Ana Luisa Gandica Silva

MUJERES TRASCENDENTALES EN LA HISTORIA

DE LAS ISLAS DE LA COSTA DE LAS PERLAS

Iniciaremos, la nueva etapa de estas crónicas con la presentación sintetizada de biográficas de un grupo de mujeres que tuvieron una notable incidencia en las memorias de la Región Insular de La Costa de La Perlas,  entre otras, la reina Isabel I de Castilla y León, consorte del rey Fernando II de Aragón y rey de Sicilia. Mujer excepcional, quien en un época patriarcal con un inusitado ingenios logró convertirse en una poderosa gobernante y notable visionaria que, superando las observaciones de su corte castellana y de su propio esposo, con determinación, apoyó la aventura del Almirante Cristóbal Colón, para expedicionar en latitudes ultramarinas ajenas a los conocidos continentes de Europa, África y Asia.

Permitiendo ese osado plan, descubrir un Nuevo Continente, en cuyo primer viaje, ese Almirante y su tripulación lograron desembarcar el 12 de octubre de 1492 en las desconocidas tierras de la isla de Guanahani –actual República de San Salvador -, descubriendo posteriormenteel 27 de octubre de 1492 otrasislas del archipiélago de las Antillas Mayores o Grandes Antillas en cuyo borde oriental del mar Caribe, fue localizada la isla llamada por sus naturales Colba -actual Cuba-creyendo haber arribado  a Cipango, -actual isla de Japón- y el siguiente 5 de diciembre a Haití o Bohío distinguida como “La Española” -Santo Domingo-. Alcanzando en su segundo viaje -1493-1496- las Antillas Menores o Pequeñas Antillas, en cuyo un arco de islas, descubrió la distinguida por sus nativos Borinquén o Boricua -actualPuerto Rico-.Y  en el tercer viaje, el 13 de agosto de 1498, entre otros territorios, avistó la Región Insular de las Perlas del mar Caribe conformada por Cuágua -Cubagua, Coshe -Coche- y Paraguachoa -Margarita- habitadas por la étnica Guaquerí.

ISABEL INFANTA DE CASTILLA   

                                               Obra: Retrato de Isabel  de Castilla

                                               Autor: Anónimo (1490)

                                               Ubicación:  Museo Nacional del Prado, Madrid, España.

Por esos efectos, Isabel I de Castilla fue definida en la historia como una mujer notable cuyas memorias han generado grandes polémicas y especulaciones, definida por una parte, como una estadista pragmática, que convirtió a España en un emporio de riqueza y poder; y por la otra, resaltada como una humanista, protectora de los derechos de los prehispánicos de ese Nuevo Mundo, colonizados por sus súbditos bajo esa autoridad monárquica, donde se desarrolló una transformación geopolítica, étnica, religiosa y cultural.

Las memorias de Isabel de Castilla presentada por diversos escritores e historiadores son un tema de referencia en el controversial universo de la historia, la política, el poder y el género con sus perjuicios, cuando en los procesos de construcción de las subjetividades masculina y femenina, su personalidad supero los arcaicos parámetros de una época envuelta en intrigas palaciegas. Mujer poseedora de una singular inteligencia aunada a un férreo carácter de gran coraje, astucia y marcada devoción cristina-católica, que le permitió lograr su objetivo inicial, ser reconocida como la reina indiscutible de Castilla y León. Y, en los consiguientes propósitos de su autosugestión como monarca, gobernó con severidad, conciliando posturas con la nobleza española y con la autoridad de la Iglesia de Roma. Trascendiendo su proyecto político, entre otros logros, la reconquistar Granada el 2 de enero de  1492 y extender sus dominios hasta un Nuevo Continente descubierto por Cristóbal Colón en cuatro incursiones ultramarinas -1492-1502-. Así como, concertó hábilmente los matrimonios de sus hijos con los principales monarquías de Europa, convirtiendo a  España en un Imperio. Por ello, Isabel es considerada como una mujer de avanzada, la excepcional señora de todos  los tiempos.

Isabel, nació el 22 de abril de 1451 un jueves santo en  horas de la tarde en la villa Madrigal de las Altas Torres, Medina del Campo. Hija del rey Juan II de Castilla -1405- 1454 – y de su segunda esposa, Isabel de Avis -1428-1496-. Sus abuelos paternos fueron los reyes castellanos, Enrique III de Castilla -1379- 1406- y Catalina de Lancaster -1373-1418-. Y los  maternos, el infante Juan de Portugal -1400-1442- e Isabel de Barcelos -1402-1465-.  Bautizada en la iglesia San Nicolás de su locación nativa, recibiendo el nombre de su madre, Isabel, común en Portugal más no en Castilla. Por nacimiento le correspondió el título de infanta, siendo la segunda en el orden sucesor de ese Reino. Por cuanto, su hermano mayor por parte de padre, Enrique, ostentaba el título de príncipe de Asturias como heredero de esa corona, nacido el 5 enero de 1425 en las primeras nupcias de su progenitor, el rey Juan II de Castilla con su prima María de Aragón -1403-1445-. Sin embargo, el nacimiento, después, de su hermano por parte de ambas descendencias, el infante Alfonso-1453- 1468-, la relegó a un tercer lugar en esa línea de sucesión.

Los padres de Isabel  se casaron el 17 de agosto de 1447 cuando el rey Juan II tenía cuarenta y dos años  y la noble lusitana Isabel de Avis sólo diecinueve, quienes por su parentesco consanguíneo fueron dispensados por el papa Eugenio IV. Recibiendo esa hermosa mujer como regalo de boda de su acaudalo consorte el señorío de la villa de Arévalo y otros. Dicha boda trastornó los intereses de las cortes reales castellanas, provocando una compleja red de intrigas. Por ello, esa joven consorte una vez entronada en ese ambiente, profeso una gran adversidad en contra del condestable de Castilla, don Álvaro de Luna, hombre de confianza de su pareja, sobre quien ejercía un inusitado dominio, permitiéndose controlar los intereses del reino, lo cual ratificaba la falta de determinación de ese monarca para tomar decisiones propias, acostumbrado quizás, a la subordinación, por cuanto a la muerte de su progenitor Enrique III de Castilla en 1406, cuando sólo contaba un año de edad, quedo sometido a la férrea regencia de su madre Catalina de Lancaster -1373-1418- y de su tío paterno, Fernando de Antequera -1380-1416-, lo cual posiblemente quebrantó la potencia de su carácter. Por ello, era fácilmente influenciado por personas de su mayor admiración y estima. Debilidad aprovechada por el ingenioso don Álvaro de Luna, quien maniobrando su ascenso en esa Corte logró captar la atención del joven Juan, quien lo distinguía por poseer grandes dotes de caballero, convirtiéndose en el trascurso de los tiempos en su consejero y leal amigo. Confianza afianzada cuando lo defendió de la adversidad del golpe de Tordesillas perpetrada  el 14 de julio de 1420, por su primo, el infante de Aragón don Enrique, que lo secuestro cuando sólo contaba quince años de edad para hacerse del poder, cuyo plan frustrado por  don Álvaro de Luna, entre controversias y acuerdos, le permitió a Juan retomar sus derechos como rey de Castilla y León.

Por ello, Isabel como reina consorte  temerosa de la autoridad ilimitada de ese condestable, Álvaro de Luna, caracterizado por ser un temible enemigo ante cualquier oposición inconveniente, se sumó a las conspiraciones incitadas en esa contra, decidiendo persuadir con insistencia a su marido de prescindir de ese favorito y retirarle sus privanzas y prebendas. Juan en definitiva manipulado por el inmenso amor profesado a su esposa, aunado a su deleznable carácter, accedió a complacerla en 1453. Situación, que generó una revuelta por parte de los partidarios de ese predilecto, lo cual obligó a ese monarca a trasladarse a Fuensalida para sofocarla. Ausencia aprovechada por los enemigos Álvaro de Luna, que acorde con la orden real lo habían  encarcelándolo en la fortaleza de Portillo, bajo la custodia de don Diego López de Zúñiga y Navarra, que una vez presentado  ante el cuerpo de los 10 legistas, designados por rey Juan II, en un expedido y amañado proceso, lo condenaron a muerte, siendo decapitado públicamente en Valladolid el 2 de junio de 1453.

 Enterado tardíamente el rey Juan de la atroz condena de Álvaro de Luna, a quien había  abandonado a la suerte fatal de sus enemigos, sin haber tenido el valor para  defenderlo, su cobardía lo conllevo a caer en un abismo depresivo, ocasionándole la muerte el 20 de julio de 1454 a los cuarenta y nueve años de edad. Desenlaces fatales atribuidos a Isabel, tanto la de Álvaro de Luna como la de su esposo Juan, un año después. Atribuciones de culpabilidad, que aceleraron un proceso de demencia progresiva en esa soberana.

 Tras la  muerte de Juan II de Castilla y León su hijo mayor, Enrique  fue proclamado como nuevo monarca de Castilla y León, siendo coronado el siguiente 21 de julio como Enrique IV, quien omitiendo el debido protocolo funerario, ordenó de inmediato el desalojo de la Corte de su insana madrasta, la viuda Isabel de Avis y de sus dos hijos Isabel de tres años y Alfonso de uno,  confinándolos  en la villa de Arévalo con un minúsculo sequito. En ese nuevo hogar, esa destronada familia real, se instaló precariamente, donde los infantes Isabel y Alfonso quedaron bajo el cuido de Clara de Alvarnáez, lusitana arribada junto con esa degradada monarca a Castilla en 1447, como parte del sequito de su casatorio. Fungiendo esa noble mujer como aya de esos vástagos de tan corta edad, atendiéndolos con gran esmero y calidez, deleitándolos en los tiempo venideros con historia, cuentos y leyendas sobre la  hidalguía de sus linajes. Ella a la postre fue notablemente distinguida en el séquito femenino de Isabel reina.

En la niñes y adolescencia de Isabel, también estuvo presente  Beatriz de Silva, perteneciente a la nobleza portuguesa, que igualmente llegó a Castilla en el sequito matrimonial de su madre. Ella por su belleza y candidez fue objeto de confabulaciones palaciegas, donde de manera calumniosa se le atribuyeron amoríos con el rey Juan, lo cual despertó los celos de su consorte, Isabel, quien de manera irreflexiva la encerró por tres días en un baúl, donde descubrió su vocación religiosa, consagrada posteriormente como monja y fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción, a quien Isabel reina, le donó el palacio de Galiana en Toledo, elevada posteriormente como santa por la Iglesia católica.  Beatriz de Silva en esa oportunidad, también se dedicó al cuidado afectuoso de Isabel y Alfonso, acunándolos con canciones lusitanas y posteriormente enseñándolos a hablar el portugués con fluides, trasmitiéndoles además, sus virtudes humanísticas y religiosas.

 Por otra partes, la joven Isabel durante su estadía en Arévalo conoció a Beatriz de Bobadilla y Maldonado, hija del noble castellano, don Pedro de Bobadilla,  guardián de esa villa con quien trabo una gran  amistad, donde se casó en 1467 con el destacado financista, político y militar castellano Andrés Cabrera de ascendencia judeoconversa. Pareja muy apreciada y con gran poder en la corte de Isabel reina, recibieron el marquesado de Moya y el novel señorío de Chinchón.

El Rey Juan II en su testamento, había encomendado la formación religiosa de sus hijos, Isabel y Alfonso a los eclesiásticos, Lope de Barrientos, obispo de Cuenca y Gonzalo de Illescas, prior de Guadalupe, director de la Orden de los Jerónimos, cuyas enseñanzas influenciaron notablemente en el futuro de Isabel. Y la educativa a los eruditos Gutierre de Cárdenas y Gonzalo Chacón, personajes cercanos al infausto Álvaro de Luna. Así como, a Gonzalo Chacón, conocido letrado e historiador, quien los ilustró en literatura, arte y filosofía. Así como, al teólogo y escritor del prerrenacimiento, el agustino fray Martín Alonso de Córdoba, quien entre los años de  1468-1469 le dedicó a  Isabel, su obra El Jardín de nobles doncellas, tratado impactante en su destino. Chacón durante su estadía en  Arévalo conoció a Clara de Alvarnáez, con quien contrajo matrimonio, pareja inseparable en las vivencias de Isabel, alcanzando en su reinado una gran relevancia política.

Isabel,  también fue notablemente  influenciada por su abuela materna, Isabel de Barcelos conocida  también como Isabel de Braganza, viuda del rey Juan II de Castilla y Aragón, quien con gran afecto amoroso le brindo a ella y a su hermano Alfonso una calidez familiar, así como, una esmerada atención, para sobrellevar el vació de su desquiciada madre. Resaltándoles su linaje lusitano, que ante la evidente falta de descendencia de su medio hermano Enrique IV, los colocaba en un orden directo de sucesión al trono castellano. Además, con elocuencia los instruyó sobre las historias de sus antepasados y de manera especial, le ponderó a Isabel el orgullo de ser descendientes de luminosas y enérgicas reinas. En ese sentido, le relataba las acciones de su abuela paterna Catalina de Lancaster, que como primera princesa de Asturias ejerció con firmeza e inteligencia la regencia de su hijo Juan II, tras la muerte de su esposo, Enrique III -1406, mujer de notables luces que participó activamente en la política exterior del reino castellano, logrando mantener beneficiosos contactos comerciales con Inglaterra y Portugal; así como, con las órdenes militares y de manera inaudita logró rodearse de un  sequito de mujeres ilustradas.

Isabel por lo tanto, vivió en Arévalo su primera infancia de manera apacible en un enclave retirado de las intrigas de la corte de su medio hermano Enrique, cuyo lugar de gran recogimiento y austeridad palaciega era conveniente para la crítica salud mental de su madre en cuyo pasado había sido reconocía como una mujer hermosa, alegre, astuta y con gran influencia sobre su padre, como bien se lo afirmaba su referida abuela materna, Isabel de Barcelos. Sin embargo, la joven Isabel lo consideraba un lugar de inferior categoría, para una reina viuda, obligada a vivir en precarias condiciones, cuya melancolía la sumergía en la oscuridad de su mente e incapaz de brindarle a sus hijos un afecto materno y quien en sus crisis de demencia nombraba a Álvaro de Luna, lo cual despertó en Isabel, variadas interrogantes, ¿Por qué razón, su madre en sus desvaríos mentales nombraba a ese caballero? ¿Por qué, la corte de Enrique les negaban sus beneficios reales?  Respuestas evadidas con gran discreción por su entorno. Asunto pendiente de ser aclarado, por una parte y por la otra, estaba consciente de estar atrapada en el preámbulo de un juego de poderes, donde ese hermano mayor tenía las riendas de su destino.

Obra: La demencia de Isabel de Portugal.

Autor: Pelegrí Clavé (1855)

Ubicación: Museo Nacional de San Carlos.

Instituto Nacional de Bellas Artes. Ciudad de México, México.

Por lo tanto, los diez años de las vivencias de la joven Isabel en la retirada villa de Arévalo, si bien la disfruto por su placida rutina, gratamente alternada con su educación en las artes, las ciencias y la religiosidad de la época, acorde con lo antes referido. También, la obligo a afrontar desde muy niña difíciles situaciones de desazones, entre otras, la melancolía y la enfermedad mental de su madre; soportar la discriminación de Enrique quien contraviniendo los deseos del padre común, el rey Juan, los había confinado a vivir en limitadas condiciones en esa villa con un tratamiento ajeno a sus linajes y quien además, los había despojado de bienes heredados de ese padre común, otorgándoselos a sus favoritos. Situaciones todas, que templaron aún más el carácter enérgico y determinante de Isabel, cuyas conductas fueron concluyentes en su intensa y apasionante vida.

En el trascurso de esos tiempos, Enrique asesorado por sus acólitos inmediatos y consiente de no contar con el apoyo total de las cortes de los nobles castellanos y menos del pueblo, que despectivamente lo llamaban “El Impotente”, porque durante su matrimonio contraído, el 16 de septiembre de 1440, con la bella infanta, Blanca de Trastámara y de Evreux, no logró consumarlo durante el transcurso de sus trece años y por ello, declarado  nulo por el obispo de Segovia Luis Vázquez de Acuña en mayo de 1453, bajo el pretexto de una «impotencia recíproca debida a influencias maligna.» Lógicamente esas adversas situaciones, le generaban un fundado temor de ser derrocado y sustituido por sus hermanos Alfonso y/o Isabel a quienes en el pasado contraviniendo los deseos del progenitor común, el rey Juan, los desterró de su Corte, valiéndose de la insana salud mental de su madrasta y de la corta edad de sus medios hermanos que no contaban con el apoyo del poder castellano, además de haberlos despojado de sus beneficios y bienes heredados. Por ello, necesariamente en ese presente debía allanar ese pasado, trasladándolos a su Corte, donde con un trato directo y aprovechándose de esas minorías, esperaba manipularlos con lisonjas para borrar cualquier vestigio de venganza; así como, vigilarlos estrechamente y servirse de Isabel para concertar un matrimonio de su conveniencia, alejándola de Castilla.

Por esos efectos, entre 1461 y 1462, Isabel y su hermano Alfonso, acompañados solamente por Beatriz de Bobadilla y Maldonado, fueron obligados a trasladarse a Segovia donde se encontraba su hermano, Enrique,  cuya corte se desplazaba entre Segovia y Madrid. Oportunidad donde Isabel de diez años y Alfonso de ocho años, afrontaron la traumática despedida de su madre Isabel, lo cual avivo aún más la animadversión hacia Enrique. Arribados al destino previsto, Enrique los recibió con gran calidez, quien rompiendo el protocolo primero abrazo a Alfonso y después a Isabel, que lo recibió con la frialdad de una adusta y desafiante mirada. Enrique veinte años mayor que Isabel, fue observado por ella como un hombre alto, desgarbado y encorvado, de gran cabeza, con una apariencia tímida, mirada melancólica e hipócritamente esforzado por trasmitirles confianza. Posteriormente Isabel, lo catalogó adicionalmente, como un soberano sin capacidad de mando, con un carácter débil, fácilmente influenciable por sus favoritos como una marioneta; sin ningún tipo de talento, a pesar de ser culto y conciliador, cuya afición como su padre era el arte y la caza en el cobijo de los bosques y temeroso de las multitudes que lo rechazaba con sátiras.

A los pocos meses de encontrarse Isabel y Alfonso en Segovia, fueron trasladados junto con la comitiva real a Madrid, por la espera del próximo heredero del trono de Castilla. Efectivamente Isabel al introducirse en esa Corte, con la innata sagacidad de su intelecto y con la experiencia adquirida durante su estadía en Segovia, aprendió a desenvolverse en ese nuevo ambiente caracterizado por maquinaciones y conspiraciones, donde el lujo de sus  banquetes eran resaltados de cantos y anécdotas e historias de los trovadores sobre las hazañas de sus batallas y los caídos en combate, así como, con las narraciones de aventuras de grandes amores. Concluyendo, que la Corte de Enrique estaba plegada de belleza, de placeres, de intrigas y de peligros.

Por ese efecto, agudizando sus sentidos, Isabel observaba sin muestra de asombro cuando los consejeros y cortesanos reales con la misma facilidad de rendirle pleitesía a Enrique en el salón del trono, conspiraban a sus espaldas, despreciándolo por sus debilidades y la inusual sumisión a sus preferidos. Confabulaciones palaciegas de una nobleza levantisca ansiosa de poder y retribuciones, dispuesta a retar la autoridad real cuando era necesario; sin embargo disfrutaban de esas fastuosidades a costa de la pobreza y miseria del pueblo. Entendiendo  Isabel, que en esa Corte era un objeto en las manos de Enrique, asesorado por sus acólitos, que pretendían canjearla con alianzas matrimoniales ajenas a su aprobación y enviarla lejos de Castilla, separándola de su frágil hermano Alfonso.

Como se esperaba, el 28 de febrero de 1462  la segunda esposa de Enrique IV, Juana, hermana de Alfonso V rey de Portugal, con quien había contraído matrimonio en 1445, pario un heredero,  que resultó ser una niña, bautizada el 7 de marzo de 1462. Sacramento recibido en los brazos de la joven Isabel de 11 años, cuya ahijada en los años venideros le disputaría la corona de las tierras castellanas. Dicha infanta fue jurada el l 9 de mayo de 1462 ante las Cortes de Castilla en la iglesia de San Pedro el Viejo de Madrid como princesa de Asturias y heredera de ese reino. El acto protocolar fue iniciado con el tránsito de Isabel y Alfonso por el pasillo principal de ese templo, observados bajo la mirada intrigante de los miembros de la Corte, quienes en un orden de importancia y linaje, le rindieron pleitesía y le juraron lealtad como futura monarca, lo cual fue vetado y repudiado dos años después en septiembre de 1464 por la mayoría de los integrantes de la Liga Nobiliaria, que la desconocían como hija biológica de Enrique, atribuyéndole su paternidad al amante de su madre Juana, el mayordomo y valido, don  Beltrán de la Cueva y Mercado, integrante además, del Consejo Real, quedando estigmatizada esa niña como “La Beltraneja.”

Enrique IV a los fines de solventar tan bochornosa situación donde Isabel y Alfonso eran rehenes de una pugna dinástica y la pequeña Juana insultada con ese apodo, a finales de ese año de 1464, ante el temor de ser derrocado cedió a las presiones de los nobles castellanos, nombrando a su medio hermano Alfonso como príncipe de Asturias y heredero a su trono, acordando su matrimonio con esa cuestionada pequeña. Así como, ordenó el aislamiento de su esposa Juana en el castillo de Alaejos, bajo la supervisión del arzobispo Alonso de Fonseca y Ulloa, donde aún casada con Enrique, pario gemelos, producto de sus amores con el sobrino de ese Arzobispo, el caballero Pedro de Castilla y Fonseca, “El Mozo”, biznieto del rey Pedro I de Castilla.

Pero, la determinación de  Enrique no logró solventar el descontento nobiliario y, con la malicia taimada de su proceder y asesorado por sus consejeros inmediatos, para evitar que su hermano Alfonso fuera manipulado en su contra, lo puso al cuidado del noble castellano el marqués de Villena, Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón-1419-1474-, conocido simplemente como Juan Pacheco, convirtiéndose a ese infante en un títeres de sus intereses quedando envuelto en falsa lisonjas con un destino poco agraciado. Por ello, Isabel sin poseer armas o mando se limitó con serenidad a idear un plan para deshacer esa componenda, que sólo anunciaba una fatalidad. Desenlace dilucidado el 5 de junio de 1465 cuando un nutrido grupo de nobles de la Liga Nobiliaria de Castilla se reunieron frente a las murallas de la ciudad de Ávila, para escenificar en una obra teatral, el destronamiento de Enrique como rey de Castilla y entronizar en su defecto a Alfonso, quien vestido con regias galas, fue reconocido como Alfonso XII y aclamado: “¡Castilla por el rey Alfonso!” Ese acto fue propiciado entre otros, por  los augustos: Alfonso Carrillo de Acuña, arzobispo de Toledo; Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón, marqués de Villena; Álvaro de Zúñiga y Guzmán, conde de Plasencia; Rodrigo Alonso Pimentel, conde y duque de Benavente y otros caballeros de igual y menor estatus, además de un público compuesto por personas del pueblo llano. Episodio de la historia, llamado por sus detractores como «La Farsa de Ávila.»

La corte del joven Alfonso XII un rey sin corona ni trono, se instaló en el palacio del conde de Plasencia, distinguida por su lujo y esplendor cultural, integrado por figuras importantes, donde el hábil y acomodaticio marqués de Villena, Juan Pacheco, ejercía la tutela de ese monarca de once años de edad, cuya confianza obtenida durante la custodia encomendada por Enrique, le había permitido manipularlo a su antojo para fraguar esa traición en contra de ese monarca. Isabel en medio de ese tinglado, desplazado entre revanchas y victorias de los bandos de Alfonso y Enrique, decidió de manera consciente apoyar a su amado e influenciable hermano, acudiendo a su encuentro en Placencia. Mientras tanto, la infanta Juana La Beltraneja y su madre la reina Juana se refugiaron en castillos, custodiados por miembros de la nobleza de su afecto y amistad.

La guerra entre los partidarios de Enrique y los de Alfonso,  generaron varios enfrentamiento y en agosto de 1467 de manera crucial lo hicieron en la batalla en Olmedo, sin que ninguno consiguiera imponerse.​ El resultado de esa pugna se ha discutido en la historia, porque algunos afirman que Alfonso resulto vencedor y otros que la supremacía de las tropas de Enrique se otorgaron la victoria, pero su debilidad lo conllevo a negociar con los vencidos. No obstante, el destino de esa avenencia fue alterada, el 17 de diciembre de 1468 cuando en la celebración del aniversario de Alfonso, un mes antes de haber cumplido catorce años, se vio compelido a abandonar el castillo de su Corte por el brote de colera desatado en esa región, enrumbándose hacia Ávila junto con Isabel y sus más cercanos seguidores, en cuyo trayecto comió una trucha, que lo enfermó con una extraña fiebre anunciando su muerte. Por ello, Isabel vislumbrando un fatal desenlace, el 4 de junio de ese  mismo año, le escribió una carta a su otro hermano Enrique, donde le proponía cesar las hostilidades existentes y conciliar una paz. Paso seguido se acostó al lado de Alfonso, acogiéndolo en sus brazos donde murió a la mañana siguiente, el 5 de julio de 1468.  Indicando algunas crónicas, que Juan Pacheco para favorecer la causa de Enrique IV, valiéndose de sus privilegios, lo envenenó, a los fines de reivindicar su traición ante ese monarca, quien de inmediato lo incorporó a su Corte como un incondicional servidor y donde alcanzo un inusitado poder.

Isabel afligida por tan irreparable pérdida, se retiró a sufrirla en soledad y consciente de ser el  centro del destino de Castilla, sus partidarios la incitaban a proclamarse como reina. Sin embargo, ella con la lucidez de un razonamiento lógico consideró, que aún no era el momento de tomar  esa decisión. Porque, el juego de la política debía seguir su curso, donde ella no estaba aventajada, centrándose en ponerle fin a esa beligerancia, desbastadora para Castilla y merced para sus enemigos. En consecuencia, era necesario pactar la paz. Determinación censurada por algunos de su fieles acompañantes, entre ellos el poderoso obispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña, acostumbrados a imponer su autoridad, pero Isabel haciendo gala de su acostumbrado aplomo y diplomacia, se mantuvo firme en su decisión. Por otra parte, Enrique desgastado por los infortunios de la infidelidad de su esposa Juana, la ilegitimidad de una supuesta hija estigmatizada como “La Beltraneja” y con una autoridad mermada ante sus súbditos, la proposición de Isabel fue su mejor opción. A ese efecto, la infanta Isabel disponiendo de la inmediación del clericó italiano, Antonio Jacobo de Véneris,  obispo de Siracusa, León y Cuenca, nuncio papal ante la corte de Enrique  y embajador de éste en Roma, logró armonizar esa situación mediante un acuerdo.

El escenario de ese pacto convenido entre Isabel y Enrique  realizado en las inmediaciones de la venta de Toros de Guisando, firmado el 19 de septiembre de 1468, conocido como “Tratado, Jura o Concordia de los Toros de Guisando” fue realizado con gran solemnidad y cargado de sentimientos encontrados, donde Isabel arribo montada en una cabalgadura engalanada, acompañada de un sequito de doscientos seguidores y por su parte, Enrique de mil doscientos. ¿Gesto de poder o de amenaza?  Descendiendo ambos al unísono de sus monturas, Isabel tomando la iniciativa, se acercó a su hermano para besarle la mano en señal de vasallaje, pero antes de realizar la genuflexión consiguiente, Enrique la asió de un brazo, para impedirlo e inclinándose con naturalidad la abrazó, rompiendo el protocolo. Isabel en cuenta del proceder de Enrique, interpretó esa supuesta magnanimidad como una publicidad carente de afecto sincero, cuya artera y voluble personalidad no le aseguraban confianza, debiendo estar prevenida a futuros desenlaces.

Acorde con ese acuerdo, ente otros particulares, Isabel fue reconocida de inmediato  por Enrique como princesa de Asturias y su heredera al reino de Castilla, en cuyo plazo de cuarenta días Enrique tenía la responsabilidad de juramentarla ante las Cortes y la de la Hermandad. Así como, se le concedió a Isabel los derechos y las rentas sobre las localidades de: Ávila, Huete, Úbeda, Alcaraz, Molina, Medina del Campo y Escalona, libres de cualquier situado posterior a 1464 y de 870.000 maravedís asignados en Soria y en San Vicente y otros beneficios, cuyo patrimonio sustentarían su sostenimiento. Además, se indicó, que  Isabel debía contar con la autorización de Enrique para contraer matrimonio, pero sujeto a su consentimiento, lo cual a la postre ella incumpliría por su mayor conveniencia. También, se estipuló, que Enrique debía iniciar la nulidad de su matrimonio contraído en 1455 con Juana de Portugal por infidelidad en cuyo cuestionado lapso había nacido Juana ajena a la biología de Enrique, concebida con un hombre de identidad desconocida, cuya ilegitimidad la excluía del Trono de Castilla. Debiendo regresar doña Juana a la corte de su hermano el rey Alfonso V de Portugal; sin embargo, de forma magnánima se le permitía a esa ilegitima infanta permanecer en la corte de Enrique IV, quien decidiría su destino. Y en el orden político, los miembros de ambas fracciones sellaron sus fricciones en ese acto, jurándole lealtad a Enrique IV como rey de Castilla y León-. Narrativa, que continuará su recorrido, donde LAS MUJERES TIENEN UNA HISTORIA QUE CONTA …

Bibliografías Consultadas:

BALLESTEROS BERETTA, Antonio (1941) Fernando el Católico, el mejor Rey de España.  Madrid, España: Publicación del Ministerio del Ejército de España.

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DE AZCONA Tarsicio (2017) Isabel La Cató-lica. Vida y Reinado. Madrid, España: La Esfera de los Libro, S. L.

FERNÁNDEZ y GONZÁLEZ, Manuel (1921-1888) Doña Isabel la Católica. Madrid, España: Establecimiento tipográfico de A. Vicente.

HERNANDO POLO, Cristina (2018) Isabel La Católica. Grandeza, Carácter y Poder. Madrid: Editor: Santos Rodríguez. Ediciones Notillas S.L. Tercera Edición.

SUÁREZ, Luis (2022) Isabel I Reina. Premio Nacional de Historia.  Editorial: Planeta, S.A. Primera Edición.

ZABALA, José María.  (2014) Isabel Intima.  Las Armas de la Mujer y Reina más Célebre de la Historia de España. Madrid, España: Editor: Grupo Planeta S. A.

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