Ana Luisa Gandica Silva
Misticismo del Aborigen

              

El misticismo de nuestros nativos abarco las formas del animismo y el politeísmo que en sus estados de conciencia y espiritualidad, quedaron reflejadas en sus memorias sobre la concepción del infinito del universo conciliándolo con el mundo finito de su mundo terrenal. Manifestaciones evidenciadas en sus ceremonias triviales, heredadas de sus ancestros, aunados a nuevas alegorías o principios acordes con sus entornos atávicos. En este particular, se plantean algunos de esos aspectos sobre los naturales Guaquerí, habitantes de esta Tierra de Gracia, que influenciados por las imposiciones religiosas del español colonizador, durante mas trescientos años, ese extraordinario imaginario religioso fue invadido y casi extinguido.

Cuando el Almirante Cristóbal Colón en su tercera expedición avistó por primera vez, la insularidad de Cubagua, Margarita y Coche -1498- habitada por la comunidad de los Guaquerí, éstos se encontraban en una etapa muy primitiva en comparación con otras culturas como los Aztecas y los mayas de México; los incas del Perú y de otras comarcas. No obstante, todas estas etnias tenían un vínculo en común, su reverencia por lo espiritual del mundo cósmico y el terrenal. El misticismo y sincretismo del Guaiquerí, al igual que sus referidos pares, estaba íntimamente vinculada con el sistema astral del universo, que desde esos espacios cósmicos los guiaba como un mapa cartográfico, tanto de día como de noche, en sus travesías por mar y tierra; les marcaba sus estaciones climatológicas para sus cultivos; les permitía aprovecharse de las mareas de su entorno, para inter cambiar relaciones con otra etnia; y, les señalaba la oportunidad de practicar los ritos y festividades de su sincretismo místico. Personajes autóctonos, que a partir de esa oportunidad, quedaron identificado con el apelativo de “indios, porque Colón estimaba que esos locales pertenecían a un extremo de la India, distinción mantenida en el resto de la posteridad.

En cambio, el mundo terrenal donde habitaban los Guaquerí los proveía de su suelo, brindándoles el beneficio de sus cultivos, cuyos otros elementos les proporcionaban el material para construir viviendas, canoas; elaborar cestas, hachas, telas, aditivos para pintar sus cuerpos, bebidas comunes y otras consagradas en sus festividades, aditivos para el veneno de su armas defensivas o de caza, tierra de arcilla y otros agregados en la fabricación de utensilios de uso diario. También, dentro de ese orbe los animales que podían cazar, les proporcionaban alimentos y en el orden místico, ciertas especies les anunciaban buenos o malos presagios como símbolos del bien o del mal, dando origen a su mito totémico, cuyas representaciones les rendían devoción a nivel comunitario ubicado visiblemente en su tribu como un símbolo de identidad; o consagrada de manera individual como un amuleto, que los protegía de desgracias, de enfermedades o de cualquier otro tipo de fatalidad.
El escritor Emilio Ruiz Barrachina (2008), en su libro Brujos, Reyes Inquisidores, lo plantea así: “Todas las culturas tienen rasgos similares, pues obedecen a reacciones naturales, propias e intrínsecas en el hombre. Las culturas indoeuropeas tenían, y mantienen, sus principales celebraciones durante los solsticios de verano e invierno, celebrando en los primeros las cosechas, la alegría, la fuerza de la vida, la paternidad, el fuego, el nacimiento, la luz; y el segundo la muerte, la oscuridad, la madre tierra, lo sensual. Se hace coincidir con el solsticio de verano el nacimiento del dios sol, mientras que en el de invierno se acumulan los nacimientos de los dioses relacionados con la muerte y también los dioses hechos hombre, ya desde el antiguo Egipto, como es el caso de Osiris. (…) Por contraposición al sol, la luna, representaba la oscuridad, la muerte, la maternidad, lo femenino. Es la medianoche entre la vida y la muerte, la catalizadora de las acciones de los hombres, la serenidad desprovista de fuerza, la reflexión. Durante la noche, para las culturas antiguas, la vida se suspende, se debilita, y es la oportunidad para el mal, para sorprender la vida, para cambiar su cauce antes que despierte de nuevo. Por eso, tradicionalmente, se le asocia al mal, a lo misterioso, a lo desconocido.”

Los autóctonos aborígenes tenían una nata intuición, producto, quizás, de su contacto con la pureza de su entorno natural, lo cual fue un enigma para el colonizador. En ese sentido el sabio francés Lucien Levy-Bruhl, en su obra “La Mentalidad Primitiva”, comprende ese imaginario como: “un conjunto de hábitos mentales que tienen una base común: el pensamiento místico y prelógico, por medio del cual, los primitivos se relacionan con el mundo. (…) El primitivo debe tener una lógica distinta de la del hombre civilizado, formada de acuerdo con su medio, pues las de uno y otro son absolutamente diferentes.”
En fin, esos autóctonos, vivían plácidamente en un orden equilibrado de manera simple y armonioso entre el mundo cósmico y el terrenal. El estudioso historiador Carlos Siso (1982) en su libro (1982). La Formación del Pueblo Venezolano. Estudios Sociológicos resume: “Pensamos que la mentalidad mística del primitivo puede tener un asiento en un ser psíquico; pero desde el instante que despierta por la presencia de un hecho que le extrañe, desde que surge el fiat a conocer, la labor se detiene; y en lugar de seguir la ruta de la inteligencia, abstrayéndose, paraliza toda labor, vuelve atrás, y acoge entonces las ideas místicas que tiene su tribu, las que le resuelven, sin explicaciones, el fenómeno que le ha interesado.” (El “fiat” es el consentimiento o mandato para que una cosa tenga efecto.)

Continua señalando Carlos Siso, que el mundo esotérico del aborigen estaba encumbrado por personajes particulares, como: Los Piaches -sacerdotes- a quienes se les atribuía fuerzas inusitadas, fungiendo con: “…un poder extraordinario para dominar los elementos y para curar toda clase de enfermedades. La muerte para ellos nunca era un acto natural, sino la obra de daños causados por el “genio del mal” o por enemigos del difunto.” Los Brujos conocidos como personas que pertenecían al mundo místico del mal, encarnados en el mundo de la brujería, como dioses o demonios invisibles con una fuerzas maléficas, porque podían: “…ver en la noche oscura, como si fuera a la luz del día: como también entrar en un lugar y recorrer las habitaciones de una manera invisible, sin el menor ruido, porque toma forma incorpórea.” Y en contraposición a estos últimos estaban los Ensalmadores que podían contrarrestar la acción del brujo y precaver a las personas de su maledicencia, definidos así:”… personas capaz en virtud de sus poderes de utilizar la acción dañosa de las fuerzas malignas, (…) abstraído, como para poder recibir la acción de los poderes misteriosos en todo su conjunto, rezaba ciertas oraciones delante de las personas “dañada” que además era “impregnada con el humo de un sahumerio.”

Además, estos naturales sentían un gran respeto por el panteón de sus muertos ancestrales u otros personajes con quienes habían convivido de manera fraterna con la inclusión de otros entes sobrenaturales, con quienes se comunicaban a través de sus sueños o por el poder de la clarividencia de sus piaches o chamanes, poseedores de ese don especial, que les permitía crear un vínculo entre ambos planos el espiritual y el terrenal, advirtiéndoles sobre vicisitudes del presente y pronosticándoles el porvenir.

Los aborígenes también creían de manera férrea en la reencarnación de los fenecidos y en este sentido el citado escritor, refiere: “Todos los indios de las naciones que habitan en las Antillas, decía el Padre de las Casas, tienen la opinión de que las almas no mueren: que después de muertos los cuerpos se iban las ánimas a ciertos lugares amenos y deleitables, en donde ninguna cosa de placer y de consuelo le faltase. (…) Creían también que había dos lugares a donde iban las ánimas después de la muerte: uno lleno de tinieblas para los malvados; y otro bueno y alegre donde van a morar las ánimas de los hombres que amaban la paz y la quietud de la gente.”

Los grande eruditos sobre la investigación de la mundología de la etnia Guaquerí como son los antropólogos, Cecilia Ayala Lafée-Wilbert, Pedro Rivas Gómez y Werner Wilbert (2017) afirman en su libro Caballeros del Mar: los Guaquerí, un pueblo con historia, indican que: “…durante los primeros trescientos años que siguieron a la llegada de los españoles a la isla, los Guaquerí continuaban profesando sus creencias y prácticas religiosas ancestrales: el chamanismo, o por mejor decir, seguían las directrices de sus piache, guardianes de las convicciones “tradicionales” de su etnia.”

En esas comunidades aborígenes, algunas mujeres lograron alcanzar una superioridad mística-espiritual por poseer el conocimiento del mundo vegetal para curar enfermedades y/o por poseer el don de la premonición, que les permitía presagiar el futuro de la tribu o de sus integrantes. Además, a los ancianos en general -hombre-mujeres- se le honraba y se le concedían determinadas prerrogativas por su longevidad. En consecuencia, todos los personajes citados gozaban de grandes privilegios y respeto, porque eran el oráculo de sus comunidades y según sus competencias presidían los ceremoniales festivos, conmemorativos o de otra índole, que generalmente estaban acompañadas de bailes y bebidas fermentadas, donde se destacaban los ritos de la pubertad, las pompas nupciales, las ceremonias funerarias y otras, celebradas acorde con cada ocasión.

También afirman los citados investigadores y antropólogos: Cecilia Ayala Lafée-Wilbert, Pedro Rivas Gómez y Werner Wilbert (2017) en el refido libro Caballeros del Mar: los Guaquerí, un pueblo con historia, que:: “…durante los primeros trescientos años que siguieron a la llegada de los españoles a la isla, los Guaquerí continuaban profesando sus creencias y prácticas religiosas ancestrales: el chamanismo, o por mejor decir, seguían las directrices de sus piache, guardianes de las convicciones “tradicionales” de su etnia.”
En relación con el matrimonio, los clanes nativos de este Nuevo Mundo lo celebraran con una gran festividad, ordinariamente las mujeres escogían al marido o en algunos casos los padres las obligaban a casarse con determinadas personas, preferiblemente entre primos cruzados por la parte materna, para conservar la descendencia matrilineal . Porque el pueblo Guaquerí, definía su orden hereditario por la línea femenina, por ser la dadora de la vida, que ante alguna posibilidad de promiscuidad, sólo ella podía asegurar ese linaje, sin duda alguna. Y cuando ese matrimonio se realizaban entre pareja residenciadas en localidades o etnias distintas, al marido se le imponía el imperativo del “servicio matrimonial” o matrilocalidad.

En relación con la comunidad Guaquerí, los citados escritos, Cecilia Ayala Lafée-Wilbert, Pedro Rivas Gómez y Werner Wilbert, (2017) en el citado libro Caballeros del Mar los Guaquerí, un pueblo con historiade, resaltan la preminencia y el liderazgo femenino exponiendo al efecto: “Considerando que la cultura guaquerí, así como la mayoría de otras culturas de las tierras bajas de Suramérica, eran marilocal, el hecho de aceptar la presencia de una figura femenina, que de por sí no era un elemento social nuevo, no debió perturbar sus creencias pues no alteraba la matriz filosófica de su cosmovisión ni la moral inherente a ella. Así también, lo afirman los otros escritores, Miguel Layrisse, Johannes Wilbert y Tulio Arends (1958) en su obra “Frenquecy of Blood Group Antigen in the Descendants of Guaquerí Indians,” en español Frecuencia de antígenos de grupo sanguíneo en descendientes de indios Guayquerí, indicando a ese efecto, que: “El grupo local puede consistir de una o más familias extendidas y la comunidad generalmente constituye un linaje matrilinial, matrilocal.”

Incluso los reyes españoles Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, favorecieron la unión legal del matrimonio del hombre español con la mujer aborigen, acorde con las instrucciones dadas en marzo de 1503 al gobernador de la isla La Española -Santo Domingo-, ordenándole: “Procurar no sólo que los indios se casen con sus mujeres en la plaza de la Iglesia, sino que algunos cristianos se casen con mujeres indias y las mujeres cristianas con indios….”

La fuerza mística del aborigen americano estaba tejidas con la textura de una gran simpleza conciliada con el sincretismo de su mundo astral-terrenal, lo cual fue avasallado por el conquistador, que los consideró paganos por rendirles culto a dioses ajenos a la fe católica, siendo obligados a profesar esa religión, bautizados bajo esa fe con nombres cristianos ajenos a su lenguaje trivial el “choto maimur.” Imposiciones doctrinarias rechazadas con la habitual paciencia que distinguió a esos naturales porque: “…se habituó a ver al “hombre blanco” no sólo como un ser superior a él por su naturaleza, sino un ser dotado de poderes que le hacían invencible; se acostumbró también a sufrir la superioridad del negro (…) cuya condición de verdugo sí sentía; se connaturalizó con su destino, habituado a esconder en su corazón, como en un asilo sagrado, el odio que sentía por sus opresores, pero manteniendo disfrazados los verdaderos sentimientos que agitaban su ser, con la severidad de su rostro y con la impasibilidad de su mirada.”

No obstante, y a pesar de no aceptar los Guaquerí las creencias católicas, que contravenían su mundo místico-espiritual, ellos comenzaron por aceptar la divinidad de la madre de Dios en la advocación de la Virgen del Valle, considerándola como una madre amorosa, una fiel compañera en sus quehaceres y vivencias, principalmente en las faena de pescas. Y en ese efecto, José Joaquín Salazar Franco –Cheguaco- (2007) en su libro Obra Selecta, nos remontan a una legendaria leyenda narrada así: “… nos cuentan que la encontraron unos guaiqueríes de Palguarime dentro de unos matorrales de chigüichigües, cardones y pitahayas, cercanos al lugar donde tiene hoy su iglesia. Que le edificaron capilla en Palguarime y cuantas veces la metían en ella cuantas vecesse salía y la volvían a encontrar entre los mismos matorrales. Que porfiaron muchas veces hasta que cansados resolvieron hacerle capilla por los alrededores de donde la encontraron y desde entonces se quedó allí gustosa y muy contenta sin volvérseles a perder más.” Porque ella, “… fue enviada desde el cielo por los dioses para salvar a sus hijos guaiqueríes que estaban siendo maltratados inhumanamente.”

Y en relación con ese mismo tema sobre ¿de cómo? y ¿por qué? los Guaquerí aceptaron esa a la
Virgen María como la figura medular de sus devociones, a pesar de representar la madre de un dios foráneo, las fuentes consultadas nos remontan a dos eventos de relevancia histórica, acaecidos durante la etapa independentista de esta Provincia de Margarita. El primero, cuando esa intervención mariana protegió de la muerte al General patriota Juan Bautista Arismendi, narrado por el extraordinario escritor, José Joaquín Salazar Franco, -Cheguaco- (2007 en su libro Obra Selecta en el aparte La Medalla de Arismendi, así: “Se cuenta, y esto ha venido pasando de generación en generación en forma oral», que estando el Gral. Juan Bautista Arismendi dirigiendo en persona una de esas batallas, que le dieron renombre y lo llenaron de gloria en la guerra de Independencia, fue disparado, casi a quemarropa, por un soldado enemigo, en el sitio conocido como «El Mamey, yendo la bala a chocar directamente contra una Medalla de la Virgen del Valle, que el General nunca desamparaba, lo que impidió que le perforaran el cuerpo al General y le ocasionara la muerte. Que el propio General, en presencia de sus acompañantes, que se quedaron absortos contemplando el milagro, recogió del suelo el plomo machacado y junto con la medalla en iguales condiciones, los portó consigo como un talismán durante muchos años de su vida, y que los entregó a la Iglesia para que los conservaran como un recuerdo, cuando consideró que ya estaba fuera de actividad. Se dice, que desde entonces la medalla y la bala de Arismendi empezaron a formar parte de la historia popular como un milagro de la Virgen.”

Y, la segunda, no menos importante, anécdota se remonda a la presencia de la Virgen del Valle reconocida también como “Virgen Patriota” en la icónica “Batalla de Matasiete” librado el 31 de julio de 1817 en las serranías cercanas a la Ciudad de La Asunción de la otrora Provincia de Margarita, cuyo componente miliar patriota estaba conformado por margariteños, donde se destacaban los diestros flecheros guaqueries, al mando del Coronel Francisco Esteban Gómez, que de manera precaria enfrentó al poderoso y veterano ejército español comandados por el General realista Pablo Morillo, el cual fue vencido de manera asombrosamente contundente. Hecho también narrado por José Joaquín Salazar Franco -Cheguaco- (1984:23) en su otro libro El general Francisco Esteban Gómez en la memoria del pueblo, en el aparte La Virgen del Valle, así: “… durante la sangrienta batalla de Matasiete en la cual rindieron sus vidas un gran contingente de guaiqueríes, los sobrevivientes reportaron haber visto a la propia Virgen atendiendo a sus heridos. Fue en aquellos momentos dolorosos y angustiantes para ellos, y la patria, cuando comienza a surgir de manera colectiva entre los Guaquerí la leyenda de la Virgen Patriota, en la cual se relata que ellos veían a la Virgen del Valle caminando y bendiciendo a los soldados caídos y curando a los heridos”
Por lo tanto, la devoción de la etnia Guaquerí por la Virgen del Valle ha generado mucha tinta, enfocada desde diversos ángulos históricos-culturales, místicos-religiosos y otros. Pero es innegable, que ese pueblo autóctono a través de viejas generacionales hasta el presente profesa un fervor por esa presencia celestial desde “tiempos inmemorables.” Conmemorándose en esta insularidad de Margarita, esa devoción cada 9 de septiembre de cada año conocido como el “Día de los Guaquerí,” data posterior a la fijada por la Iglesia Católica, oportunidad donde los actuales descendientes de esa noble etnia lo celebra de manera particular y singular.
En el imaginario del autóctono aborigen la mujer en el universo cósmico estaba representaba como la “mujer-luna ” aparejado con la fémina de este orbe, porque al igual que ella menstruaba mensualmente cada veintinueve días, evidenciado en su marea roja. Satélite -la luna-, que además, rige el calendario de los tiempos, nacimiento, evolución, plenitud, declinación, muerte y renacimiento, como: Luna nueva -nacimiento- con su consiguiente Luna Creciente -evolución- hasta alcanzar la luminosidad total como Luna Llena -plenitud- y su posterior Luna Menguante -declinación- hasta desaparecer totalmente, Luna negra -muerte-. Culminación cíclica que le daba paso a un nuevo comienzo como Luna Nueva -renacimiento-.

En la tierra era la generadora de vida, la paridora de la prole a quienes amamantaba y criaba, considerada por ello, como “la madre-tierra” porque solo ella, la podía cultivarla de manera fructífera, limitándole esa habilidad al hombre, que sólo debía limitarse prepararla porque a él debía centrarse en la caza, en el pastoreo de animales y en la pesca de especies marinas, lo cual significo un problema para el colonizador, que le costó en gran medida combatir esas afirmaciones.

                                             

En todas esas culturas ancestrales y hasta en la actualidad, a ese satélite, la luna, se le atribuye una gran influencia sobre la fauna vegetal-animal, el clima y las corrientes marinas y fluviales, por ser la reproductora de su flora y fauna como “madre-agua” observada en la representación místicas-religiosas en animales, como: “-La gran serpiente mítica Anaconda del Orinoco”, con su vientre lleno de peces; “La Gran Culebra de las lagunas sagradas de Mérida y Colombia”, manifestación de la Diosa Tierra-Espíritu del Agua, cuyo vientre es la tierra y el útero la laguna donde además, se sacrificaban los niños por el bien de la comunidad. Y en la etapa primigenia, anterior a la invasión europea, como imagen de la fecundidad era la Diosa Madre Universal, la Jamashia o Arca de Mérida, la Icaque de Trujillo. En ese orden, la rana, el sapo los relacionaban como símbolos naturales de la fertilidad y por consiguiente, de la feminidad. Representaciones, resaltadas en la mitología, la fábula, la astrología y el sincretismo místico religioso, de esos pueblos y de otras creencias, evocadas con gran preponderancia a través de los tiempos.

Representaciones místicas religiosas, grabados en la mayoría de los petroglifos de nuestro país y de Sudamérica. Sobre la temática el profesor, Camilo Morón (2007) en su edición Alba y Nocturnidad: Lo Femenino Eterno, lo resume así: “Lo femenino, eterno nace en las fuentes prístinas del imaginario colectivo universal. Se presenta como la evocación misma de la naturaleza, en cuanto a generadora de toda vida; empero también simboliza parejamente la destrucción y el principio temático en la dualidad esencial de la psiquis humana. En el caso venezolano, lo femenino eterno se ha conformado en torno a un grupo bien definido de imágenes, imágenes que se constituyen y reconstruyen en el crisol de nuestra historia nacional. En este ensayo pasamos revista a algunas de estas imágenes a partir de los datos aportados por la etnología y la etnohistoria”
En conclusión, la mujer de esos tiempos representaba el nacimiento como la mujer-luna” en contraposición con: “el hombre-sol.” Símbolo de feminidad, la dualidad de la humanidad, cuerpo-alma; en lo espiritual, vida-muerte y en la psique oscuridad-claridad. En la adultez y en la longevidad era la memoria histórica de su comunidad, la intuitiva, el oráculo de su tribu, porque podía predecir el futuro, era el recipiente de los conocimientos de la fauna vegetal, cuyos elementos los utilizaba para hacer conjuros y embrujos para el de bien o el mal, aprovechándola además, para elaborar medicinas, venenos, ornamentos y otros de conveniencia trivial.
Por lo tanto, los Guaquerí, tenían un gran sentido de la estética, de la belleza y del arte, perfectamente armonizado entre su mundo astral y terrenal, diferenciándose de otras tribus, no sólo por su porte escultural, ornamentado de conchas marinas y valiosas perlas, sino además, por distinguirse por sus tatuajes teñidos con tinturas particulares. No obstante, los colonizadores no supieron apreciar su gracia, ni la candidez de su desnudez, ni la simpleza de su hermosura, cuyas vivencias estaban acorde con un mundo místico de gran simbolismo acorde con sus tradiciones atávicas, totalmente equilibradas con su entorno tropical compuesto por una paleta de infinitos colores. Por ello, fueron desconsideradamente catalogados por esos extranjeros como seres salvajes y paganos.
Por esos efectos, la profundidad de esas memorias, referidas sobre la interacción entre el sincretismo cosmológico-espiritual del Guaquerí y su misticismo ancestral ha generado un complejo imaginario de gran preponderancia en el acervo histórico-cultural nacional con una mayor exaltación en la Región Insular de la Costa de La Perlas, conformadas por Cubagua, Margarita y Coche en cuyas narrativas, leyendas, anécdotas y tradiciones LAS MUJERES TIENEN UNA HISTORIA QUE CONTAR…

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