Manuel Avila

Cuándo leo textos realizados por personas que solo buscan la diatribas y el chisme burdo como materia de su interés particular, termino de entender el caos existencial que estamos viviendo en esta sociedad atormentada por el caos.
La gente no entiende que con chismes de la farándula política no se llega al cielo y que escribir canciones de cuna forma parte de la realidad sacramental nacional.
El temazo relativo a la ortografía, la sintaxis y la gramática del texto es parte de las debilidades de nulidades engreídas que desde cenáculos de la ignominia buscan fastidiar hasta más no poder. No es posible que los escribidores no terminen de leer el momento histórico que vivimos y que con temáticas obsoletas es imposible detener la fuerza de la marejada, ni la fortaleza de los vientos ciclónicos.
Es evidente que pretender cambiar el curso de la historia solo con cuatro chismes infecundos de la política es parte de las viejas tretas que ya no calan en una nación, donde las mañas políticas entraron en desuso antes de llegar al 2030.
Dejar huellas en el discurso es lo más fácil porque no tienen capacidad los que escriben de una sola manera para soltarse de los sustantivos y adjetivos que los marcan definitivamente a la hora de escribir textos que dejan sus marcas en la tinta.
Pescadores de estilos sobran por todas partes y es muy simple ubicar textos que pertenecen a tal o cuál persona, pues es evidente que los que escriben van dejando estelas importantes en el subconsciente colectivo de cada personalidad discursiva. De eso se trata de aquilatar el cerebro de tal manera que no le puedan ver el hilo con que cose a Lola. Es un tema complejísimo usar palabras variadas que permitan al escrito diferenciarse de los demás.
Esos cazadores de estilo que abundan en las sociedades modernas son sin lugar a dudas figuras que ven desde el ciber espacio los errores cometidos por quienes con sus huellas de la impericia lexical no pueden esconder tras oraciones mal construidas la levedad a la hora de empuñar la pluma.
Eso era antes que la gente se escondía en seudónimos sus defectos lingüísticos y su torpeza gramatical, pues es evidente que osados del texto escrito se atreven a retar las normas del lenguaje para quedar atrapados en lo meramente pueril.
Hoy cuando la tecnología rompe los diques del discurso escrito no es nada fácil ocultar sus malas palabras en chismes y frases mal construidas para vilipendiar y ofender a ciudadanos de una sociedad atiborrada de problemas políticos.
Con el discurso escrito no ocurre lo mismo que con el discurso oral porque la voz es un elemento inconfundible y por más profesional que se el interlocutor solo queda como un mal imitador ante la voz original de cualquier hablante. En el discurso escrito la huella queda marcada en el rasgo de la personalidad que se desprende de cada protagonista del lenguaje porque definitivamente un escrito es una tomografía perfecta de cada hablante.
De muchas maneras los avances de la lingüística permiten establecer marcadores lexicales para determinar quién escribe un texto en una situación determinada, ya que las evidencias lexicales van esculpiendo el rostro invisible del escritor o del escribidor.
En estos tiempos ya no es un secreto la huella dejada por el escritor y por eso muchos se atreven a convertirse en estudiosos de los discursos aún a cuenta de equivocarse en el intento. Esa situación la he vivido en carne propia cuando muchos atarantados investigadores del lenguaje me endosan discursos personales de cada protagonista porque algún sustantivo, adjetivo, verbo o frase hecha se atravesó en el camino de cualquier ciudadano.
Ya no estamos en tiempos de la política obtusa que se encerró en conciliábulos de amigos que tuercen los mensajes con saltos mortales que nada dejan en lo semántico, ni en lo simbólico.
Ahora todos los escribidores están al descubierto con las caras largas y la mentira en sus disfraces de enemigos de su propia conciencia que los traiciona cuando improvisan en el manejo del lenguaje escrito.
Los pescadores de estilos andan con sus atarrayas cazando peces de colores que se invisibilizan en un mar de fantasías que no logran cristalizar propuestas disímiles que nunca llegarán a puerto seguro.
El estilo delata el creador de notas difusas y pone de boca en boca a nombres de conocidos personajes que pierden su esencia y quedan reducidos a la difusidad de los innombrables personajes de la oscuridad.

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