Ana Luisa Gandica Silva

MUJERES TRASCENDENTALES EN LA HISTORIA

DE LAS ISLAS DE  LA COSTA DE LAS PERLAS

ISABEL PRINCESA DE ASTURIAS

               Obra: Retrato  La reina Isabel “La Católica”

               Autor: Desconocido, atribuido: Antonio del Rincón. (Siglo XVII)

                                                          Ubicación: Museo La Casa de los Tiros, Granada,  España.

Isabel proclamada solemnemente por su medio hermano el rey Enrique IV de Castilla y León  como princesa de Asturias y legitima heredera a ese trono, conforme con lo convenido el 19 de septiembre de 1468 en el “Pacto o Concordia o Tratado de los Toros de Guisando” donde quedó desconocido el derecho dinástico de la infanta Juana, “La Beltraneja” por no ser hija biológica de Enrique, concebida de manera adultera entre su madre, la reina consorte Juana de Portugal y don  Beltrán de la Cueva y Mercado, que entre otros particulares, resolvió las fricciones existentes entre esos hermanos, debidamente referido en la publicación anterior. Oportunidad, donde se establecía adicionalmente, que Isabel  como princesa de Asturias debía residir en la corte de Enrique bajo  la custodia del arzobispo Alonso de Fonseca y Ulloa; Álvaro de Zúñiga y Guzmán, conde de Plasencia y, del marqués de Villena, Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón simplemente conocido como Juan Pacheco, hasta tanto Enrique conviniera su matrimonio con un noble cortesano de su gracia, pero sujeto a  la aceptación de Isabel, quien consciente de su destino con la diplomacia propia de su ingenio, no opuso resistencia a esa obligación, la ocasión no lo ameritaba, en su momento tomaría partida sobre ese asunto. Lo relevante era ubicarse en la primera  línea de sucesión al reino de Castilla y León, además de asegurarse con una estabilidad económica, con propiedad y beneficios, que carecía.

En consecuencia, Isabel como princesa de Asturias quedo sometida a una estrecha vigilancia y asilamiento de sus seguidores, sólo bajo el amparo de sus detractores, entre los más temibles, el artero y pérfido marqués de Villena, Juan Pacheco, de quien se suponía haber envenenado a su hermano Alfonso, para despejarle el camino de Enrique en las controversia sostenidas sobre el Reino de Castilla, que en definitiva había dado origen a dicho Pacto de Guisando. La licencia matrimonial de esa nueva princesa de Asturias movilizó de inmediato la diplomacia de las cortes de Portugal, Francia e Inglaterra, que pretendían pactar alianzas con España, siendo la más favorable para los intereses de Enrique, según lo aconsejado por ese condestable, casar a Isabel con el entrado en años, Alfonso V rey de Portugal con el beneficio de alejarla de los dominio de Castilla. Componenda, que además, tenía previsto comprometer en matrimonio a Juana “La Beltraneja” -6 años- con el hijo de ese monarca, su primo paterno, Juan -13 años -, que en caso de no tener descendencia Isabel 17 años y Alfonso -36-, la joven pareja de primos Juana y Juan gobernaría Castilla. Además, don Juan Pacheco, aspiraba casar a su hija, Beatriz Pacheco con el príncipe Fernando de Aragón que tras la muerte de su medio hermano, Carlos en 1461, era el heredero inmediato de esa favorable corona y quien ostentaba el título de rey de Sicilia.

Por esos efectos,  Isabel,  en contra del Plan fraguado por su hermano Enrique y sus adláteres que contravenían el objetivo de unirse en matrimonio con Fernando de Aragón, donde ella visualizaba la conveniencia de unir dos ramas de la Casa de Trastámara, Castilla y Aragón en un sólo cuerpo político poderoso, dirigidos en una misma dirección, diplomacia y ejército, agrupando pueblos con lenguas, tradiciones históricas, costumbres e incluso instituciones comunes. Indudablemente Fernando y ningún otro príncipe le ofrecía a ella esas ventajosas condiciones y viceversa. Además, ese consorte era un hombre joven, viril y apuesto caballero, destacado como estratega y victorioso militar, justamente lo requerido para afrontar a Enrique ante el eventual impedimento de no contar con su autorización para consumar esa unión, que conllevaría afrontar lo acordado en Guisando, sin dejar de notar, que el padre de Fernando, Juan II rey de Aragón también lo era de Navarra, cuyo apoyo militar era muy superior al de Castilla. Y desde el punto de vista político ese boda nuevamente agruparía su bando isabelino, dispersado por ese Pacto. Circunstancias, que le garantizaban un futuro de poder y recobrar su autodeterminación como futura soberana de Castilla.

Por ello, Isabel autorizo a personas de su mayor confianza, Alfonso de Cárdenas y Gonzalo Chacón y don Gutierre de Cárdenas para iniciar en secretos los trámites de su boda con el príncipe Fernando de Aragón, que doce años atrás habían sido prevista entre su padre Juan II rey de Castilla con el de Fernando, el  rey Juan II de Aragón, quienes conviniendo en esa alianza matrimonial le habían solicitado al  papa Pio II -1458-1464- emitir la dispensa pertinente, para solventar su parentela, lo cual quedo pendiente. Por lo tanto, ante esta nueva oportunidad como no era posible contar con la cancillería castellana para actualizada esa diligencia, a ese efecto se encargó la de Aragón. Pero enterado Pacheco de ese Plan, que requería la bula del papa Paulo II con la sagacidad de su retorcido ingenio, previno a ese Pontífice, con un subido tono de amenazas,  de abstenerse de otorgar esa dispensa, que afectaba los intereses de Enrique como rey de Castilla y de las monarquías de Portugal y Francia. Por ese efecto, de manera conveniente el papa Paulo II para no disgustar a las parte en conflicto, le dio tiempo al tiempo para resolver ese entresijos.

A todo evento, el acomodaticio, marques de Villena Juan Pacheco con gran hipocresía, pretendió ganarse la confianza de Isabel desviviéndose en elogios y atractivas promesas sobre su conveniencia de contraer nupcias con el añoso Alfonso V rey de Portugal, halagos apreciado por ella con gran cortesía. Por esos efectos, ese manipulador personaje estimaba doblegar a esa joven princesa a su mejor beneficios, como en el pasado lo había logrado con su fallecido hermano Alfonso. Pero, decepcionado por la terquedad de esa infanta, que no aceptaba esa imposición, ofendido en su elevado ego como hombre poderoso de esa Corte, donde desobedecerle generaba infaustas consecuencias, no reparo en hacérselo saber a Isabel, que entrelazando la fatalidad de su hermano Alfonso, llegó a temer por su vida.  Enrique enterado por el mayordomo del reino, don Andrés Cabrera esposo de Beatriz de Bobadilla, sobre la violencia desatada por ese favorito en contra de Isabel, de manera inusual le recriminó tales inconveniencias, por cuanto ella, además de contar con su afecto como su hermana, se le debía consideración y respeto como princesa de Asturias y heredera a su trono. En consecuencia, Juan Pacheco delego su obstinado plan en clericós de su confianza, para explotar el temor religioso de Isabel, quienes sin mayor escrúpulo la tildaron de soberbia y pecadora. Sin embargo, ella abatida en secreto por esas intrigas, entre sollozos y penas, se mantuvo firme en su decisión, que sólo respondía a la lógica de su inteligencia. Sin embargo, la demora en obtener la dispensa del papa Paulo II aumentaban sus angustias.

Ante tremendo compromiso el papa Paulo II temeroso de disgustar a al rey Enrique IV de Castilla, soportar  la ira de don Juan Pacheco y el cuestionamiento de las  monarquías de Portugal y Francia; así como obviar el pedimento del rey Juan II de Aragón, decidió abstenerse de otorgar esa dispensa a pesar de estar totalmente de acuerdo con el matrimonio de Isabel con Fernando. Por ello, le ordenó al habilidoso cardenal protodiácono, Rodrigo de Borja dirigirse a España como su legado para solventar ese delicado y controversial asunto. En efecto, el ingenioso cardenal Rodrigo de Borja, futuro papa -Alejandro VI-, reunido con Antonio Jacobo de Véneris, obispo de Siracusa, de León​ y de Cuenca, ​​nuncio papal ante la corte de Enrique IV y embajador de este en Roma y Alfonso Carrillo de Acuña, arzobispo de Toledo, les presentó una bula supuestamente emitida en junio de 1464 por el anterior papa, Pío II, a favor de Fernando, donde se le permitía contraer matrimonio con cualquier princesa de consanguinidad hasta el orden de un tercer grado, pero por no estar firmada por ese Pontífice, don Alonso Carillo de Acuña, por conocer a la perfección esa rubrica, con gran facilidad la imitó de manera exacta, cuya tinta una vez seca, guardo bajo su ropaje para presentarla en la oportunidad pertinente.

Isabel enterada de contar con tan ansiada dispensa papal y a los fines de alejarse de la corte de Enrique, le manifestó en los primeros días del mes de mayo de 1469 su deseo de viajar a Ávila para honrar la memoria de su hermano Alfonso, cuya venia logró después de enfrentar al indeseable don Juan Pacheco y enterado don Andrés de Cabrera sobre esa autorización, realizo los arreglos pertinentes, pero ella con la malicia de su astuto proceder espero durante tres semanas hasta constatar que Enrique y su sequito estaban en las lejanas tierras andaluzas donde esperaba ganar adeptos. De inmediato, abandonó Ocaña, dirigiéndose al encuentro de su futuro esposo, Fernando de Aragón, acorde con lo planificado por el arzobispo don Alfonso Carrillo de Acuña y demás seguidores. Por su parte Fernando  a los fines de atravesar los campos de Castilla y burlar las restricciones de Enrique y su acólito, don Juan Pacheco, debió disfrazarse bajo la apariencia de un mozo de mula de unos mercaderes, cuya arriesgada aventura estimulaba su arrojo de osado caballero, para salvar una princesa rubia en apuros, con la que había sido comprometido en su infancia. Degradante vestimenta cuestionado por su padre el rey Juan II de Aragón, pero convencido sobre la importancia del asunto aceptó apoyar tan estrafalario plan, avalado por su cancillería. Accidentado viaje, interrumpido en varias oportunidades, porque Fernando una vez arribado a Ávila como destino previsto por el arzobispo de Toledo, debió trasladarse a Arévalo, donde se celebrarían los esponsales bajo esa bendición, lo cual también debió abortarse por la infiltración obtenida por el indeseable marques de Villena, tocándole en definitiva dirigirse a la lejana isla de Valladolid, donde después de vencer los riesgosos obstáculos de ese largo recorrido, protegido por la embajada aragonesa, conocería a la  princesa de su destino.

Haciendo notar, que en ese proceso, el conde de Plasencia, Álvaro de Stúñiga enterado por el sagaz Pacheco sobre la posible presencia de Fernando e Isabel en Arévalo, le ordenó ocuparla militarmente y detener con su ejército la celebración de ese matrimonio, situación frustrada que conllevo en señal de castigo hacia Isabel, desalojar a su madre Isabel de Avis de su villa y expropiarle sus tierras, concedidas en un pasado por su esposo, el fallecido rey Juan II. Propiedad adjudicada a ese conde como retribución a tan vil servicio. Por ese efecto, esa joven viuda fue alojada posteriormente en el palacio de Madrigal de las Altas Torres en Ávila, no coincidiendo con Isabel, quien apremiada por el arzobispo de Toledo se dirigió a la isla Valladolid, donde el 30 de agosto de 1469 fue recibida con gran solemnidad. Dicha insularidad estaba bajo el dominio del almirante Fadrique Enríquez  -1390-1473- que tenía en Medina de Rioseco la capital de sus posesiones, cuyo valioso apoyo le proporcionó a Isabel y Fernando la seguridad necesaria para contraer matrimonio sin obstáculos, lealtad correspondida con el linaje común de los Trastámara, cuyo protección militar era temida por Enrique y sus señoreados.

Isabel instalada en su nueva morada en Valladolid, el 8 de septiembre de 1469 le dirigió una larga carta a su medio hermano Enrique explicándole los motivos de su decisión, confiando en obtener su aceptación de acuerdo con el Pacto de los Toros de Guisando, razonándole que entre los tres candidatos para matrimoniarse: Alfonso V de Portugal, el duque francés de Guyena Carlos Berry y Fernando de Aragón, este último era el más conveniente para Castilla y su persona. En consecuencia, su decisión no contravenía ese Tratado ni traspasaba la obediencia debida como monarca de Castilla. Y siguiendo la línea de una adecuada conducta, Isabel el siguiente día 12  le comunico a Enrique la llegada de su futuro esposo a Valladolid,  quien sin armas y sin intenciones maliciosas le ratificaba su lealtad y obediencia como su futuro esposo, que además, ocupaba un lugar en la escala de posibles sucesores de ese reino castellano por pertenecer a su mismo linaje,  la Casa de Trastámara. Enrique tampoco les dio respuesta a esas dos misivas.

Isabel en cuenta sobre la llegada de Fernando a Valladolid, se fijó de inmediato ese primer encuentro en un escenario protocolar con la presencia de varios invitados, intercambiando los novios nuevos regalos, manifestando su voluntad de desposarse.  Isabel por su parte, distinguió a Fernando como un hombre de cuerpo señorial, con un cabello largo y rubio recogido en un tocado, que entornaba su rostro varonil, con una tez blanca y cara sonrojada de finas facciones, con unos  hermosos ojos rasgados de color azul verdoso, que  trasmitían alegría y vitalidad, nariz afilada y con una boca de labios finos y carnosos; además lo apreciaba como un hombre encantador, sabio y equilibrado con una conversación fluida sin traslucir ambigüedad o ambición desmedida, así como poseer un carácter templado de cordial vitalidad, valentía y sagacidad como buen estratega militar. A su vez, Fernando la reparo como una mujer hermosa de porte distinguido acorde con su real majestad, de estatura mediana bien compuesta un tanto corpulenta, con una piel muy blanca, cuya  rubia rojiza cabellera entornaba su hermosa cara con ojos garzos de color azul verdoso, pestañas largas de mirar directo, honesto y alegres, con dientes menudos y blancos, de severos movimientos, con un hablar pausado de natural agrado y jovialidad, pero que traducía valentía y sagacidad. En consecuencia, desde ese primer encuentro entre esos jóvenes prometidos surgió una simparía mutua, sintiéndose complacidos con el compromiso adquirido, cuyos afectos en el tiempo se transformó en un amor duradero por más de tres décadas, enmarcado en una admiración, respeto, solidaridad y consideración mutua. Pareja forjadora de una  alianza determinante en el destino del reino de España, convirtiéndolo en un imperio de gran poder y riqueza. Quedando acordado, la celebración de esos esponsales para el quinto día siguiente.

El día 18 de ese mismo mes y año de septiembre de 1469 Fernando prestó el juramento receptivo de Castilla acorde con ese protocolo, pronunciando ambos consortes “las palabras de presente para contraer matrimonio.” Así como, por separado dirigieron sendas cartas a Enrique donde le solicitaban aceptar su unión matrimonial, acompañándole una copia de las Capitulaciones Matrimoniales suscritas en Cervera, Provincia de Lérida el 5 de marzo 1469, donde entre otros particulares se estipulaban grandes conveniencia para Castilla, quedando supeditado Fernando a su esposa y al bando nobiliario de su apoyo, condiciones aceptadas por su  padre, el rey Juan II de Aragón, que en retribución debía contaba con el soporte de Castilla para enfrentar enemistades. Nuevamente Isabel y Fernando, le reiteraron su fidelidad y obediencia a Enrique como rey de Castilla y Aragón. Comunicaciones que tampoco obtuvieron respuestas.

En efecto, el día jueves 19 de octubre de 1469 se desposaron los jóvenes infantes Isabel -18 años- y  Fernando -17 año- en el palacio de Viveros en Valladolid a cuyo evento acudieron dos mil personas, aproximadamente, entre nobles, eclesiásticos y personas sin condición social. Ante los presente se presentó la dispensa papal de Pio II otorgada a petición del rey Juan II de Aragón en favor de su hijo Fernando el 28 de mayo de 1464, cuya vieja data no generó ningún tipo de suspicacia por parte de los presentes, ni dudas o acusaciones sobre la validez de ese matrimonio. En consecuencia, se habían cumplido con todos requisitos canónigo exigidos por Roma, que sin bien, no contó con la aprobación de Enrique IV, tampoco existió prohibición o desaprobación. Aquella noche esa pareja cumplió con las rígidas formalidades de la época, donde quedó evidenciado la virginidad de Isabel al marido y al reino. Días después, Isabel se regocijaba de haber superado amarga y difíciles situaciones, disfrutando su matrimonio con gran complacencia y alagaba por haber impuesto su voluntad.                                                                                           

Una vez, enterada la corte de Enrique del casamiento de Isabel y Fernando, éste por el empeñó del acomodaticio y amargo personaje marques de Villena, don Juan Pacheco, que lo instigaba a deshacerse de los compromisos contraídos con Isabel en Guisando, él sin prestarle mayor atención a ese favorito, introvertido en un silencio se abstuvo de emitir opinión. Porque, por una parte, Enrique no dejaba de temerle al poderoso rey Juan II de Aragón cuyo ejercito comandado por el príncipe Fernando, le resultaba riesgoso; y por la otra parte, enfrentaba el disgusto de la promesa incumplida al rey Alfonso V de Portugal, que había pretendido desposar a Isabel como princesa de Asturias. Sin embargo, en esa disyuntiva no dejaba de sentir cálidos y afectuosos recuerdos por su hermana, apreciada como un ser juicioso, prudente y cabal, incapaz de desposarse con la conciencia manchada. Sentimientos ocultos de difícil entender por parte de sus consejeros.

Pero no obstante, sobre esos cálidos sentimientos familiares de  Enrique, nublados por el temor a la retaliación de su favorito Juan Pacheco, cuyas inescrupulosas maniobras podían fraguar una nueva conspiración para deponerlo de su trono e incluso atentar en contra de su vida, aupado y apoyado por sus amigos, los embajadores de Francia y el Rey de Portugal, se sentía atrapado en esa  maraña de intereses, tejida por su privilegiado, que lo había mantenido en el trono a costa de atrocidades y arbitrariedades. Pero, sopesando los pro y los contra se vio compelido a anular lo convenido en la “Concordia de los Toros de Guisando” firmada el 18 de septiembre de 1468, fundamentado en la desobediencia de Isabel, cuando sin su consentimiento escrito se había casado con Fernando de Aragón, generándose en consecuencia, una causal válida para esa revocatoria.

Por el efecto el Pacto de Guisando fue anulado el 25 de noviembre de 1470 en la “Ceremonia de la Val de Lozoya” donde Enrique y su consorte Juana  juraron sobre la cruz del pectoral del cardenal de Albi que Juana “La Beltraneja” de ocho años de edad había sido concebida durante esa unión, por lo tanto como hija legitima de Enrique, adquiría nuevamente el derecho de ser reconocida como princesa de Asturias y su heredera al reino de Castilla. Procediendo de inmediato algunos miembros de la Corte de Castellanos a jurarle obediencia y respeto, a esa Infanta, cortesanos que con anterioridad se lo habían manifestado a Isabel, actitud supuestamente tomada bajo la coacción de perder sus favores reales. Sin embargo, esos personajes, se regocijaban en llamarla a esa niña La Beltraneja por ser la hija de un amante de Juana, cuya reiterada infidelidad y la infertilidad del monarca eran el cotilleo preferido de la corte. En esa misma oportunidad el conde de Boulogne Carlos de Valois hermano del rey Luis XI de Francia comprometió en matrimonio a su hermano menor, el duque de Guyena Carlos Berry con Juana como nueva princesa de Asturias, lo cual fue solemnizado por el  mismo cardenal de Albi, embajador de ese rey francés, boda que nunca se celebró. Quedando esa cuestionada niña bajo el recaudo del marqués de Villena Juan Pacheco en sustitución del conde de Tendilla,  Íñigo López de Mendoza que desde 1465 hasta esa oportunidad -1470- la había retenido como una valiosa rehén.

Enrique IV de regreso a  Segovia, hizo publicar la declaración de Lozoya donde había reconocido a Juana como princesa de Asturias y anulaba oficialmente la concordia de Guisando firmada el 19 de septiembre de 1468, quedando revocada Isabel como princesa de Asturias, perdiendo el derecho de heredar el reino de Castilla.  Sin embargo, dicho Acto de Nulidad  fue severamente cuestionado por varios motivos, entre otros: Juana no fue nuevamente jurada ante las Cortes Castellanas de los tres estados del reino; tampoco fue completado con la presencia de los procuradores de las ciudades y sus villas; y, en mayor orden no contó con el pronunciamiento del único tribunal competente para para desconocer el Pacto de Guisando. Y, tampoco obtuvo el pronunciamiento del papa Juan II, único facultado para deslegitimar esa concordia por cuanto la misma, se había materializado bajo su legado pontificio. Por esos efectos, Isabel el 21 de marzo de 1471 desde la villa de Medina de Rioseco donde tenía constituida su residencia matrimonial, replicó  el  manifiesto de Enrique, a través de un documento análogo justificando su boda con Fernando II de Aragón, acusando a su hermano de haber realizado un acto irrito, que  llevaría a Castilla a una futura guerra civil como en efecto sucedió tras su muerte acaecida el 11 de diciembre de 1474.  No obstante, Isabel afectada por esa revocatoria la  afrontó con el estoicismo de una princesa desheredada, que todavía tenía la última palabra.

Posteriormente, el papa Sixto IV y el colegio cardenalicio  el 22 de diciembre de 1471 enviaron en misión diplomática al cardenal vicecanciller  Rodrigo Borgia al reino de Aragón donde arribo el  20 de mayo de 1472, siendo recibido con gran distinción por el rey Juan II de Aragón y su hijo Fernando. Posteriormente, se dirigió a Barcelona donde lo esperaba el rey Enrique IV de Castilla, instándolo a solventar sus desavenencia con Isabel, Fernando y Aragón, por cuanto Roma necesitaba de esa unión para organizar una cruzada en contra de la amenaza turca. El cardenal Borgia también se reunió con Isabel en Alcalá de Henares, donde ungió a su primogénita Isabel, nacida el 2 de octubre de 1470, con el sacramento de la confirmación. Absteniéndose de visitar a la reina consorte Juana y a su hija “la Beltraneja.” Y retornando a Valencia se reunió nuevamente con Fernando, para informarle que le ofrecería al jerarca del poderoso clan de los Mendoza, el obispo de Sigüenza, Pedro González de Mendoza, su elevación a cardenal, con la condición de revertir el apoyo y los buenos oficios brindado por ese linaje a Enrique, para jurárselos de manera incondicional a favor y beneficio de Isabel, cuyo poder político y militar le sería de gran ayuda en el vislumbrado conflicto de sucesión por el reino de Castilla entre los partidarios Isabelinos y los de Juana “La Beltraneja”. Distinción cardenalicia, que se anteponía a la aspirada por el arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo de Acuña, quien  era reconocido como un aliado incondicional de Isabel. En ese mismo viaje el legado papal, Rodrigo Borgia le entrego a Isabel y a Fernando la concesión de la bula de Sixto IV Oblatae nobis de fecha 1 de noviembre de 1471 donde subsanaba la dispensa  papal de su matrimonio, contraído el 19 de septiembre de 1469, a los fines de esclarecer contravenciones sobre ese particular y la legitimidad de su descendencia. Documento original conservado en el Archivo General de Simancas, España.

Posteriormente, en la Navidades de 1473 el rey Enrique convencido de las ventajas de negociar directamente con Isabel, coincidieron en Segovia, reuniéndose en el alcázar, donde reconciliaron  sus afectos y desafectos ajenos a los formalismos protocolares e intrigas palaciegas, permitiéndose superar las desavenencias del pasado. Arribando Fernando a esa ciudad el día del Año Nuevo e incorporado a esas reuniones, compartieron las alegrías de esas festividades, Enrique les manifestó su complacencia por tan acertada unión matrimonial.  Por ese efecto, Fernando mando a escribir a los jurados de Barcelona y Valencia la buena nueva “confederación y concordia con Enrique IV.” Quedando prometió, repetir ese feliz compartir navideño donde Isabel y Fernando agasajaron a Enrique con gran preminencia, que había contado con la gracia conciliadora de don Andrés Cabrera y su esposa doña Beatriz de Bobadilla. Sin embargo, en esa oportunidad no se concretó un acuerdo definitivo para solventar de manera contundente e inequívoca los desacuerdos del pasado. Isabel en esa oportunidad  notó que su hermano estaba algo débil de salud, atribuía al tiempo estacional. Concluida esa festividad navideña, los príncipes Isabel y Fernando se despidieron de Enrique con gran afecto y con la promesa de reunirse nuevamente. Permaneciendo Isabel en Segovia junto a su pequeña hija donde manejaba los negocios y Fernando cumpliendo otros compromisos con el reino de Aragón, siempre se mantenía atento a cualquier eventualidad y en lo posible cercano a Zaragoza por si era necesario pasar a Castilla.

Encuentro que un año después Enrique recordaba con sentimientos encontrados por esa añoranza afectiva, disfrutada por la compañía de Isabel y Fernando. No obstante, los partidarios de la infanta Juana confabuladas por el intrigante marqués de Villena Juan Pacheco, le recriminaban esa querencia familiar. Manteniendo Enrique presente, las  palabras del conde de Placencia, Álvaro de Zúñiga y Guzmán, que tras la muerte de ese acomodaticio personaje, acaecida el 4 de octubre de 1474 lo fichaba así: “con ese traidor nunca se estaba a salvo” por cuanto su mayor cualidad es el “hecho de enemistarse con todo el mundo.”

 Enrique, permaneciendo en el Pardo durante las navidades de ese año de 1474 abrumado por las falsas lisonjas de las fiestas de la época, rodeado de una corte de súbditos y favoritos, pendientes de obtener mayores favores y riquezas, que lo criticaban como un rey inepto, burlado con el mote de “El Impotente,” abochornado con las reiteradas infidelidades de su consorte, repudiado por un pueblo que no le perdonaba sus desaciertos ni  los excesos de su corte. Resolvió trasladarse al Alcázar de Madrid, cuyos bosques lo acobijaban para disfrutar de su afición favorita, la cacería, y a pesar de la indisposición de su salud, aquejado por una severa tos, decidió salir a cazar a primera hora de la mañana del 11 de diciembre de ese año de 1474, que una vez de regreso a su castillo avivado por ese deleite, solicitó a sus sirvientes ser agradado con la preparación de un caldo y ser trajeado con la pompa usual. Sin embargo, cuando esa servidumbre entró en su habitación para cumplir sus requerimientos, lo encontraron tendido en su cama sin señales de vida y, sin haberles dado tiempo de cambiarle su la ropa mojada y descalzarlo de las botas embarradas.

El cardenal Pedro Gonzáles de Mendoza celebro sus exequias fúnebres en el monasterio de San Jerónimo, cuyos restos mortales fueron trasladado desde  la ciudad de Madrid al Real Monasterio de Santa María de Guadalupe de la Provincia de Cáceres, depositados en el recinto del Panteón Real al lado de su madre María de Aragón -1403- 1445- conocida también como María de Trastámara, quien fue la primera esposa del rey Juan II entre los años de 1420 y 1445. En los anales de la historia aún se especula, sobre si Enrique murió sin haber suscrito un testamento, indicando su última voluntad. Incógnita no despejada en el tiempo, donde algunos afirman que desapareció y otros que murió sin testar. También de manera especulativa se afirma, que la reina Isabel a pocos días antes de su fallecimiento en 1504, logró poseerlo siendo quemado por Fernando y otros que quedó bajo la custodia de un miembro del Consejo Real. Por ese efecto, ese problema testamentario es un tema controvertido en la historia como “irresoluble.

Sin embargo, la Corona de Castilla fue correctamente heredada por la legítima sucesora de Enrique su media hermana Isabel cuya consanguinidad real jamás fue cuestionada como hija del rey Juan II de Castilla -1405- 1454 – y de su segunda esposa, Isabel de Avis -1428-1496-, en consecuencia, era la heredera legitima de la corona de Castilla y León cuya ascendencia impecable de reyes y reinas con la alcurnia de los linaje de pura sangre honorable jamás fue discutida. En contravención, con Juana, quien no era su hija biológica de Enrique y por ende no estaba legitimada para ostentar ese trono. Afirmación constada por el reconocido médico y científico español, Doctor Gregorio Marañón y Posadillo, cuando en un  Ensayo biológico, al exhumarse el cadáver de Enrique IV enterrado en Guadalupe, diagnosticó que padecía de “litiasis renal crónica, impotencia, anomalía peneana e infertilidad.” Por ello, no tenía la capacidad biológica de haber engendrado a Juana.

Isabel recogida en su aposento privado del alcázar de Segovia fue interrumpida en la madrugada del 12 de diciembre de 1474 por don Gutierre de Cárdenas, quien le informó la muerte de Enrique en el Alcázar de Madrid, acaecida unas horas antes de ese anochecer, el día 11 de diciembre, después de haber regresado de una cacería en las condiciones antes referida. Isabel sobrecogida por esa noticia, recordó las ultimas vivencias disfrutadas con su difunto hermano a quien le profesaba un profundo afecto a pesar de las distancia. Y ajena a la presencia de su fiel consejero se arrodillo ante su devoción mariana, para rezar por el descanso de esa alma. Superada esa conmoción recobro su talante practico, asumiendo su deber  como heredera legitima  del reino de Enrique, que por derecho propio le pertenecía. Ordenando convocar de inmediato a todos sus consejeros, para ultimar los detalles sobre el cumplimento impecable del protocolo a seguir y sin  errores imponer orden y legitimidad en esa sucesión. En consecuencia, se ordenó un luto rígido, planificar las exequias apropiadas a esa investidura real y la consiguiente proclamación de Isabel como reina indiscutible de Castilla y León. Afectada por la desafortunada ausencia de su esposo Fernando, que repeliendo las amenazas francesas se encontraba en Aragón y cuyo tiempo de regreso a su corte, la exponía a ser avasallada por sus detractores. Ella ante ese apremio, se vio compelida a obviar la presencia protocolar de su consorte, que sin la intención de ofender su majestad decidió cubrir de manera diligente la vacante de ese trono, formalizando su proclamación como reina indiscutible de Castilla y León. Desenlace de consiguiente narrativa, donde las MUJERES TIENEN UNA HISTORIA QUE CONTAR …

Bibliografías Consultadas:

AZCONA Tarsicio de (2017) Isabel La Católica. Vida y Reinado. Madrid, España: La Esfera de los Libro.

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 SUÁREZ, Luis (2022) Isabel I Reina. Premio Nacional de Historia.  Editorial: Planeta, S.A.

COLMERIO, Manuel (1818-1894) Cortes de los antiguos Reinos de León y de Castilla. Madrid, España: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999. Edición digital (en formato HTML).

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HERNANDO POLO, Cristina (2018) Isabel La Católica. Grandeza, Carácter y Poder. Madrid: Editor: Santos Rodríguez. Ediciones Nowtilus S.L. Tercera Edición.

SUAREZ, Luis. (2000) ISABEL I REINA. Premio Nacional de Historia.  España: Editorial Planeta, S. A.

ZABALA, José María.  (2014) Isabel Intima.  Las Armas de la Mujer y Reina más Célebre de la Historia de España. Madrid, España: Editor: Grupo Planeta S. A.

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