Juan José Prieto L*
Alexnat era escritor y en contadas ocasiones escribía poesía. Vivía solo con su perro, un pastor alemán llamado Brutus, en lo más alto de una sierra, nevada todo el año. Un matrimonio fallido lo obligó a refugiarse en la nada de una extensa cadena montañosa en Bosnia, donde el gris envolvía el blancor de las cúspides. Pocas veces bajaba al pueblo más cercano Varu, a comprar las provisiones para su largo claustro. Allí conoció a Zaltik, una hermosa joven de piel blanca, pómulos rosados por el frío y un pelo largo amarillo hasta la mitad de su espalda. Ella no conocía a otro hombre que no fuera a los que a diario compraban en la tiendita de su padre. Jamás había sido tocada, besada ni mimada por un hombre que no fuera su padre.
Alexnat se enamoró nuevamente y verla cada semana se convirtió en una ansiedad gratificante para su espíritu solitario. Luego de muchos meses de coqueteo de parte y parte Alexnat le propuso vivir juntos. Su padre aceptó aquella relación a regañadientes, sin embargo su bendición sellaba la unión aun sin el riguroso matrimonio. Así que ambos iniciaron una vida juntos convencidos que la felicidad existe, sobre todo él celebraba que aun a su edad de nuevo el rostro de una mujer iluminaba su corazón. Cierto día Zaltik le insinuó que aspiraba un poco más de atrevimiento en la intimidad, que quería explorar otras razones de tentaciones corpóreas. Su pasado sexual lo remitió a su juventud cuando a su exesposa le propuso llevar vestidos cortos ajustados al cuerpo y no llevara pantaletas mientras estuviera en la casa.
Zaltik se compró varios de esos vestido que se ceñían a su escultural cuerpo, pero había uno, estampado con flores de colores muy vivos que estaba segura lo impactaría porque él hacía mucho tiempo que no miraba más que blanco y gris. “Mañana cuando estés escribiendo muy temprano en la mañana te sorprenderé y nos amaremos todo el día”. Le dijo sin titubeos.
Tanta libertad de Zaltik ya le sorprendía, así que esa noche apenas si pudo conciliar el sueño esperando el amanecer. Cuando imaginó que estaba cerca el alba se levantó, preparó el café y se encerró en su estudio. Apenas clareaba Zaltik abrió la puerta sin antes tocar y entre la bruma acostumbrada a vivir entre los estantes de libros y el tenue fuego de una chimenea vio que la cabeza de Alexnat yacía sobre unos papeles escritos a mano. Corrió hacia él pero no despertó jamás. En uno de los papeles estaba escrito:
Poemario
“Zaltik: mi última ilusión”
Juan José Prieto Lárez*

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