Ana Luisa Gandica Silva

MUJERES TRASCENDENTALES EN LA HISTORIA DE LAS ISLAS DE

LA COSTA DE LAS PERLAS

LA REINA NEGRA DE MACANAO

                                            Imagen: Mujer negra.

La esclava negra africana Guiomar o Guymar laboraba en la granjería de perlas de la isla de Cubagua, quien  logró articular em 1603 un levantamiento en contra del despotismo español conocido como la Rebelión de la Reina Negra de Macanao,” que superando  la  barrera marina hacia tierra firme, con un importante contingente de tiranizados compañeros africanos y aborígenes,  arribó  a la ciudad de Cumana, otrora Provincia de Andalucía y Paria, donde con otros evadidos locales, todos “cimarrones,”[1] constituyeron un cumbe,[2] en la «frondosa selva del Tataracual» actual estado Sucre. Rebelión conocida en los anales patrios como la primera insurrección liderada por una mujer en estas latitudes del Nuevo Mundo. Parte de esas notas fueron tomadas de la exposición del historiador margariteño el Doctor Heraclio Narváez en la Conferencia dictada el 25 de marzo de 2014 en la sede de la Universidad de Margarita -UNIMAR-, conjuntamente con la Academia de Historia del estado Nueva Esparta, -AHENE-

Haciendo memorias, el inició de la etapa de la colonización española en la insularidad de Cubagua, La Margarita y Coche, es colocada por la mayoría de los historiadores en 1500, cuando se prevé que esos extranjeros comenzaron a explotar los fondos marinos de Cubagua, instalándose inicialmente de manera precaria en la isla de Cubagua, logrando con los tiempos mejorar sus condiciones de vida por el apoyo brindado por los autóctonos guaiqueríes, quienes desde la isla de La Margarita les suministraban los insumos necesarios para sobrevivir en esa desértica Isla. Cordialidad manifestada por esos nativos desde su primer contacto con esos extranjeros, cuando arribaron a esas latitudes el 15 de agosto de 1498 en la tercera expedición del Almirante Cristóbal Colón. Quedando impresionados esos navegantes por la proliferación de perlas utilizados por esos nativos en su ornamentación, quienes aprovechando su  ingenuidad, les cambiaron trozos de lozas de colores por sus perlas, siendo informados adicionalmente de haber arribado al lugar donde abundaban esos hostales, lo cual avivo la codicia de explotar esas riquezas por parte de esos europeos.

Situación, que tomo otro rumbo cuando esos mismos colonos afianzados en esta Tierra de Gracia con la voracidad de obtener grandes beneficios de esos caudales perleros, aprovechando los conocimientos de los guaiqueríes sobre la ubicación y forma de extraer esos hostales, pretendieron esclavizarlos.  Enrique Otte ((1977) en su afamado libro Las Perlas del Caribe: Nueva Cádiz de Cubagua, refirió, que esosplaceres de perlas se hallaban en lugares profundos: “Se crían en lugares hondables, e no en baxos, e a quince e veinte baças” cuyos pozos o hoyos eran distinguidos por esos nativos  como “xagueys” formados en los cantiles del mar, donde se alimentaban de  las ovas o cebas, lo cual al comerlas generaba un ruido, cuyo “… ≪cuchicheos de las ostras ayudó a los indígenas a localizar los bancos perleros.[3]

Los atroces desmanes cometidos en contra de los aborígenes Guaiquerí fueron de tal magnitud, que el religioso fray Bartolomé de las Casas acudió ante la reina Isabel I de Castilla y León “La Católica” a quien ella los había distinguido como: “sus caros, nobles y leales Guaiquerí” declarándolos sus súbditos reales, en consecuencia,  no podían ser esclavizados ni estaban sujetos al régimen de encomienda. Emitiendo al efecto entre los años 1501 a 1503 varias Cédulas Reales, fijando como norma general, la protección y libre albedrío de esa etnia. E incluso así, se los exigió a sus descendientes en el Codicilo de su Testamento -23-11-1504-, donde les requirió: “No consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, más manden que sean bien y justamente tratados.”[4] Posición ratificada por su nieto el Rey Carlo I de España -1516-1556- que ordenó: “tratar a los indios como vasallos libres de Su Majestad.”  Así como, por su bisnieto Felipe II -1556-1598- y ratificado por los subsiguientes herederos de esa monarquía, que consideraron a los Guaiquerí como: «lo bien que le han seruido con fidelidad y lealtad en todas las ocasiones que se han ofrecido”,  según lo recogido entre otros por el historiador Antonio Vázquez de Espinosa (1948) en su libro Compendio y Descripción de las Indias Occidentales.[5]

El historiador Richard Konetzke (1993) en su Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispanoamérica. (1493-1810) en el aparte América latina, La época colonial, resume el criterio y las mejores intenciones de esa reina, Isabel I de Castilla y León “La Católica”,  así: “… nos ha sydo fecha relación que de la pesquería de las perlas averse fecho syn la buena Orden que convenía; se han seguido muertes de muchos indios y negros, mandamos que ningún yndio libre ea llevado a la dicha pesquería contra su voluntad so pena de muerte. (…) estimamos en mucho más, como es razón, la conservación de sus vidas que el interés que nos puede venir de las perlas.[6] 

Por ese efecto, la Corona de Castilla para no detener la comercialización del fructífero comercio perlero en las islas de Cubagua y La Margarita  autorizó mediante diversas las Cédulas Reales a los “Señores de Canoa”[7] a comprar esclavos africanos. En consecuencia, se inició de manera formal ese lucrativo negocio, el cual era explotado por: holandeses, franceses, ingleses y portugueses, absteniéndose España de ejercerlo de manera directa, pero obteniendo grandes beneficios por el impuesto cobrado sobre esos ingresos a esos dominios ultramarinos. Conveniente decisión, que le permitió a esos explotadores utilizar a ese elemento africano a su mejor conveniencia en esas concesiones de perlas, evitándose desavenencias con España y con la Iglesia Católica, que los consideraba como carentes de “alma.” En consecuencia, “objeto de compra-venta.” Situación que generó protecciones para esos nativos guaiqueríes y la especulación indiscriminada del comercio de esclavos africanos a estas latitudes insulares.

Por esos efectos, la trata de esclavos negros africanos en este Nuevo Continente, desencadenó un incremento de ese mercado, supliendo las vacantes del autóctono, resultando en definitiva más aptos para el trabajo por disponer de una fortaleza física, superior al aborigen, e inmunes a las enfermedades tropicales o epidemias procedentes de Europa. Por lo tanto, ese africano fue explotado por el colonizador sin mesura como una cosa “desechable.”

A pesar de los esfuerzos de muchos historiadores, entre otros, por los reconocidos: Ermila Troconis de Veracoechea, Federico Brito Figueroa, Miguel Acosta Saignes y Francisco Castañeda Malavé,  aún se desconoce a ciencia cierta el desarrollo de la trata de esclavos traídos desde África hacia esta Región Insular, por lo complejo de su cuantificación, causada por las destrucciones de los asientos de esas licencias y de los contratos jurídicos establecidos con la “Casa de Contratación de Indias”[8],  los cuales posiblemente fueron destruidos durante las guerras de Independencia en el siglo XIX o eliminados intencionalmente, para borrar los vestigios de tan vergonzoso mercado. Debiendo tener en consideración, que mucho de los arribos de esclavos a esta insularidad fue por la vía del contrabando o por el ingreso de prófugos de otras regiones. Dicha organización mercantil, enlazó tres continentes Europa, África y América, siendo esta última la de su mayor mercado.

Los abusos, por parte de los colonizadores sobre la forma como utilizaban a los esclavos negros africanos es considerado por varios autores como el sinónimo de la “explotación humana” y la forma como explotaron las riquezas de estas latitudes del Nuevo Mundo como “depredadores ambientalistas”, siendo el mayor exponente de la defensa de los  primeros, fray Bartolomé de Las Casas, quien luego de enterarse detalladamente sobre la forma deshumanizada como eran tratados esos infelices en las explosiones perleras de los fondos marinos de la isla de Cubagua, cuyos indios traídos de otras latitudes suplían a los autóctonos guaiqueríes, trato por varios medios de denunciar tales excesos ante la Corona de España. Pero cansado de ir y venir sin encontrar respuestas efectivas a sus denuncias, decidió escribir en 1542 la “Brevísima relación de la destrucción de las India” donde califica esa explotación humana, como: “no hay vida infernal y desesperada en este siglo que se le pueda comparar.”[9]  

En esa obra, fray Bartolomé de Las Casas le dedica el Prólogo al príncipe de Asturias Felipe -futuro rey Felipe II-, indica detalladamente la forma atroz como esos esclavos eran manipulados en esos menesteres perleros, el cual fue entregado  al rey Carlos I de España y al Consejo de Indias, puntualizando: “La tiranía que los españoles ejercitan contra los indios en el sacar o pescar de las perlas es una de las crueles y condenadas cosas que pueden ser en el mundo. No hay vida infernal y desesperada en este siglo que se le pueda comparar, aunque la del sacar el oro en las minas sea en su género gravísima y pésima. Métenlos en la mar en tres y en cuatro y cinco brazas de hondo; desde la mañana hasta que se pone el sol están siempre debajo del agua, nadando sin resuello, arrancando las ostias (ostras) donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas llenas a lo alto, y a resollar, donde está un verdugo español en una canoa o barquillo, y si se tardan en descansar les da de puñadas y por los cabellos los echa al agua para que tornen a pescar. La comida es pescado, y del pescado que tienen las perlas, y pan cazabí y algunos maíz (que son los panes de allá), el uno de muy poca sustancia, y el otro muy trabajoso de hacer, de los cuales nunca se hartan. Las camas que les dan a la noche es echallos en un cepo en el suelo por que no se les vayan. Muchas veces zabúllense en la mar a su pesquería o ejercicio de las perlas y nunca tornan a salir, porque los tiburones y marrajos, que son dos especies de bestias marinas crudelísimas que tragan un hombre entero, los comen y matan. Véase aquí si guardan los españoles que en esta granjería de perlas andan desta manera los preceptos divinos del amor de Dios y del prójimo, poniendo en peligro de muerte temporal y también del ánima, porque mueren sin fe y sin sacramentos, a sus prójimos, por su propia cudicia. Y lo otro dándo les tan horrible vida hasta que los acaban y consumen en breves días, porque vivir los hombres debajo del agua sin resuello es imposible mucho tiempo, señaladamente que la frialdad continua del agua los penetra, y así todos comúnmente mueren de echar sangre por la boca, por el apretamiento del pecho que hacen por causa de estar tanto tiempo y tan continuo sin resuello, y de cámaras (diarrea)que causa la frialdad. Conviértense los cabellos, siendo ellos de su natura negros, quemados como pelos de lobos marinos, y sáleles por las espaldas salitre, que no parecen sino monstruos en naturaleza de hombres, o de otra especie. En este incomportable (intolerable) trabajo, o por mejor decir ejercicio del infierno, acabaron de consumir a todos los indios lucayos que había en las islas cuando cayeron los españoles en esta granjería (cayeron en la cuenta de que había esta posibilidad de lucro), y valía cada uno cincuenta y cien castellanos, y los vendían públicamente, aun habiendo sido prohibido por las justicias mesmas (aunque injustas por otra parte)( jueces injustos), porque los lucayos eran grandes nadadores. Han muerto también allí otros muchos sin número, de otras provincias y partes.”[10]

Referimos como un antecedente de la presente temática lo acaecido durante el mes de octubre de 1519 cuando la Real Audiencia de La Española -Santo Domingo-, tomó la decisión de cambiar el sistema del rescate por la explotación directa bajo el infausto gobierno del despótico Alcalde Mayor de Cubagua, Antonio Flores, nombrado en 1520, lo cual originó un enfrentamiento con los guaiqueríes, que se negaban a entregarle el producto de sus extracciones perleras, ejercida de manera independiente y acorde con los derechos concedidos por la Corona de España, lo cual desencadenó una insurrección dirigida por el cacique Toronoima secundado por Maracuey cacique de Chichiribiche que convocó a los indígenas desde el golfo de Santa Fe, hasta los nativos de la desembocadura del río Unare, quienes navegando en sus curiaras arribaron a la isla de Cubagua, donde apoyados por los guaiqueríes de Cumaná y de la isla  La Margarita, la tomaron por asalto provocando la huida  de colonos y religiosos, asesinando a otros y dejando la  isla devastada por su pillaje. Logrando extender esa rebelión por todo el rio Neverí hasta el golfo de Cariaco, quemando lo encontrado a sus pasos con el asesinato de españoles y de frailes dominicos y franciscanos.  

Enterada la Real Audiencia de Santo Domingo sobre esos acontecimientos, narrados directamente por los pocos españoles que lograron huir de esa furia aborigen, designaron al Capitán General Gonzalo de Ocampo  para aplacar esa insurrección indígena, debiendo de apresar y ajusticiar a sus líderes. Pero con  la salvedad de “… no proceder contra los indígenas de las provincias  Cumaná y  Cariaco y la isla de Margarita.  Para asegura el agua de Manzanares se consideró suficiente una concordia con los indígenas de Cumaná, tarea que se encomento a uno de los misioneros franciscanos, fray Juan Graceto que sabe la lengua. Caso de fracasar se este empeño, se autorizó a Ocampo a prender los caciques principales.”[11] Mandato resaltante sobre la importancia de los Guaiquerí para Santo Domingo por la necesidad de contar con ellos para la reconstrucción del núcleo urbano de Cubagua y dar continuidad favorable a la producción perlífera. Y ante el fracaso del fray Juan Graceto para solventar esa rebeldía aborigen entro en funciones el capitán general de Cubagua Gonzalo de Ocando, quien actuando con la usual conducta de la milicia española y según las ordenes recibidas,  apresó a los caciques Maraguay y a su hermano deportándolos  a la isla La Española -Santo Domingo-, empalado algunos como escarmiento y a otros los herró como cautivos. Esta rebelión fue la primera del este Nuevo Continente y la de más larga duración.[12]

Esa frustrada rebelión  conmovió por primera vez la prosperidad de Cubagua, cuya exuberante bonanza estaba sustentada en la vida de esos esclavos negros y aborígenes. Cuyos signos de justificada protesta derramó también la sangre de inocentes sacerdotes, la destrucción de locaciones públicas,  privadas y religiosas, donde en estas últimas fueron violados sus altares y efigies cristianas. Espacios consumidos por el odio de esos dóciles naturales, que en un principio habían recibido a esos colonizadores cordialmente, que a la postre se convirtieron en los  depredadores de sus espacios atávicos, sometiéndolos a la esclavitud para hacerse de las ostras perleras de su entorno marino, cuyo bulbo los alimentaba y sus perlas los ornamentaban, las cuales de manera ingenua las intercambiaron en su primer encuentro con esos extranjeros por espejos, pedazos rotos de porcelanas de colores y otros utensilios.

Sobre esa rebelión de 1520, el escritor colombiano William Ospina (1996) en su libro denominado ¿Dónde está la franja amarilla? En la segunda parte de ese ensayo, relata lo anteriormente referido, así: “… cuando la rebelión de los indios de Cumaná llevó espanto a las poblaciones españolas de la costa y conmovió por primera vez la prosperidad de Cubagua, que se anunciaba eterna. En sólo un cuarto de siglo la riqueza de las perlas había hecho surgir de la nada un bazar insolente, y nadie parecía darse cuenta de que todo ese esplendor reposaba sobre la extenuación de los indios. Ahora estaban los curas degollados, destrozadas las efigies, ensangrentados los altares y los templos consumidos por el fuego, y los indios dóciles que daban perlas a cambio de espejos y de cuentas de vidrio se habían vuelto feroces vengadores. Una tropa armada de lanzas y de flechas envenenadas cargó contra Cubagua, y la multitud de los mercaderes corrió hacia los barcos dejando todas sus riquezas y provisiones en la isla, que fue saqueada en seguida por los nativos.  (…) Y al año siguiente una tremenda expedición española, al mando de Gonzalo de Ocampo, ancló en el puerto de Cumaná, se adentró por tierra firme, y llevó castigo a los pueblos indígenas de donde habían salido los amotinados. Las playas y los caminos se llenaron del horrible espectáculo de incontables indios clavados en estacas, y muchos otros fueron reducidos a la esclavitud y marcados con hierros candentes.[13]

Y entrando en el tema central de esta narrativa, nos ubicamos en el tiempo pertinente, el año de 1603 cuando se produjo, otra insurrección, liderada por  una esclava negra, llamada Guiomar etiquetada como  la “Rebelión de la Reina Negra de Macanao.” Habilidosa mujer que burlando el cautiverio del déspota español, logró logísticamente trasladar su grupo de insurrectos desde la isla de Cubagua hasta tierra firme e instalarlos en un Cumbe o Mocambo  en la frondosa selva del Tataracual,  ubicada estratégicamente al sudeste de la ciudad de Cumaná; donde fue reconocida como una reina. Quizás emulada como la monarca castellana  Isabel I “La Católica” o como una aristócrata africana o como una sacerdotisa de la religión Yorùbá poseedora  de poderes excepcionales del sincretismo ancestral de su etnia Mandinga.  Pero cualquiera de esas circunstancias o aunada unas y otras, en definitiva, esa intrépida mujer alcanzo ese respeto jerárquico, otorgado por sus acompañantes.

La “Rebelión de la Reina Negra de Macanao” instalada en su Cumbe, Rochela y Mocambo estaba resguardado por la frondosidad de selva del Tataracual, donde Guiomar como su líder y distinguida como su reina, impuso sus propias leyes, logrando cada día captar más partidarios, construyendo una fortaleza. Ese grupo aprovechando su vecindad con los asientos españoles cercanos a su zona de convergencia, los asaltaban frecuentemente, para surtirse de provisiones, alimentos y armamento, lo cual no sólo perjudico a esos “Señores” propietarios sino también,  al beneficioso comercio de las perlas. Transcurrido un año de esa instalación rebelde en las mediaciones de la ciudad de Cumana, cuyos perjuicios eran notorios y ante el fundado temor de su  indetenible extensión,  el gobernador de la Provincia de Andalucía y Paria, Diego Juárez de Amaya organizó una expedición desde esa Ciudad al mando del capitán Juan Bautista de Sedeño de Cervantes y Albornoz, a los efectos de combatirla y exterminarla. Ese  capitán comisionado es referido por José Joaquín Salazar Franco Cheguaco (2000) en su libro La Asunción Ciudad Procera , así:  aparece prestando grandes servicios a la Corona Real en La Española, (…) le comisiono para la conquista y pacificación de los indios.” Personaje, que a la postre logró agrupar en el valle de Santa Lucia entre los años de 1562 al 1564 a un grupo de familias dispersas por las serranías de la Provincia de Margarita, que habían logrado huir  de los desmanes de Lope de Aguirre cuando incursionó en 1560 en el conurbanismo  del Pueblo de La Mar y del valle del Espíritu Santo.[14]

“Guiomar” o “Guymar” y sus seguidores enfrentaron con gran coraje a sus adversarios españoles, dándoles aguerridos combates, pero al final fueron vencidos por esa supremacía que los masacró, para escarmentar nuevos alzamientos en las extracciones de los bancos perleros de Cubagua, La Margarita y Coche, cuyo comercio era de gran lucro para la Corona de España y sus concesionarios explotadores, los “Señor de Canoa” entre ellos, el mismo Juan Bautista de Sedeño de Cervantes y Albornoz, quien cumplida su misión le presentó un Informe a su mandante don Diego Suárez de Amaya. El escritor Manuel Vicente Magallanes, (1982) en su libro Luchas e Insurrecciones en la Venezuela Colonial, refiere ese particular así: “… nombraron reina a una mujer de su raza y fortificaron los alrededores preparándose para la defensa. (…) en sitio de mucha defensa y fortificación los embistió y desbarató, aprisionada una negra a quien por muchas apariencias habían nombrado su reina.»[15] 


[1] CIMARRONES, grupo de negros o indios alzados. Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar (1977). 2ª Edición.  Tomos I-IV, Caracas, Venezuela: Editorial EXLI-BRIS

[2] CUMBES, ROCHELAS o MOCAMBOS. Pueblos fundados por esclavos negros y aborígenes prófugos del sistema esclavista del hombre blanco, ubicados en parajes secretos donde vivían de manera oculta, comunitaria, libres bajo el imperio de su propia ley. Le dieron diversas acepciones: Cumbes, Rochelas y Mocambos (Venezuela); palenques (Costa Rica); quilombos (Brasil); mambises (Cuba). Ibid.

[3] OTTE, Enrique (1977) Las Perlas del Caribe: Nueva Cádiz de Cubagua. Caracas: Fundación John Boulton. P 33.

[4]   BIBLIOTECA NACIONAL de ESPAÑA, Madrid. Sección de Manuscritos, Sig. Vit. 6-6 antes T. 301 Fs. 195-198.

[5] VÁZQUEZ ESPINOSA, A. de (1948) Compendio y descripción de las indias occidentales. Washington D.C. U.S.A: Smithsonian Institution. P. 45.

[6] KONETZKE, Richard (1993) Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispanoamérica. (1493-1810). América latina II. La época colonial.  Madrid, España: Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto Jaime Balmes. Editorial Siglo XXI. -Historia Universal-. Pp. 481-482.

[7] SEÑORES de CANOA. Comerciantes dueños de las empresas de explotación de las granjerías de perlas, conocidos con ese eufemismo, por ser los propietarios de las canoas, aparejos y de los esclavos utilizados en esas tareas. Ibid. OTTE, Enrique (1977) Las Perlas del Caribe: Nueva Cádiz de Cubagua. Pp. 49-50.

[8] CASA de CONTRATACIÓN de INDIAS, Institución de la Corona de Castilla fundada en 1503 por los reyes de España Isabel I y Fernando II, para fomentar el comercio en sus posesiones territoriales de ultramar. Disponible: https://es.wikipedia.org.

[9] LAS CASAS, Bartolomé de, Fray  (2011) Brevísima relación de la destrucción de las India. Edición y notas José Miguel Martínez Torrejón Prólogo y cronología Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos. Colombia: Editorial Universidad de Antioquia. P.113.

[10].Ibid. LAS CASAS, Bartolomé de, Fray  (2011) Brevísima relación de la destrucción de las India. Pp113-115.

[11] Ibid. OTTE, Enrique (1977) Las Perlas del Caribe: Nueva Cádiz de Cubagua. P. 191.

[12] Ibid.

[13] OSPINA William (1997) ¿Dónde está la franja amarilla? Colombia: Editado por la editorial norma para América latina.  Capitulo II. Disponible: https://es.wikipedia.orgwiki/ ¿Dónde_está_la_franja_amarilla?

[14] SALAZAR FRANCO José Joaquín Cheguaco (2000) La Asunción Ciudad Procera. La Asunción, Isla de Margarita: Editores: SENECA Alcaldía de Arismendi del estado Nueva Esparta. P. 11.,

[15] MAGALLANES, Manuel Vicente (1982) Luchas e Insurrecciones en la Venezuela Colonial Caracas, Venezuela: Editor: Academia Nacional de La Historia. Nº 28. Pp. 110-111.

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