Durante la primera parte de la pandemia, la más álgida que ha vivido el país y el mundo en los últimos tiempos, surgieron cosas maravillosas, la naturaleza reconoció sus espacios: los delfines y las ballenas se acercaron a las orillas de las playas sin ningún temor de ser capturados; las aves, los pájaros de todas las especies peleaban por sus nidos en las ramas de los robles, cujíes, ucaros y guayacanes y sus cantos y silbidos nos levantaban de nuestras confortables camas. En las viejas y celestinas calles sólo se veía uno que otro transeúnte con una pequeña bolsa de alimentos para la familia. Las calles lucían solitarias y limpias, la lluvia barrió la basura de los vecinos; el silencio de la década de los sesenta volvía a ser protagonista de la prócera ciudad de La Asunción, los vehículos permanecían en los garajes de sus casas por falta de gasolina; la gente empezó a desempolvar y restaurar sus hogares, muchos de sus dueños se convirtieron en arquitectos, agricultores y jardineros. Otros tantos descubrieron sus cualidades artísticas y literarias. Por otro lado, aumentó la fe por sus religiones; se intensificó el apego familiar, el dolor y la tristeza no se hizo esperar por los que se fueron a otro plano antes de lo previsto. No obstante, también surgieron los ingeniosos de la trampa, del arribismo y de la picardía: quienes cobraban por la recarga eléctrica de un celular, dos dólares por un litro de gasolina, un dólar por un tapabocas y muchos abusos que usted, amigo lector, sabe y vivió.
Estos ingeniosos, desocupados y con mucho ocio, sojuzgados por la ignominia y la vileza, sacaron también provecho del sentimiento, confianza y soledad familiar del anciano. Mientras en pandemia, cuando todos estaban confinados en sus casas, donde solo existían largas filas en los hospitales y se peleaban por una cama y la gente se empujaba por la misericordia de una vacuna, unos degenerados (padre e hijo, cuyos nombres no quiero recordar) falsificaban la firma (en vacaciones tribunalicias) de una pobre octogenaria para apropiarse indebidamente de su apartamento de vivienda, única propiedad de la señora para sobrevivir a su vejez. Esos ingeniosos hidalgos pandémicos aún siguen sueltos, añorando un golpe de dados para que el azar los libre de su culpabilidad y la octogenaria continúe en el umbral de la confusíón, añorando su apartamento.
Atentos con las firmas y ojo pelao con ese “pandemonium” que anda pescando viviendas familiares con la anuencia de la ingenua y cándida familiaridad de otros.

Sor Elena Salazar

2 comentarios

  1. Excelente relato que algunas otro menos vivimos en esta pandemia que nos empuja hacia lo desconocido y lo maluco que a veces por perder el amor aflora de las personas. Plantes entonces el amor y nuestro gentilicio Guaiquerí.

  2. Excelente relato que muestra la miseria del ser humano ante la desgracia de otros, cuando se debe ser solidario, sobretodo con las personas mayores.
    Conmovedor.
    Felicitaciones para la gran escritora!

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