Por Antonio Ledezma.

Es hora de precisar las causas de la escalada populista que “camina por americalatina”. Y hay que hacerlo con objetividad, dejando de lado las excusas baladíes para pretextar la falta de eficacia del liderazgo político que se jacta de promulgar las ideas identificadas con las verdaderas democracias. Lo cierto es que ya los promotores de la izquierda revolucionaria no se arropan en público con las banderas del marxismo, como cuando gritaban eufóricos las ideas del “padre del socialismo científico y del materialismo histórico”. Todos esos guiones, incluida la música del Partido Comunista atribuida a Anthar López, con sus estrofas que invitaban a cantar “Puedo Morir como nací, sabedlo/Puro, sencillo y Optimista/De pie sobre la tierra como un árbol/En las filas del partido Comunista. Esa letra ya no se amolda con las realidades con que tropezaban en esas montañas los lideres de las guerrillas de la revolución que derivaron hacia las andanzas del narcotráfico y del terrorismo más sanguinario.

En otros escenarios estaba “la izquierda caviar”, la que se entretenía en los cafés parisinos mezclando capuchinos con champán, mientras otros “comandos”, desfachatadamente se derrapaban en los burdeles para sofocar la afonía que les había producido la pronunciación de aquellos encendidos discursos, en los que no faltaban las citas del Che Guevara, ni de Fidel Castro. Los que quieran más detalles sobre ese proceso de depravación de esos lideres “revolucionarios” que mutaron en atracadores de bancos, estafadores de ocasión y en neoempresarios, les recomiendo leer la extraordinaria novela que escribió Carlos Blanco, Gran marcha hacia el abismo, en el que relata todas esas aventuras que explican por qué esas falsas revoluciones no son más que la encarnación del crimen organizado peor acabado.

Un hecho cierto es que descendieron de las serranías para incursionar en otras modalidades “revolucionarias”, pero eso sí, dejando a buen resguardo las rutas del narcotráfico, los laboratorios de producción, o sea las “cocinas” en las que se prepara la cocaína con las miles de toneladas de hoja que cosechan en esas cada día más crecientes extensiones de tierra que siembran, gracias a la narrativa que han impuesto ante esos gobernantes “buenistas” que ceden posición ante la arremetida de los “defensores de los campesinos y agricultores que protestan por el uso del herbicida glifosato que perjudica las plantaciones”. La verdad es que defienden su infernal negocio del narcotráfico, basado en la siembra de Erythroxylum, especie sudamericana de la familia de las eritroxiláceas, originaria de las escarpadas estribaciones de los Andes amazónicos.

A la cabeza de esas guerras de 5ta generación van los populistas con sus credenciales que los acreditan como “individuos de número del Grupo de Puebla” o como asociados del Foro de Sao Paulo. Tratan de darle un giro a aquellas palabras de Mao cuando dijo que “todos los comunistas tienen que comprender esta verdad: el poder nace del fusil”. Ese fusil lo enterraron junto con los restos de Marulanda. Ahora Gustavo Petro, el legendario combatiente del movimiento guerrillero M-19, habla del “Cambio Climático”, mientras se hace el desentendido ante el descomunal crimen ecológico que comete su carnal Nicolás Maduro en el Amazonas venezolano. López Obrador, que solía mascullar el pensamiento trotskista, exclamando que “el socialismo significa un salto del reino de la necesidad al reino de la libertad”, ahora se desgasta en ver como introduce esa peculiar reforma al sistema electoral para cercenar la libertad de elegir de los mexicanos. Daniel Ortega, que se desgañitaba pronunciando la célebre frase del “general de hombres libres”, Cesar Augusto Sandio, sentenciando que “la soberanía no se discute, se defiende con las armas en la mano”, ahora lo que defiende es su derecho personalísimo a disfrutar del poder omnímodo, a costa de la sangre de su pueblo.

Así han variado las cosas. Las estrategias son otras, entre ellas desmontar las instituciones. Por eso cobran vigencia las conclusiones vertidas en la obra escrita titulada “Por Qué Fracasan Los Países”, de los escritores Daron Acemoglu y James A. Robinson, quienes indican que “la prosperidad no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las políticas dictaminadas por las instituciones de cada país. Debido a ello, los países no conseguirán que sus economías crezcan hasta que no dispongan de instituciones gubernamentales que desarrollen políticas acertadas”.
Por eso es que para Maduro en Venezuela es posible ejecutar la degradación ambiental de uno de los países con la mayor biodiversidad del planeta Tierra. Por eso para Evo Morales le resulta fácil explotar la miseria de sus pares indígenas de Bolivia “dándose golpes de pecho”, conmovido por “la desigual concentración de los ingresos”. Y oímos a Rafael Correa pontificar sobre “el irregular funcionamiento de los mercados internacionales”, mientras se culebrea por las rendijas y grietas que van abriendo los desencuentros de grupos políticos ecuatorianos enfrascados en una pelea inútil que solo le sirve a los causahabientes del populismo. Tal como lo hacen en Argentina los herederos del peronismo que proliferan consignas “condenando la dependencia de los países industrializados” para pretender ocultar que el otrora granero del mundo está a punto de importar trigo porqué han descalabrado el férreo sistema de producción que tenían los productores argentinos.
En medio de esa guerra cultural que tiene en la mira la integridad de las familias, que le pone banderillas a los campesinos e indígenas de la región con su fárrago del progresismo y de la reivindicación del campesino latinoamericano; con sus tarareados y pegajosos estribillos que exaltan la hispanofobia, encuentran un suculento caldo de cultivo para medrar en la ingenuidad de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe, más cuando se comprueba que nuestra región “sigue presentando los índices de pobreza más altos del mundo. El boom económico de la primera década de este siglo logró reducir la pobreza del 45,5% en 2004 al 27,8% en 2014, pero desde entonces la región enfrenta un estancamiento, principalmente debido a estructuras económicas poco productivas y a la rampante informalidad, que roza al 50% de la población”.

Esa pobreza es la “gallina de los votos de oro” de los populistas que no piensan jamás remediar esas desigualdades, sino más bien profundizarlas, porque mientras más hundida este en la miseria la gente, más fácil será posible llevar adelante sus planes dictatoriales, que tienen su punto de partida en poder valerse de las elecciones a las que les permiten acceder en los sistemas democráticos, para después de alcanzar el poder destruir esas democracias de cuyas virtudes se aprovecharon después que les abrieron los caminos.

@AlcaldeLedezma

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *