A Pachico Rodríguez  
               Juan J. Prieto L.*
Su rostro. Parecía a punto de romperse con apenas un soplido. Las líneas de su frente eran un libro con páginas hechas de piel. Un libro remoto, amarillento. Era también menuda. Tanto, ni para tocar, siquiera, las flores del Santo. Su andar por la vida era obvio en la curvatura de su espalda por el mucho oficio. Un camisón estampado con capullos a medio luto y una delgada fusta para amoldarlo a su flacuchenta cintura denotaba su imparcial ostentación de lucimiento corporal, mucho menos por la vestimenta de sus cuatro huesos.

Es Viernes Santo y el luto es un obsesivo hábito por redimir las penas ante la muerte de Jesús, el hijo de Dios y su intempestiva muerte. La viejecita no era ninguna debutante en el ritual sacramentado previo a la salida de la mortuoria imagen del Convento de San Francisco a las diez de la mañana. Todos los años cumplía con su penitente cita. Esta vez el tiempo la sorprendió en sus quehaceres, entre horas y minutos que nunca retornan. Llegó con la mirada pendiente de mirarlo, abriéndose paso entre la concurrida aventura por cumplir con su fe, nuestra fe. El polen de las flores frescas alentaba estornudos mudos en señal de respeto. El prodigio de tocarlo se le dilató cuando en hombros de los cargadores el marcial paso iniciaba su derrotero por salir al pueblo, llevando hacía rato el sol encima de sus cabezas
En medio de la incómoda impotencia recurrió a un Padre Nuestro como disculpas, y poder recuperarse de su angustiosa tardanza. Se ha vuelto tradición atajar la procesión en el umbral de la salida norte, para encajarle con máxima precisión la tapa del ataúd donde Jesús yace acostado con sus esplendidos arreglos. Justo ahí es cuando el amigo Francisco “Pachico” Rodríguez, quien lleva años en los menesteres como cargador, ayuda que las esquinas calcen con justeza en el resto del maderaje. Cuando baja de la silleta que lo hizo tomar altura, coincide con la marcha de la viejita. Ella, ante el acto de gracia del feligrés Pachico le soba el brazo derecho, besa su mano y se persigna, al tiempo que le susurra al oído: “señor hago esto porque estuvo cerca del santo, lo que este año no pude hacer. Usted está bendito, por eso es que lo toco”.
*Periodista

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *