Manuel Avila

De mareras y lecheras hay mucho que hablar en un pueblo de Los Robles donde reinaron La Corneta de Postola, Isaías, La Negrita de Bocho, Catalina, Carlita y Avelina. Con la mara y un rodete de tela para soportar el peso sobre su cabeza las mujeres margariteñas hacían el trabajo de la venta de productos agrícolas, botellas de leche y para cargar leña o agua. Eran los tiempos de las mareras que apeltrechaban de productos sus maras y recorrían las calles de Los Robles voceando los productos
Las mareras de Los Robles y otros pueblos de Margarita tenían tanto equilibrio en su proceso de carga que llevaban al compás del movimiento y su paso por la vida.
La leche de vacas y chivas que se producía en Los Robles se producía en los conucos de Antonino Caraballo que estaba ubicado en el Hato Mundo Nuevo o Hato de Los Caraballo en la casa colonial que se ve desde la carretera entre Los Robles y La Asunción al frente de San Fernando y que esta producción de leche de vaca la continuaron por años Apolinar Caraballo y que la siguieron sus hijos Asdrúbal, Lili, Marucha y Teo por años y Rafael Caraballo que tuvo su producción de leche por herencia familiar es sus tierras ubicadas cerca de Urbanización Higinia Caraballo. También producía leche Gil en los predios de Los Chacos. También se tiene conocimiento que se producía leche de vaca por los lados de Punta Brava, pero no se tiene precisión quiénes eran los productores del blanquecino líquido que era la lecha que mantuvo por años los nutrientes para la población infantil de Los Robles.
De lecheras robleras debemos hablar largo y tendido porque en primer lugar hay que ubicar donde había vacas y chivas que era donde se producía leche. El principal centro de distribución de leche de vacas y chivas estaba ubicada en el Hato Mundo Nuevo donde por años Antonino Caraballo y sus hijos criaron ganado para la venta y vendían la lecha y los cueros de los animales sacrificados para la manutención del pueblo, la leche elemento nutricional para niños, jóvenes y ancianos y el cuero para sillas, instrumentos musicales y para fabricar muebles.
En Los Chacos Gil tenía vacas y era la Corneta de Postola la encargada de repartir la leche en botellas de vidrio tapadas con corcho o con tela para vender un producto que por venir de la vaca requería de cocción. Esa mara de la Corneta de Postola venía full hasta la coronilla y ella en su caminar dibujaba la personalidad de la vendedora que tenía mucha similitud, no solo en la forma de caminar, sino que Gil y La Corneta hablaban un castellano enrevesado producto de la escasa formación que hacía inteligible la comunicación con la gente de su pueblo. El color de la piel de estos personajes era de un negrito profundo que los hacía distintos del resto de los mortales. A Gil y la Corneta de Postola personas del campo procedentes de Los Chacos los robleros siempre respetaron y trataron con la mayor consideración por su comportamiento y su forma de actuar.
De Los Chacos llegaban a Los Robles la mara de La Corneta de Postola que venía cargada de leche pura en botellas de litros que era su fuerte porque era una leche blanquecina que servía para dar buenos nutrientes a sus descendientes”.
La leche que vendía Isaías Mago que vivía con Domingo Jiménez procedía de la producción de Rafael Caraballo que le daba las botellas de leche a Juana la de Masunga que por años fue su pareja y se residenció en la casa con Domingo Jiménez e Isaías. Juana la de Masunga tuvo con Rafael sus hijos Libia Mendoza Caraballo, Morela y Marinés.
Otra vendedora de leche fue la marera Avelina Ferrer la mamá de Nelson Avila el curandero de Los Robles que estuvo en la Goajira en tierras zulianas por muchos años aprendiendo el oficio de curandero y cuando regresó se convirtió en el curandero de Los Robles. Dicen que Avelina es el personaje central de Jesús Avila en su canción El Gallo de Pascualita porque Jesús se sentaba en una silla a rasguñar su guitarra en la puerta de la bodega de Pascuala Martínez y su tío Eulogio los dos ciegos que atendían la bodeguita ubicada en la esquina de la Plaza Bolívar de Los Robles y veía pasar a la mujer que venía desde El Tamoco con aquella mara cargada hasta el tope con botellas de leche de vaca, gallinas criollas vivas, pepinos, frijoles, quimbombó, ajíes, tomates margariteños, huevos criollos, berenjenas. Eran los tiempos de las mareras y las lecheras de Los Robles que surtían al pueblo de los productos que no podía ir a comprar al Mercado Viejo de Porlamar por la distancia, el transporte y una economía que no permitía hacer muchos gastos.
Las mareras y las lecheras de Los Robles tuvieron su época al igual que las vendedoras de pescado que por años surtían al pueblo con sus bateas repletas de pescado fresco que traían de Playa Moreno para la venta en el pueblo. Ese modelo ya pasó y es muy raro ver en los pueblos de Margarita a las mareras que recorrían las calles ofreciendo productos para el consumo diario.
La vestimenta de las mareras era a la vieja usanza con traje largos, moños tejidos, chinelas por zapatos y sus flores que no le faltaban para completar el atuendo de aquellas valiosas mujeres que tanto le dieron a la economía de la época. Llamaba poderosamente la atención el equilibrio de las mareras para sostener esas maras pesadas en su cabeza sin que se le cayera en algún momento.
Orgullosos de nuestras mareras y lecheras y por eso un homenaje póstumo a Isaías Mago, la Corneta de Postola, Avelina, Catalina, Angelita Lunar y a todas las mujeres que con su labor permitieron el crecimiento de una economía donde la pobreza era parte de la Margarita de ayer.

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