Ana Luisa Gandica Silva

MUJERES TRASCENDENTALES EN LA HISTORIA

DE LAS ISLAS DE  LA COSTA DE LAS PERLAS

ISABEL REINA DE CASTILLA Y LEÓN

Mural: Coronación de la reina Isabel I de Castilla y León.

 Autor: Carlos Muñoz de Pablos. (siglo XX).

 Ubicación: Iglesia San Miguel, Galera del Alcázar, Plaza mayor de Segovia, España.

La muerte del rey Enrique IV acaecida en altas horas de la noche del 11 de diciembre de 1474 en el Alcázar de Madrid, fue informada de manera inmediata a Segovia por don Rodrigo Ulloa, Señor de La Mota y Villavieco, quien cabalgando desde esa ciudad sin medir distancia, reventando caballos, llego a primeras horas del siguiente día para informarle a la infanta Isabel esa noticia y sobre la convocatoria de la viuda consorte Juana, para dilucidar lo relativo a la sucesión del trono de su hija del mismo nombre. Interrumpida en su descanso por don Gutierre de Cárdenas sobrino de Gonzalo Chacón, ella ordenó convocar, en esa fría noche de invierno, a una reunión inmediata, donde debían acudir los consejeros y al alcalde de la fortaleza y custodio del tesoro real, don Andrés Cabrera, quienes reunidos en unos de los salones de ese recinto aclamaron a Isabel como reina de Castilla y León.

Isabel consiente de la situación ordeno planificar las exequias de Enrique acorde con su investidura real y su inmediata proclamación como reina indiscutible de Castilla y León, que prevalecía sobre la cuestionada Juana “La Beltraneja». Por ello, debía adelantarse a cualquier situación ajena a ese derecho,  cuyo apremio no podía esperar la llegada de Fernando a Segovia, que se encontraba en Aragón defendiendo sus fronteras de las pretensiones francesas, lo cual no aseguraba un pronto retorno. Sobre ello, alguno de los presentes le razonaban a Isabel la ortodoxa primacía del hombre sobre la mujer, “Esposa sobre Reina”, aconsejándole esperar por el retorno de Fernando, cuya ausencia en su proclamación lo colocaría como rey consorte y no como rey de Castilla. Isabel atendiendo al arte de gobernar, antes de tomar una decisión definitiva, escuchó a sus asesores, pero como siempre tenía la última palabra. En este caso, sin ánimo de subestimar o irrespetar la majestad de su esposo, ni contradecir caprichosamente esas opiniones, decidió sin vacilar que debía adelantarse a la acción de sus detractores, no darles tregua. Por ello, permitir un vacío sobre la titularidad de esa monarquía era altamente riesgoso.

Isabel por la experiencia adquirida en el trascurso de sus estremecidos cinco años posteriores a su boda -1469- entendía que el poderío absoluto de la monarquía no residía en el origen de su legitimidad sino en su reconocimiento y ese reconocimiento necesitaba un acto efectivo. Y recordando viejos consejos del cardenal Pedro González de Mendoza y de su confesor, fray Hernando de Talavera, rememoró: Que la necesidad de constituir, tanto el relato como la simbología de un reinado era a través de la exaltación deliberada de la magnificencia de sus soberanos. Razonándole Talavera “El monarca se debe a sus súbditos, pero tiene que alzarse sobre ello.”

 Por lo tanto, el  día 13 de diciembre de 1474  la princesa Isabel abandonó el castillo y alcázar de Segovia recorriendo sus calles abarrotadas por una multitud expectante de nobles, caballeros, clericós, religiosos de la Ordenes de San Francisco y Santo Domingo y del pueblo llano, ansiosos de presenciar la proclamación de su legítima reina, la joven de veintitrés años, vestida tradicionalmente de luto con el color blanco, cabalgando sobre una ornamentada hacanea blanca, mostrando su majestad con en el uso de los símbolos de su poder, acompañada por nobles castellanos. Unos sujetaban las riendas de su montura, otros desplegaban la imponente cola de su vestido, mientras, otros sostenían el pabellón debajo del cual avanzaba por las calles de la ciudad con rumbo a Iglesia de San Miguel. Don Gutierre de Cárdenas como Contador Mayor del reino, Señor de Maqueda y comendador mayor de León de la Orden de Santiago, avanzando a caballo presidía la comitiva, empuñando en su mano derecha una espada desnuda cogida en alto por la punta, a la usanza española, en señal de confirmarse ante la vista de todos hasta de los más distantes, que se aproximaba la administradora de la justicia soberana. Arribado el sequito a su destino, Isabel pie en tierra tomó el pendón de Castilla y León, volteándose hacia los presente con un rostro sereno, demostrándoles su majestad afable, firme y determinante. Una vez, entrar en ese recinto sagrado, se desplazó por su pasillo central con pasos majestuosos donde los nobles presentes la admiraban con gran respeto y fervor. En ese trayecto, se regocijó por haber alcanzado sus objetivos ser esposa, madre y ahora reina. Al llegar al altar mayor se arrodillo, para rezar una sentida oración y posteriormente le entregó al representante del clero presente el pendón de Castilla y León en señal de servirle a Dios, a través de esa representación, pidiendo sabiduría para proteger a sus tierras castellanas y gobernar con probidad y justicia.

Celebrada la misa solemne en honor al alma de su hermano Enriques y cumplido el protocolo de esas exequias fúnebres, Isabel se dirigió a un estrado provisional colocado estratégicamente en un lateral del altar mayor de ese recinto, despojándose de su traje de luto, quedando a la vista su lujoso atuendo de seda bordado en filigranas de oro y posando su mano derecha sobre una cruz y los evangelios, juró solemne guardar las leyes del reino y cumplir con los mandamientos de la Santa Iglesia Católica, así como, añadió brindarle a su pueblo paz, justicia y prosperidad. El Concejo de Segovia le solicitó al Nuncio del papa Nicolás V confirmar las palabras de Isabel, que dando fe sobre esa veracidad, en un acto seguido fue proclamada reina de Castilla y León. Mientras los tambores, clarines y trompetas anunciaba ese acontecimiento, Isabel tomo asiento en su trono, siendo aclamada “Castilla, Castilla por Isabel” absorbiendo tan ansiado momento sin perder detalles contemplo a su primogénita Isabel de cuatro años de edad acobijada en las faldas de la amiga de todos los tiempos, Isabel de Bobadilla.

Los nobles presentes en ese acto de gran solemnidad en el orden de sus jerarquías le juraron a Isabel fidelidad con rodilla en tierra, reconociéndola como soberana y propietaria natural de esos reinos por ser la heredera legitima de su hermano Enrique, fallecido sin descendencia. Porque, la Iglesia había anulado la “Ceremonia de la Val de Lozoya” -1470- y sólo reconocía el Pacto de Guisando -1468- que, además había ratificado Enrique públicamente en Segovia en 1474, cuando con gran complacencia aceptó el matrimonio de Isabel con Fernando. Ceremonial ajustado al protocolo de Castilla, cuyos monarcas solamente eran proclamados y no coronados o consagrados como en otras monarquías.

Isabel al salir del templo de San Miguel, envestida como reina de Castilla y León se detuvo en su portón, para observar y ser observada por sus súbditos en ese acto trascendental de su vida, cuyo publico había esperado su salida afrontando la inclemencia de esa mañana de invierno, para aclamarla a viva voz: “Castilla, Castilla por Isabel.” Confiados esos súbditos en sus buenos oficios como monarca, que velaría por ese bien común con justicia, erradicando los males y excesos de la corte de Enrique IV.

Varias semanas después, el 2 de enero de 1475 llegó a Segovia su esposo Fernando, quien mientras subía con lentitud por la cuesta del alcázar entró por la puerta de San Martin, con la serenidad de su talento diplomático, reflexionaba sobre la habilidad de su esposa Isabel para justificarle su ausencia en su proclamación como reina de Castilla y León, cuyo hábil proceder nunca dejaba nada al azar en su bien avenida alianza matrimonial. Reviviendo los recuerdos de la primera vez, cuando se conocieron en el palacio de los Viveros en Valladolid -1469- donde había entrado de incógnito para conocer y desposar a una princesa en apuros, cuya unión definió sus destinos. Fernando con gran majestad presidido por el pendón real como príncipe heredero de Aragón y rey de Sicilia fue recibido con gran protocolo por Isabel, convertida en reina de Castilla y León. Sin embargo, ambos esposos no dejaron traslucir sus emociones a la vista de los noble presentes, tenían más de ocho meses sin verse. Fernando miro de manera intensa e Isabel, quien sin parpadear le sostuvo la mirada. Todos sin excepción, se mantenían expectantes ante cualquier muestra de indiscreción. Pero, ellos, con la compostura de sus linajes, no trasmitieron sentimientos alguno, esperando conciliar criterios en la intimidad. Efectivamente cumplidos los actos protocolares del día y recogidos en su recinto privado Isabel inició el tema pendiente por dilucidar, pretendiendo no mezclar sus deberes de reina con los sentimientos de esposa, le argumento a Fernando su proceder y en definitiva, Fernando conscientes de sus objetivos como jefes de Casas Reales, le respondió con un sincero pragmatismo y firme en sus peticiones. En definitiva Isabel había aprendido a conocer el gran temperamento de Fernando encontrando siempre el modo de hacerlo entrar en razón, cuando se trataba de rabia o resentimientos  y a su vez, Fernando sabía manejar su terquedad, apreciándola por su notable inteligencia cuyo singular proceder tenía la habilidad de plantear lógicos argumentos. Por esos efectos, dos semanas después, el 15 enero de 1475, firmaron la conocida “Concordia de Segovia” redactada por el cardenal Pedro González de Mendoza y el arzobispo de Toledo Alfonso de Acuña, acorde con las Capitulaciones Prematrimoniales suscritas en Cervera, Provincia de Lérida -1469-.

En consecuencia,  Fernando fue proclamado en el Alcázar de Segovia ese mismo 15 de enero de 1475 rey de Castilla por derecho de su mujer –Iure uxoris– como Fernando II de Aragón  reinando a la par de su señora, la reina Isabel I, ceremonial convalidado por los referidos personajes, el cardenal Pedro González de Mendoza, el arzobispo de Toledo Alfonso de Acuña y adicionalmente por don  Alonso Enríquez de Quiñones, III Almirante de Castilla y otros nobles de la Corte, quienes con esa nueva investidura real le juraron lealtad a Fernando.

Por lo tanto, en la “Concordia de Segovia” se forjó una alianza entre dos socios políticos que defendían sus respectivos intereses, aceptando Isabel en parte, las costumbres de la época, que contemplaba la supremacía del hombre sobre la mujer, pero sin renunciar a su indiscutible soberanía como reina de Castilla y León. Y en lo personal, ese acuerdo concilio una unión entre esposos bien avenidos, donde Isabel, le resarcía a Fernando su participación protagónica como hombre y marido. Porque al fin, ella manejaba los hilos del poder de la monarquía castellana y  de su matrimonio, conciliados entre sí con gran respeto y consideración.  Dos meses después producto de esa reconciliación amorosa, Isabel estaba nuevamente en cinta.

En ese Pacto, se establecía que Isabel como reina por derecho propio tenía la potestad de designar los cargos públicos, recibir juramentos de fidelidad, otorgar favores y mercede de sus súbditos castellanos sin la inherencia del gobierno aragonés; así como, el derecho de obtener de manera directa todas las rentas del reino; debiendo cada uno administrar los beneficios de sus dominios y cualquier saldo restante se utilizaría en común conveniencia; los beneficios eclesiásticos se concederían en común, pero en caso de conflicto decidiría la reina; las designaciones de los cargos de los funcionarios del reino se pactarían  por separado acorde con sus conveniencias. Fernando e Isabel tenían la potestad de impartir justicia, de manera indistintas o conjunta, no pudiendo anularse lo acordado por cada uno y, las designaciones de los  administradores de justicia quedaban bajo al arbitrio de ambos cónyuges, así como, la política exterior, la guerra y las rentas extraordinarias. Transigiendo, Isabel de manera sensible que el nombre de Fernando precediese al suyo en los documento oficiales, en la moneda, el sello y los pregones reales y, a cambio las armas de Castilla debía anteponerse a las de Aragón.

Acotando, que las coronas de Castilla y Aragón efectivamente se unieron, en la persona de Fernando, después del fallecimiento de su padre el rey  Juan II de Aragón el  20 de enero de 1479, casi finalizando la Guerra de Sucesión por el trono de Castilla. Porque no fue sino hasta  el 4 de septiembre cuando quedó proclamado como Fernando V de Aragón ya reconocido como Fernando II de Castilla.  Sin embargo, a Isabel I sólo recibió  el tratamiento de reina consorte, porque según la Ley Sálica vigente en ese reino únicamente un varón legítimo podía ostentar el cargo de rey. Sistema de nombramiento consuetudinario, donde sólo se entronaba al varón legítimo de mayor edad, cuyo documento esencial era el testamento del rey. En cambio existía el citado jure uxoris -por el derecho de su mujer- por el cual el varón consorte de una reina aragonesa sí se podía convertir en rey por el imprescindible hecho del mando militar. Sin embargo,  las Cortes de Calatayud, el 14 de abril de 1481 le otorgaron a Isabel como reina consorte de Fernando los mismos poderes que él había recibido en Castilla -1475-, quedando designada como corregente, gobernadora y administradora en los reinos de la Corona de Aragón.

Siguiendo el hilo conductor, sobre los acontecimiento acaecidos después de la muerte de Enrique, el 11 de diciembre de 1474, tres meses después los partidarios de Juana aún guardaban silencio, mientras negociaban con su descalificada madre, beneficios para sus señoríos. Ella como viuda consorte permanecía ocupando el Alcázar de Madrid bajo la merced del hijo primogénito del siniestro Juan Pacheco, cuyo heredero como nuevo marqués de Villena, Diego López Pacheco y Portocarrero, se atribuía esa predilección para alcanzar de forma ambiciosa mayor poder, como en efecto lo había obtenido su padre del difunto monarca. Villa, que si bien se negó a reconocer a Isabel como reina de Castilla tampoco proclamo a Juana como sucesora de ese trono. Por esos efectos, los inescrupulosos partidarios de Juana se agruparon en torno a Alfonso V rey de Portugal, pretendiente rechazado por Isabel, que en ese presente se había comprometido en matrimonio con su sobrina Juana, que le proporcionaba bajo ese sentimiento filial, su verdadero fin político hacerse del poder del codiciado reino de Castilla y León. Porque, reconocida Juana como reina de Castilla quedaría sometida a su dominio como su consorte. Y en otro orden, pero no menos importante, Portugal y Francia se sentían amenazados por la unión de las monarquías de Castilla y Aragón, cuyo desenlace a favor de Isabel y Fernando, les concedería un gran poder en esa península y en el área mediterránea.

El rey Alfonso V de Portugal por los referidos motivos le dio inició a la Guerra de Sucesión por la corona de Castilla el 10 de mayo de 1475 entrando en ese territorio por la locación de Extremadura bajo la seguridad de don Álvaro de Estuñiga, conde de Plasencia, en cuyos dominios fue acogido el 25 de mayo de  1475 y, donde Alfonso -47 años- y su sobrina Juana -15  años, se desposaron sin la dispensa del papa Sixto IV, otorgada posteriormente y anulada en 1478. Siendo proclamados por los presentes como monarcas de Castilla, jurándoles lealtad los mismos cortesanos castellanos que en el pasado habían desconocido a Juana como hija legítima de Enrique, estigmatizándola con el despectivo mote de “La Beltraneja.” Pero, en  ese presente convenientemente la reconocían como reina de Castilla y consorte de Portugal. De seguida Alfonzo con su ejército lusitano y partidarios castellanos, se dirigió a la ciudad de Arévalo, con intención de dirigirse a Burgos, pero ante la oferta de enlazar sus fuerzas con las tropas francesas enviadas por su aliado, el rey Luis XI de Francia, regresó a Arévalo donde en conjunto marcharon a la villa de Toro en la provincia de Zamora, enfrentándose a Fernando, quien en ese primer combate fue vencido.

Isabel y Fernando instalaron su corte en Tordesillas, conscientes del futuro inmediato, se concentraron en fraguar un detallado plan para adelantarse a sus potenciales enemigos, cuyo recién reinado castellano requería de un fuerte liderazgo político y militar donde ambos debían compartir responsabilidad, actuando coordinadamente. En dicho plan, se acordó que indiscutiblemente Fernando estaría al frente del Consejo de Guerra liderando el orden militar. Isabel por su parte, cumpliría  funciones de Intendente General del Ejército, debiendo conseguir los recursos necesarios para  cubrir esos onerosos gastos; así como, organizar los hospitales de campaña en los campos de batalla para atender a los heridos; realizar actividades diplomáticas con el Vaticano y con otros reinos para conseguir apoyo logístico, firmar alianzas, mercedes y perdones. Sin limitarse de acudir a los campos de batalla para apoyar a su esposo en su logística y estimular con su presencia la valentía  a sus súbditos.

Concentradas en Tordesillas las fuerzas de los partidarios “Isabelinos” se comenzaron a recibir los apoyos solicitados y la reagrupación de todos los nobles caballeros venidos desde distintas villas de Castilla, que después de haber coordinado sus operaciones, portando con gran preminencia el pendón de Castilla y León, arengados por su reina, bajo el liderazgo de Fernando se dirigieron a la villa de Toro en la provincia de Zamora donde enfrentaron al contingente portugués del rey Alfonso que contando con el apoyo de los francés, fueron rodeados por  dos frentes, sin posibilidad de triunfo alguno. Apremiante situación, que conllevo a Fernando a ordenar una inmediata retirada, replegándose a Tordesillas. Salida prudente y sensata. Sin embargo, Isabel furiosa, por ese resultado, que prefería la fatalidad ante la vergüenza, recrimino esa decisión. Fernando imponiendo su autoridad y experiencia como militar veterano, se impuso ante tal cuestionamiento, razonándole a Isabel que en la guerra se afrontaban  triunfos y derrotas. Y cuando las condiciones no eran favorable para asegurar un triunfo, la sensatez indicaba un repliegue, para evitar bajas de vidas. Porque, sólo se había perdido una batalla más no la guerra. Esa fue una más de la desavenencias afrontadas por esos esposos durante esa acción bélica.

                        Disponible: https://www.google.com.

El bando  “Isabelino” estuvo integrado por: La Corona de Aragón, la mayor parte de la nobleza castellana, la poderosa Casa de Mendoza, la familia Manrique de Lara, el duque de Medina Sidonia, el ex valido Beltrán de la Cueva, la Orden de Santiago y, la Orden de Calatrava excepto su maestre. El rey nazarí Abu al Hasan Alí el 17 de noviembre de 1475, firmó un tratado de paz con Isabel y Fernando, ofreciéndole  además, prestarles ayuda en la región de Córdoba en contra de los partidarios de Juana. Y por el bando el “Juanista” estaban: Portugal, Francia y parte minoritaria de la nobleza castellana y por el arzobispo de Toledo, Alfonso de Acuña que de manera desacertada abandonó a Isabel. Así como, por integrantes de la familia Estúñiga, la Casa de Pacheco, el marqués de Cádiz y el maestre de la Orden de Calatrava.

Fernando e Isabel  no dejaban nada al azar, porque mientras él defendía en el norte las fronteras de Aragón y Navarra del invasor francés, como buen estratega de rey-guerrero no descuidaba la mayoría de las mesetas conquistadas en Castillas, cuyas batallas épicas superaban con creses la derrota sufrida en su primer encuentro con el ejercito lusitano y su aliado galo. En consiguientes memorias continuó logrando grandes victorias, imponiendo y  blandiendo el blasón de la Castilla y León sobre el derrotado Portugal. Ella a su vez, cumpliendo con los servicios a su cargo, también  se encargaba de divulgar con gran preminencia esos resultados bélicos por todos los rincones de Castilla, logrando adicionar seguidores y beneficiosas alianzas.

La tenacidad e incansable voluntad de Isabel la impulsaban a incursionar de manera directa en esa Guerra de Sucesión donde se dilucidaba su destino y el de Castilla. Sin términos de tiempo ni distancias cabalgaba por ese amplio territorio acompañada de valerosos seguidores, donde su presencia era requerida. En ese sentido, se destacó la incursión realizada en el verano de 1477 cuando decidió ponerle compostura al díscolo sur, importante para sus planes, al efecto, se dirigió a Extremadura y Andalucía donde imperaba una anarquía, aprovechada por los señores locales para gobernar a sus anchas. Arribada a Granada, apreció la fertilidad de esas tierra dotada de grandes riquezas y el 24 de julio de 1477 y trajeada con lujosas galas encabezó un sequito de damas, decenas de mozos, pajes, músicos y de un considerable grupo de oficiales reales acompañada por el poderoso duque de Medina Sidonia, Enrique de Guzmán. Comitiva que, entró a la ciudad de Sevilla por la puerta de la Macarena, que abrumada por el calor de la época tardó más de tres horas en llegar al Alcázar en cuyo frente se encontraba la catedral de Santa María de la Sede, quedando impresionada por la hermosa belleza de su torre campanario llamada “la Giralda”, cuyo barrio judío de Santa Cruz bullía a esa espalda. Ella honrando su poder durante ese largo verano realizó una ingeniosa labor de Estado, poniéndole fin a los desmanes denunciados, sometiendo a los nobles andaluces y con pequeñas incursiones bélicas sometió a los partidarios de Juana, concediendo tediosos pactos y regalías, asegurando esa región a su favor.

Los enfrentamientos entre los bandos “Isabelino” y “Juanista” se sucedieron por tierra y por mar desde 1477  hasta 1479, que a pesar de un efímero éxitos alcanzado inicialmente por el rey Alfonso de Portugal. En definitiva esos lusitanos sucumbieron ante el ejército castellano-aragonés comandado por Fernando, cuando en la batalla de Toro librada en las inmediaciones de dicha localidad, -actual provincia de Zamora-, quedo determinado el 1° de marzo de 1479, el  triunfo contundente de Isabel de Castilla y  Fernando de Aragón sobre  Alfonso de Portugal.   

Por ese efecto, los nobles castellanos del bando de “Juanista” se fueron plegando al bando “Isabelino”, desintegrándose el partido de los vencidos, regresando Juana, Alfonso y  su ejército  a Portugal. Quedando reducido ese conflicto en algunas  escaramuzas y algaradas a lo largo de la frontera lusitana y detenida la guerra naval por el control del comercio atlántico. En total tres guarniciones portuguesas se rindieron ante Fernando: Zamora, Toro y Cantalapiedra, así como,  unas fortalezas tomada por Portugal, en terreno castellano fueron reconquistadas por el bando “Isabelino”, entre otras: Castronuño, Sieteiglesias, Cubillas Villalonso, Portillo y Villalba. Durante esa Guerra las batallas en tierras fueron destacadas por el triunfo del ejércitos” Isabelino”, los lusitanos lograron mayores victorias en enfrentamientos marinos. Pero como se indicó en definitiva fueron los partidarios de Isabel y Fernando, quienes ganaron de manera definitiva la Guerra de Sucesión por el reino de Castilla, quedando reconocido de manera incuestionable y definitiva como monarcas de Castilla y León.

Las primeras conversaciones sobre un Tratado de Paz se adelantaron entre la reina Isabel de Castilla y su tía materna Beatriz de Portugal, en el castillo de Alcántara, entre el 20 y el 22 de marzo de 1479, cuya falta de conveniencia, posteriormente, le dio origen al “Tratado de Alcáçovaso” o “Paz de Alcazobas”, el cual fue convenientemente redactado por el jurista canciller de la Orden de Santiago y rector de la Universidad de Salamanca, don Rodrigo Maldonado de Talavera quien en definitiva lo suscribió en nombre de Isabel y Fernando, conciliado y aceptado en nombre de Alfonso V de Portugal y su heredero el príncipe Juan por el barón de Alvito João Fernandes da Silveira, donde se  formalizó el triunfo  “Isabelino” sobre los “Juanista”, firmado  el 4 de septiembre de ese año de 1479 en la villa portuguesa del mismo nombre. Posteriormente, fue ratificado por la monarquía de Portugal el 8 de septiembre de 1479 y por los reyes de Castilla y Aragón en Toledo, el 6 de marzo de 1480. En ese Tratado se acordó principalmente:

  • Se declaraba la paz entre los reinos de Portugal y el de Castilla y Aragón, con lo cual se concluían las hostilidades de la Guerra de Sucesión Castellana -1475-1479-. Alfonso V y su consorte Juana renunciaban a ese trono, reconociendo a Isabel y Fernando como sus legítimos monarcas y a cambio, ellos lo hacían sobre Portugal.
  • Se repartían los territorios del océano Atlántico entre Portugal y Castilla. Portugal obtenía el control sobre sus posesiones de Guinea, Elmina, Madeira, las Azores, Flores y Cabo Verde. Y a Castilla se le reconoció la soberanía sobre las islas Canarias.
  • Se reconocido el impuesto denominado el quinto real percibido por Portugal en los puertos castellanos, incluyendo a los barcos que hubiesen zarpado hacia la Mina de Oro antes de la firma de este pacto.
  • Se le reconocía a Portugal la exclusividad de la conquista del reino de Fez.
  • Juana decidió acogerse a la vida religiosa en el Monasterio de Santa Clara de Coimbra en Portugal, permitido por el papa el papa Sixto IV que anuló la dispensa concedida en 1478.
  • Se concentró la boda de la primogénita de los reyes Fernando e Isabel, la infanta Isabel -1470-1498-con el primogénito de Juan II de Portugal, bautizado con el mismo nombre de su abuelo, el infante Alfonso -1475-1491-. Guardados ambos niños «en régimen de tercerías.» Aportando la novia una dote equiparada a una indemnización pagada por Castilla y Aragón a Portugal por daños sufridos en la Guerra de Sucesión.

Después de esa victoria Isabel ordenó organizar fiestas de acción de gracia por todo el reino de Castilla. Decidiendo Isabel y Fernando dedicarse de manera inmediata a iniciar la reorganizar de sus afianzados dominios con bases sólidas en el universo de una monarquía moderna, bajo los principios doctrinales de “Verdad, Paz y Justicia.”  Así como, juraron a su hija Isabel como princesa de Asturias ante las Cortes de Madrigal de Las Altas Torres como heredera a esa corona, lugar de nacimiento de Isabel, rememorado como un sitio simbólico en la historia. Y a los efectos, inmediatos constituyeron las Cortes de Madrigal o Santa Hermandad, especie de policía prevista para brindarle seguridad a los transeúntes en los caminos castellanos y mantener el orden público, cuyos desajustes generados por la Guerra de Sucesión habían permitido la  proliferación de criminales, rebelde, ladrones y otros indeseables.

 Entendiendo Isabel y Fernando, que faltaba un largo camino con recorrer donde afrontarían  adversidades y retos, pero también, recibirían satisfacciones y triunfos, cuyos destinos unidos en un mismo horizonte estaba dirigido a unir ese territorio peninsular en una sola entidad, España, convertida en el espejo ejemplarizante de Europa. Y cuyas memorias por lo extenso de la temática se continuaran narrando, donde LAS MUJERES TIENEN UNA HISTORICA QUE CONTAR …

Biografías Consultadas:

AZCONA Tarsicio de (2017) Isabel La Cató-lica. Vida y Reinado. Madrid, España: La Esfera de los Libro, S. L. Tercera Edición.

BALLESTEROS BERETTA, Antonio (1941) Fernando el Católico, el mejor Rey de España.  Madrid, España: Publicación del Ministerio del Ejército de España.

CASTILLON PUIG, Cristina (2022) Isabel La Católica. España: RBA Coleccionables, S.A.U. Primera Edición. SUÁREZ, Luis (2022) Isabel I Reina. Premio Nacional de Historia.  Editorial: Planeta, S.A. Primera Edición.

COLMERIO, Manuel (1818-1894) Cortes de los antiguos Reinos de León y de Castilla. Madrid, España: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999. Edición digital (en formato HTML).

FERNÁNDEZ y GONZÁLEZ, Manuel (1921-1888) Doña Isabel la Católica. Madrid, España: Establecimiento tipográfico de A. Vicente.

HERNANDO POLO, Cristina (2018) Isabel La Católica. Grandeza, Carácter y Poder. Madrid: Editor: Santos Rodríguez. Ediciones Nowtilus S.L. Tercera Edición.

SUAREZ, Luis. (2000) ISABEL I REINA. Premio Nacional de Historia. Primera Edición.  España: Editorial Planeta, S. A.

ZABALA, José María.  (2014) Isabel Intima.  Las Armas de la Mujer y Reina más Célebre de la Historia de España. Madrid, España: Editor: Grupo Planeta S. A.

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