Juan J. Prieto L.*
Por allá por los años sesenta y setenta los adolescentes de todas partes estábamos bajo sospecha. Era el tiempo del jipismo, aquella corriente pacifista que daba sus primeros pasos y ganaba adeptos a montón. También fue nacimiento de la mariguana, el amor libre, el pelo largo y el agrio tufo corporal de quienes practicaban esta filosofía sin pies ni manos: paz y amor era su consigna estelar.
Las flores gozaron de la protección de manos amarillentas de tanto humo delirante, la naturaleza fue un signo inequívoco para el recogimiento y la meditación con una inseparable guitarra y canciones irreverentes contra toda sociedad formal. El atuendo típico era muy sencillo, franela ajada, jin roído hasta el destrozo y cuando mucho un chaquetón sin color definido. Muchachos al fin uno comulgaba con aquella desobediencia y la dejadez del espíritu, paz y amor también la alzamos como bandera, pero cuando el pelo saltaba cierto límite se encendían las alarmas en nuestros padres quienes se encompinchaban con el barbero diciéndole: “se lo cortas bien bajito, porque ya parece un loco”.
Y fuimos creciendo en esa atmósfera turbia, las noticias llegaban de las grandes manifestaciones sucedidas en predios estadounidenses contra la guerra de Vietnam, que por cierto los gringos no han podido sacarse ese clavo en los más profundo de su orgullo. Uno también protestaba con cierta reserva por tratarse de un conflicto tan lejano, pero que repercutía en todo el mundo. Las sospechas crecían, y nuestras ropas después de largas noches en las calles, eran escrutadas para ver qué hallaban fuera de lo común. Preferíamos estar apegados a aquella frase “haz el amor no la guerra.
*Periodista

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