocracia en estas regiones. A los miembros de esas familias también se les diferenció como “mantuanas o mantuanos. ” Porque sólo ellas podían vestir con un manto de seda, engalanarse con lujosa opulencia y ornamentarse con joyas de oro y piedras preciosas según las reglas suntuarias de las Leyes de Indias.

Los descendientes de esas “Familias Principales” nacido en estas locaciones amerindias, eran conocidos como “blancos criollos” o “criollos españoles”, herederos de los títulos nobiliarios, de las riquezas y del abolengo de sus genealogías, con la sola limitación de no poder ocupar los altos cargos políticos de sus ancestros, por no había nacido en la península Ibérica, pero sí podían ocupar los de orden municipal como Alcaldes y otros de menor relevancia. Y cuyos hijos varones tenían acceso a la educación con profesores de renombre o eran enviados al extranjero para obtener una mayor ilustración. Las “mujeres principales” podías ser instruidas por tutores particulares en sus residencias o en los conventos de monjas mientras contraían un conveniente matrimonio.

Disfrutando todos ellos, de “privilegios eclesiásticos” cuando acudían a las Iglesias cristianas, para practicar sus oficios litúrgicos y demás solemnidades, disponiendo de asientos y reclinatorios preferentemente y personalizados acorde con ese estamento social-económico. Las “mujeres principales” casadas o viudas se distinguían con el título honorable de “Doñas” y los hombres como “Don.”

Algunas de estas mujeres “blancas principales”, ingresaban a los Conventos Religiosos de Monjas Católicas por haber incurrido en una deshonra familiar o por tener la vocación de profesar esa vida, cuyos conventos estaban dirigidos por Abadesas o por Superioras, pertenecientes a familias de abolengo. Congregaciones, que en algunos casos habían sido fundadas por esas distinguidas estirpes o que estaban bajo el patrocinio de esos privilegiados.

2° De manera subalterna a la anterior estaba la “Burguesía Secundaria” considerada “plebeya”, quienes a pesar de ser españoles, originarios de esa peninsularidad y ser “puros de sangre” carecían de estatus social-político en cuyo grupo estaban comprendidos los originarios de las islas Canarias y de otras áreas marginadas de España, asentadas en regiones distintas a Castilla, Navarra o León. Configurándose estos marginados como unos relegados de la sociedad colonial y del su ámbito espacial. Estos “segundones”, sus familias y descendencias eran aceptados sólo en el medio mercantil, ejerciendo el comercio, que a pesar de ser poseedores de valoradas fortunas no eran admitidos en la sociedad colonial por carecer de abolengo.
Sin embargo, estos “marginados sociales” podían alcanzar algunos de los beneficios reservados para los mantuanos, mediante la compra de una Real Cédula conocida como Gracias al Sacar, que les permitiría a sus hombres ejercer cargos de mayor jerarquía militar u ostentar mejores posiciones en cargos gubernamentales. Cuyo ejemplo de mayor divulgación fue el de Sebastián de Miranda y Ravelo, comerciante canario, padre de nuestro precursor independentista, el General Francisco de Miranda, quien por haber comprado ese beneficio, logró ser nombrado capitán de la sexta Compañía de Fusileros del batallón de Blancos, el 16 de abril de 1769, a lo cual debió renunciar por la férrea oposición de los miembros del Cabildo de Caracas.

También, se encontraban en esta categoría los hijos ilegítimos de los blancos principales, cuando eran reconocidos por el padre como tales, los expósitos y los desheredados por razones diversas. Todos ellos estaban bajo el mandato de las Leyes Hispánica, las normas Eclesiásticas y sus mujeres estaban sometidas al Régimen Patriarcal y no podían vestir con lujo ni usar prendas de oro o joyas de piedras preciosas, pero cuya viudez las liberaba de la subordinación de ese régimen.

3° En menor escala estaban otras “marginados sociales” como mujeres blancas nacidos en España o en las islas Canarias, que habían arribado a estas tierras sin el acompañamiento de un hombre-protector, simple viajeras que a motu proprio buscaban una mejor fortuna y tenían la libertad de dedicarse al comercio o a la prostitución. Mujeres carentes de bienes de fortuna y de abolengo familiar, eximidas de la segregación étnica de los mestizos y los pardos. En la mayoría de los casos, esas mujeres desempeñaban labores en bodegas u otros oficios de menor categoría, siendo algunas de ellas esposas o compañeras de funcionarios gubernamentales de baja categoría o de militares subalternos. Familias consideradas de “orilla” por vivir a las afueras de la ciudad, despectivo genérico utilizado para marcar su marginalidad. Plebe sujeta a la legislación de la Corona de España y a las normas de la Iglesia Católica. En cuyo caso, los hombres no tenían acceso a la educación salvo dispensas especiales. Y sus mujeres no podían vestir con el lujo ni ornamentarse con joyas como las “principales.”
4° Y en el menor nivel estaban los “impuros de sangre” tales como: los autóctonos aborígenes, la manumisa mulatas o zambas ni las consideradas como pardas, ni sus respectivas descendencia catalogados además, como “vasallos plebeyos”, súbditos del reino de España, que como relegados sociales sólo podían ocupar cargos de disminuida o nula relevancia en ese orden político-social, la mayoría prestaban servicios a los “Señores Principales” o actividades de menor categoría en un comercio subalterno. La mujeres de “orilla” o “relegadas sociales” o “plebeyas” estaban exentas del régimen de la esclavitud pero no podían vestir con lujo ni usar prendas de oro o joyas de piedras preciosas.

Los referidos grupos marginados cuando acudían a las Iglesias para cumplir con los servicios religiosos católicos debían sentarse en los últimos asientos del templo, por ser feligreses del populacho. Y, estaban sometidos a las Leyes Hispanas y a los preceptos de la Iglesia, salvo las mujeres aborígenes, que estaban regidas totalmente por las Leyes Indianas.

La mujeres esclavas, no formaban parte de la estructura social de la colonia, porque sólo eran un objeto propiedad de sus amos y al acudir a la Iglesia, para acompañar a sus señoras vestidas con esos despojos, debiendo observar esas prácticas religiosas de pie al final del templo esperando esa salida para acompañarlas de manera servil.

De igual forma, el castigo, la condena y la reclusión de esas mujeres marginadas social o étnicamente estaba jerarquizada según lo previsto en la Legislación Española o en las Leyes Eclesiásticas. Existiendo cárceles para mujeres blancas plebeyas; cárceles para indígenas y casas de corrección para pardas y negras libres; así como, podían ser recluidas en hospicios o conventos. Las mujeres esclavas estaban sometidas al régimen y al castigo de sus respectivos propietarios. “Las mujeres Principales” se regían por los dictámenes de su orden patriarcal.

                          

Sin embargo, las mujeres de esta Región Insular de La Costa de Las Perlas sin distingo de clase étnica, social o económica supieron elevarse sobre las restricciones de esas épocas pasadas, donde acorde con el florecimiento de su esencia, fueron la génesis de un PUEBLO ÉPICO, el margariteño, porque dejaron sus huellas imborrables en todas las etapas de esa Historia Regional tanto desde el mismo instante que el Almirante Cristóbal Colón la avistó el 15 de agosto de 1498 en su Tercera Expedición como en los acontecimientos subsiguientes de la Colonia, la Guerra de Independencia y la República, donde LAS MUJERES TIENEN UNA HISTORIA QUE CONTAR….

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