Ana Luisa Gandica Silva

MUJERES TRASCENDENTALES EN LA HISTORIA DE LAS ISLAS DE

LA COSTA DE LAS PERLAS

MARÍA LUISA CÁCERES DÍAZ DE ARISMENDI  -II-

Imagen del rostro de  Luisa Cáceres Díaz de Arismendi.

    Autor: Emilio Jacinto Mauri Ivern (1899)

                                  Ubicación: Salón Elíptico del Palacio Federal Legislativo.

Continuando con la narrativa del artículo anterior sobre la implicación que significó para nuestra protagonista doña María Luisa Cáceres Díaz de Arismendi ser la esposa del notable héroe nacional, el coronel Juan Bautista Arismendi Subero, por la recuperación del reino de España de parte de Fernando VII, cuya voluntad era someter a Venezuela como una colonia desavenida a su colonialismo absoluto, enviando al efecto, su poderío militar para exterminar sus  insurrecciones, iniciando ese sometimiento con la Provincia de Margarita, donde aún blandía la bandera tricolor de la República, después de haberse perdido la Segunda. Necesariamente esas situaciones, influyeron notablemente en el destino de esa pareja de esposos, por las razones siguientes:

La información obtenida en Margarita sobre esa incursión invasora era limitada, sólo que había  partido, el 17 de febrero de 1815, desde el puerto de la bahía de Cádiz una gran escuadra militar, con rumbo a esta insularidad  bajo el comando de  Pablo Morillo como mariscal de campo. Por ello, el 8 de enero de 1815 el  “Poder Político” integrado por la Junta de Gobierno representada por: don Gaspar Marcano, don Juan Miguel Lares, y don Juan Antonio Silva, reunidos con el “Poder Militar” a cargo del coronel Juan Bautista Arismendi, el segundo en jefatura el coronel Rafael de Guevara, el capitán de fragata Juan Manuel Fermín y otros oficiales, acordaron organizar un “Plan de Emergencia” y convocar a los notables y padres de familias de la ciudad capital, La Asunción, para informarlos sobre ese particular. Conviniendo entre otros particulares, comprar armas y pertrechos, con el dinero aportado por la comunidad, que sería  negociado por  don Manuel Plácido Maneiro, con las islas vecinas, para equipar las fuerzas de tierra y mar.

Entre tanto, en la Isla acorde con ese “Plan de Emergencia” se comenzó con un patrullaje ininterrumpido por sus costas y posibles puertos de desembarque de esos extranjeros; se reforzaron las defensa de los fortines y su capacidad de ataque; se estableció un orden de reclutamiento para las personas aptas de librar combates; se tomaron las medidas del abastecimiento pertinente y, se dictaron las directrices para proteger a la población civil. Y por la eficiencia de ese procedimiento, el oficial Juan Díaz al mando de la  flechera “El Rosario en  una hazaña asombrosa logró alcanzar a uno de los buques de la escuadra de Pablo Morillo, el bergantín “Guatemala”, que alejada de su comando fue  interceptado y capturada su tripulación, puesta de inmediato a la orden de Arismendi, que los trato con el debido respeto, permitiéndose obtener una información parcial sobre esa invasión.

Una vez, avistada en el panorama del horizonte margariteño la magnitud de esa “Expedición”, se tuvo certeza de su capacidad, que de inmediato procedieron a tomar el  puerto de Pampatar, el 7 de abril de 1815, cuya resistencia local fue fácilmente vencida por esa supremacía, sin pérdida de vidas. El abogado historiador, Mariano de Briceño (1885) en su libro Historia de la Isla de Margarita. Biografías del General Juan B. Arismendi y de la Señora Luisa Cáceres de Arismendi, reseña:  “Acaso en el trascurso de los siglos no volverá á ver el litoral de Margarita tantas proas, cañones y tropas enemigas dirigidas contra ella. Altísimo honor de un pueblo que por su indómito carácter, por su perseverante patriotismo y su energía incontrastable, obliga á una Nación poderosa á levantar toda su fuerza disponible para ponerle freno y subyugarlo. Y cuenta que ese pueblo no era conocido todavía por las hazañas que después admiró el mundo![1]

Fuerza militar de mar y tierra, que sobrepasaba la revelación obtenida de los marinos cautivos, que en conocimiento del arribo de sus compatriotas, informaron los detalles, de ese contingente militar, a cuyo mando estaba el veterano oficial Pablo Morillo, conformada  por: Ciento diez y seis velas con 18.000 hombres disponibles para el combate; el magnífico navío “San Pedro Alcántara” con 74 cañones, 3 fragatas, 25 buques menores artillados y 70 embarcaciones de transporte y con el soporte de la  escuadrilla dispuesta en Carúpano al mando del  español, el general Francisco Tomas Morales para atacar en caso necesario, que contaba con 20 velas y 3.000 hombres de desembarque. Versión obtenida del  aludido libro del Dr. Mariano de Briceño (1885). Y, el notable militar, académico, Héctor Bencomo Barrios (2022) en su obra El General en Jefe Juan Bautista Arismendi Una Vida al  Servicio de Venezuela, la presenta así: «Formaban la expedición, en total, 500 oficiales y 10 mil individuos de tropa; contabilizados estos efectivos el 16 de febrero de 1.815, en España, en los cuales no se hallaba incluida la tripulación de los buques. Toda esta fuerza era transportada en 49 naves, con el San Pedro Alcántara como buque insignia.[2]

El general Juan Bautista Arismendi como máximo dirigente y responsable del cuerpo militar de Margarita convocó a una “Junta de Guerra” donde acudieron las autoridades civiles del triunvirato de gobierno integrado por: Gaspar Marcano, Juan Miguel Lares, Juan Antonio Silva, así como, por el cuerpo de oficiales de mayor rango como: el coronel Rafael de Guevara, el capitán de fragata Juan Manuel Fermín y otros con mando de tropa; y personeros relevantes de esa comunidad, a quienes Arismendi en nombre del “Poder Militar” les presentó  un concienzudo análisis sobre la mermada capacidad de defensa de Margarita, que por contar con sólo 400 soldados y un precario apoyo de tierra y mar, no estaba en capacidad de vencer exitosamente al visible contingente español. Por lo tanto, retarlos significaría una derrota vergonzosa y su exterminio con  la pérdida innecesaria de vidas útiles; así como, darles motivos a esos colonos de atacar ferozmente a la población civil y generar desenlaces impredecibles. En consecuencia, se debía pactarse una “Capitulación Honorable”. Decisión protestada por algunos ilusos pero aprobada por la gran mayoría de los presentes.

Igualmente, Juan Bautista Arismendi al frente de esa emergencia ofensiva, consideró prudente esperar la iniciativa de esos extranjeros antes de ofrecer el vasallaje de la Isla. Transcurridos dos días, esa escuadra comenzó a agruparse en posición de ataque. Y, evitando su  acción Arismendi envió una comunicación a Morillo, para solicitar una entrevista y conciliar un tratado acorde con “el Derecho de Gente.” Morillo con la soberbia de su superioridad, se sintió ofendido por reclamar esos osados margariteños un “Derecho de Guerra.” La respuesta del prepotente Mariscal de Campo, la señala Mariano de Briceño, (1885) en  su libro, así: “A mi llegada á este punto me sorprendió el no ver dirigirse al buque de mi residencia con aquella alegría y sumisión de que he tenido repetidos ejemplos en España y en América, las autoridades que gobernasen en esta isla interinamente. Las sospechas de que S. M. C. el señor don Fernando VII no encontraría vasallos en ella , y si desleales , me puso en la dura obligación de cumplir el precepto de tomar la isla á viva fuerza . No puede ya ignorarse de que jamás llegaron á estas orillas tropas más resueltas á cumplir a voluntad del Rey, ni Monarca más benéfico del que dichosamente nos gobierna. (…) Dios guarde á U. muchos años . A bordo del navío San Pedro á 9 de abril de 1815, á las once y media de la mañana .”[3]

En definitiva, después de cruzadas comunicaciones entre ambos bandos, se le permitió a un emisario margariteño abordar el “San Pedro Alcántara”, entregándole a Pablo Morillo un pliego de avenencia, firmado por dos de los miembros del Gobierno Político de Margarita, don Juan Miguel Lares y don Juan Antonio Silva. No obstante,  Morillo no estaba dispuesto a conceder ninguna capitulación, exigía la sumisión total de esos locales a su majestad el Rey Fernando VII,  enfatizando: “Si así lo hicieren, ofrecía cumplir la voluntad del soberano, que «en todos tiempos se ha inclinado a la piedad». Su deseo, concluía Morillo (quien hacía uso del lenguaje comedido que tan bien sienta siempre al vencedor) era evitar a la isla «los feroces de la guerra» que sobre ella caerían si no se cumplían sus exigencias.  Aunque presentado en un tono moderado, era un verdadero ultimátum.-  Morillo no suspendió, al parecer, las operaciones de desembarco, las cuales suscitaron -según el capitán Sevilla- una moderada resistencia por parte de las fuerzas margariteñas que guarnecían a Pampatar y sus alrededores; finalmente prevalecieron los españoles, quienes se apoderaron de aquella población y de sus puntos fortificados.. (…)  Al amanecer del día 10, la bandera española fue izada en algunos de los fuertes de la isla, y al poco rato llegó a manos de Morillo la respuesta del triunvirato, junto con una esquela de Uno de los oficiales del Guatemala, quien le informaba que «el pueblo estaba pronto a recibir al Gobierno de Su Majestad sin que hubiese la menor sospecha de alteración, y que el Gobierno [patriota] estaba disperso. De inmediato, el grueso del ejército realista desembarcó y procedió a la ocupación sistemática de los puntos estratégicos de la isla.”[4]

Respuesta altanera, que no detuvo otros, enlaces, permitiendo el 11 de abril de 1815 convenirse  una “Amnistía”, firmada por parte de la Provincia de Margarita por dos de los miembros de su Gobierno Político, don  Juan Miguel Lares y don Juan Antonio Silva y, por el Poder Militar, el coronel Juan Bautista Arismendi; y,  en nombre del  Reino de España, el mariscal de campo Pablo Morillo, en cuyo pliego no estaba incluido el indulto de Arismendi ni de otros altos oficiales. Sin embargo, Morillo en esa oportunidad distinguió a Arismendi de una manera cordial como bien lo presenta Héctor Bencomo Barrios (2022) así: “El caudillo mismo de la perdonada rebelión no fué exceptuado en la amnistía concedida; lejos de eso, le abrazó públicamente, dándole así pruebas inequívocas del valor que él daba á su adhesión.- Lo que sí es cierto -porque esto lo escribió más de una vez el propio Morillo, y nunca lo desmintió Arismendi- es que el general español abrazó al militar venezoláno. Por esto, más qué  através· del  recargado clisé con que el capitán Sevilla los describe, vemos el encuentro de aquellos hombres de armás, el vencedor, hidalgo y magnifico y e1 vencido: comedido y  digno,…”[5]

La reacción del general realista Francisco Tomas Morales ante esas advenencias, el escritor Héctor Bencomo Barrios (2022)  en su señalado libro lo cita, así: “Según el relato del capitán Sevilla, «en los ojos del brigadierMorales, quien se hallaba presente, brilló un relámpago de ira mal comprimida por los deberes impuestos por la disciplina”; al ver que Morillo se disponía a indultar-o «perdonar”; como escribe Sevilla- al caudillo margariteño. Morales, quien tenía muy presente la altiva respuesta que su emisario, el padre Uamozas, había recibido de Arismendi, señaló con un índice vindicativo al jefe vencido y, describiéndole como un «reptil» y un «tigre”; que trataba de engañar a Morillo; recordó con encendidas frases las ejecuciones de 1.814 y exhortó al general en jefe a »hacer justicia”; castigando «ejemplarmente, como mandan las leyes, no al insurgente -decía Morales con pasión, sino al reo de delitos comunes. Pero Morillo se negó a seguir por este camino a su subalterno, y ratificó el indulto de Arismendi, “mañifestándole que el Rey tenía el corazón más generoso que sus enemigos y que en su nombre le perdonaba». Arismendi saludó y se retiró «echando una mirada de odio reconcentrado sobre el brigadier.” Morales -continuó Sevilla- predijo a Morillo que fracasara en su expedición.[6] Observación recriminada por Morillo a Morales, así: «Señor brigadier; no he pedido a usted consejos: «Es verdad, mi general -respondióle- y en adelante me abstendré de dárselos.»[7]

La escena anterior cuyos personajes principales fueron: Morillo, Arismendi y Morales, admite preguntar ¿Por qué Morillo fue tan benevolo con Arismendi?  Héctor Bencomo Barrios (2022) sobre esa interrogante, responde: “Dos de ellas las sintetiza muy bien el propio Morillo en una comunicación que, desde Cartagena, dirigió en enero de 1.816; al almirante británico Douglas, a la sazón gobernador de las posesiones inglesas en América: «En la isla de Margarita pude de un sólo golpe terminar una guerra· desoladora; pero las benéficas intenciones de su majestad y la humanidad me obligaron a. perdonar a los monstruos como el infame Arismendi.»[8]

El pueblo margariteño en general ante la amenaza de los cañones del supuesto “Pacificador” aceptó la sombría derrota de esa invasión con la esperanza de recobrar los días luminosos de libertad. Aceptando, que esa declinación había evitado la ferocidad de un enfrentamiento desigual con la consiguiente pérdidas de vidas de los locales y el estrago del terruño insular. Contestes estaban, que la dimisión de Arismendi al comando de la milicia de Margarita, no implicaba su renunciar como “líder” indiscutible del  movimiento emancipador.

El  mariscal de campo Pablo Morillo antes de abandonar la Provincia de Margarita designó como su gobernador provincial al teniente coronel don Antonio Erráiz, cuya fama lo antecedía de ser un hombre honrado y bondadoso, quedando bajo su mando una guarnición de 800 hombres  bien armados y apertrechado. Nueva autoridad, cuyo tratamiento respetuoso hacia la población y ajeno a cualquier tipo de maledicencia, le fue retribuido por esos locales. Sin embargo, Morillo le recomendó mantener un riguroso plan de espionaje sobre los caudillos margariteños y no dejarlos salir ni a ellos ni a sus familiares de la Isla. Dicho gobernador no duro mucho en ese cargo, fue llamado a España y sustituido por el siniestro teniente coronel Joaquín Urreiztieta.

Juan Bautista por ese efecto, se retiró a su residencia familiar de Santa Ana del Norte, donde disfrutando de la compañía de su joven esposa, María Luisa y demás familiares, bajo la apariencia de dedicarse a las actividades agrícolas de sus predios, continúo coordinando de manera sigilosa importantes contactos con sus más cercanos compañeros de ideales, fraguando futuros planes de ataque en contra de ese colonizador, burlando la rigurosa vigilancia, a la cual estaba sometida su familia. Otro grupo de notables, también se retiraron a sus hogares, manteniendo una comunicación discreta en esa actividad insurgente. Los más desconfiados de la magnanimidad del español abandonaron la Isla, buscando asilo en otros locaciones, como fue el caso del coronel José Francisco Bermúdez, que en compañía de Justo Briceño y Pedro María Freiles, entre otros oficiales, se embarcaron en la flechera “Culebra” del capitán Juan Manuel Fornés, logrando evadir sigilosamente la escuadra realistas, y refugiarse  en las neutrales Antillas.

Arismendi una vez haciendo gala de su astucia, fingía aceptar esa falsa confraternidad brindada por los agentes españoles. Por cuanto sus conspiraciones estaban en curso, con un avance prometedor, apertrechándose del armamento suficiente para dar batalla y expulsarlos definitivamente de la Isla, movimiento atisbado por esos personeros. Por esa razón, el  hogar Arismendi-Cáceres en Santa Ana del Norte, era visitado con cierta frecuencia por Urreiztieta,  bajo la excusa de socializar, siendo recibido con la misma hipocresía de refinados modales.

Por lo anterior, Joaquín Urreiztieta visualizando el peligro inminente de esas actividades clandestinas, invito a Juan Bautista el 24 de septiembre de 1815, a una cena-trampa en su casa de La Asunción con el objeto de apresarlo y advertido por un joven caraqueño de nombre Pedro Berroterán, decidió huir de ese asedio y esconderse en espesuras de la montaña «El Copey» ubicado en la inmediaciones de la Ciudad de La Asunción, junto con su hijo mayor, Ignacio, habido en su primer matrimonio, procediendo a correr la voz sobre su determinación entre sus seguidores, para evitar sus aprensiones e instruyó a su joven esposa María Luisa de tomar las providencias necesarias para resguardar la seguridad familiar, cuyas dificultades vivida por esa joven en datas pasadas le  habían templaron el carácter como bien lo reseña Héctor Bencomo Barrio, (2002), así: “Ya los años infantiles de María Luisa estaban muy lejos. ¡Habían pasado tantas cosas, en unos pocos meses! El dolor había empezado a templar el ánimo de aquella caraqueña, quien ahora ostentaba con orgullo el pomposo título de esposa del coronel Juan Bautista Arismendi. La joven desposada, sin sospecharlo -o, ¿acaso lo intuía?- hacía su entrada en la historia. Lo hacía por la puerta grande, con pie firme; asida de la mano del gran caudillo oriental. Aunque no podían saber qué les depararía el futuro, se sentían fuertes para enfrentar las dificultades que pudieren surgir. De una cosa estaban seguros: no se defraudarían mutuamente.[9]

El gobernador Urreiztieta ante su fracasado Plan ordenó apresar a doña María Luisa. Cumpliendo con esa orden el comandante Antonio Cobián, el 23 de setiembre 1815, irrumpió en horas de la noche en el  hogar Arismendi-Cáceres ubicado en Santa Ana del Norte, quien sin considerar su visible estado de embarazó, la condujo en mula hasta la Ciudad de La Asunción, alojándola en el hogar del fanático realista, don Cristóbal Amnés, donde acogida con respeto fue encerrada en una de esas habitaciones, incomunicada con el espacio exterior. Y  ante la imposibilidad de capturar a Juan Bautista, dicho Gobernador le puso precio de recompensa a su captura, lo cual, resultó infructuoso, porque, su escondite jamás fue revelado por sus coterráneos, quienes le profesaban gran fidelidad y afecto como su “líder.”

El brutal gobernador Urreiztieta frustrado por no haber podido apresar a Arismendi durante los 55 días que María Luisa permaneció en la casa de la familia Amnés, decidió trasladarla el 17 de noviembre de ese mismo año de 1815, al Fuerte Santa Rosa de La Eminencia o Castillo Santa Rosa, ubicado en La Asunción, que estaba bajo el mando del desalmado Antonio Cobián, confinada en un  lúgubre calabozo con la oscuridad de una cueva, con paredes de bahareque y piso de barro, celosamente vigilada por un centinela apostado en la puerta, siendo alimentada con una comida repugnante, que ella, ingería en pequeñas porciones con la idea de sobrevivir.

Las raciones de agua  y alimentos suministrados a María Luisa le causaron una disentería, postrándola en cama, lo cual notado por el soldado que le llevaba su ración diaria, le aconsejo con un gesto de piedad compartir con él su asignación de aguardiente, rechazada por ella inicialmente, para no privarlo de ese beneficio, pero ante las insoportables dolencias de ese mal, acepto su sugerencia, lo cual le permitió superar ese infortunio. Recuperada María Luisa de ese padecimiento y ante el desaseo de su escasa provisión de vestimenta, solicitó le permitieran lavarla o renovarla con una asistencia externa, concediéndole lo primero. Por ese efecto, se acordó su traslado bajo escolta a un rio cercano, donde sólo podía enjuagarla por carecer de jabón, cuyas largas  caminatas de ida y vuelta le fueron desgastando su calzado que aunado a su avanzado estado de embarazó le dificultan su andar. Resultado, su apariencia de hermosa joven convertirse en una harapienta indigente.

Trascurrido varios días de ese infame encarcelamiento, el día 15 de diciembre 1815, esa Fortaleza fue atacada en horas de la noche por un grupo de leales revolucionaros al mando del coronel Juan Bautista Arismendi, con el fin de liberar a su joven esposa. Enfrentamiento que duro dos días de arduo batallar, que al final resulto fallido, en cuya esplana se confundían los lamentos de los cuerpos heridos y muertos, tanto de los valerosos patriotas como de los  realistas, lo cual opacaba un trágico amanecer. En represalia, a ese asalto, Luisa fue trasladada desde su celdas hasta ese nivel superior donde esos verdugos la obligaron a presenciar la forma vil como liquidaban a los heridos margariteños, compañeros combatientes de su esposo, que habían dado su vida para lograr su libertad. Esos indignos sujetos  no contentos con haberla forzado a presenciar esa escena de horror, la  pasearon  sobre sus cuerpos mutilados, dándole de beber la sangre, que corría por los canales de un aljibe cercano, donde se confundía la de ambos contingentes.

A pesar de ese fallido ataque, Arismendi logró capturar al carcelero Antonio Cobián junto con otros soldados, por lo cual, el gobernador Joaquín Urreiztieta le propuso, por medio de un emisario, canjearlos por su esposa, cuya respuesta fue: “Diga al jefe español que sin patria no quiero esposa,[10] expresión referida en el Diccionario Margariteño Biográfico, Geográfico e Histórico de Rosario Rosa Acosta (1996). Sobre esa respuesta de Arismendi el historiador don Mariano de  Briceño, (1885) en su indicada Historia de la Isla de Margarita Biografías del General Juan Bautista. Arismendi y de la Señora Luisa Cáceres de Arismendi, lo revela así: “Diga al jefe español [contestó al emisario] que sin patria no quiero esposa.[11]Así como,  José Joaquín Salazar Franco, -Cheguaco- (2007) en su publicación El General Juan Bautista Arismendi. Historia y leyendas en el aparte“El General Juan Bautista Arismendi,  indica: “contestó en un arranque de furia «sin patria no quiero esposa». Otros afirman que fue «no quiero esposa bajo cielo esclavo.[12]  La contundente respuesta de Arismendi a Urreiztieta, exalta su fiel compromiso ante cualquier otro tipo de afecto.

Enterada María Luisa sobre la irreversible posición de su esposo, de no aceptar dicho cambio de prisioneros realistas por su libertad, sus carceleros, con una retórica intrigante pretendieron obtener su cuestionamiento. Y ella, después de haber sufrido los tormentos de esos seres despreciables, que en un acto espantoso la habían obligado a presenciar la decapitación de sus compatriotas, inmolados por su liberación y cuya sangre forzosamente había saciado su sed.  La respuesta de su marido, se correspondía a la gratitud por ese sublime sacrifico y al compromiso adquirido con el pueblo de su insularidad, que por sus virtudes lo habían distinguido como su caudillo. Por consiguiente, ella alababa el haber rechazado tan deshonrosa proposición. Y en una de las otras oportunidades, cuando pretendían atormentarla con sus ironías y humillaciones le preguntaron cómo se llamaría el hijo por nacer y, ella, con gran orgullo respondió como su padre Juan Bautista. Esta escena la refiere el  Dr. Mariano de Briceño, (1885)  en su citada obra, así: “Un día preguntóle un oficial que -nombre se proponía darle á su hijo.- /El de su padre, respondió Luisa fríamente.-/ Por esta lacónica respuesta , tuvo que oir de boca de su interlocutor insinuaciones muy mortificantes . Díjole que el primogénito de Arismendi no llevaría el nombre de un traidor: que sería llamado Fernando, como el Rey, y educado en España muy lejos del lugar en que su padre sin duda alguna sería ahorcado.-/ -No llevará otro nombre que el de su padre-replicó con entereza la cautiva.-/ -Si tal cosa sucede-repuso el español -verá usted á su hijo presentado en la punta de una bayoneta.- Acaso quien así hablaba creía que sus anuncios ominosos jamás podrían realizarse ; pero bien descubren ellos que de todos modos se trataba en Santa Rosa de apurar con la ficción el sufrimiento de una víctima, en realidad abrumada con martirios que habrían podido satisfacer á los hombres más feroces.”[13]

María Luisa a pesar de su juventud y haberse criado en un  hogar honroso y amoroso donde disfruto grandes comodidades, extendido a los tiempos compartidos con su marido, Juan Bautista, cuyas épocas felices, no le habían nublado la sensatez de la prudencia, ni la fortaleza de su carácter templado en tiempos pasados y en ese presente, se abstraída en un silencio, desconcertando a sus martirizadores, permitiéndose sobrellevar sus maldades e insolencias con la dignidad de su indiferencia.

Tales carceleros por la habilidad que caracterizabas a las mujeres de esa época en la costura, la obligaron a elaborar los sacos donde colocaba la pólvora utilizada por la artillería  del Castillo, para repeler a los ataques de su marido y seguidores, para lo cual le suministraron el material necesario. Y ella aprovechándolo su habilidad en esos menesteres, logró sacar una mantilla y una ropita para acobijar y vestir a su hijo por nacer, precisamente elaborado con el mismo material donde se contenían los explosivos para repeler a su padre. El 23 de enero de 1816, María Luisa empezó a sentir los dolores de parto, crítica situación que soporto por varios días y, ante su evidente deterioro, cuya muerte le causaría a sus custodios un gran conflicto con sus superiores, sin ningún sentido de benevolencia acorde con la situación, se valieron de otra reclusa de nombre Asunción Silva, para asistirla en esos menesteres, quien sin conocer el oficio de partera sólo solicito un poco de vino para calentar el cuerpo de esa parturienta, que finalmente el 26 de enero de 1816 dio a luz a su primera hija, que supuestamente murió al nacer, acontecimiento controvertido entre nuestro distinguidos escritores. Quizás, por la falta de un registro cierto sobre ese particular. Afirmando unos que esa niña nació muerta y otros, que fue asesinada por los soldados de ese Fortín, ese relatos entre otros, es presentado por nuestro estimado escritor margariteño, Jesús Manuel Subero (1997) en su libro Matasiete Montaña de Gloria, así: “La niña nace muerta y junto con la madre el sol de Margarita llora recostado a Matasiete, Risas. Gritos. Sarcasmos, Bufas. Alguien toma la recién nacida y salvajemente, la lanza al vacío. Cuando la madre se repone del duro y terrible trance, y pregunta por su hijo, la dura respuesta no se hace esperar. Ya es pasto de los zamuros”.[14]  Y en ese mismo orden Mariano de Briceño, (1885) en su anunciado texto lo refiere: “Luisa acogió con maternal solicitud el cadáver de su hija; la vistió con abrigo que su previsión le preparara, y la colocó en su catre. (…) Dos días transcurrieron sin que nadie pensase en inhumar el cadáver de la párvula. A su solicitud, se lo proporcionaron dos muchachos sucios del pueblo para que le diesen sepultura. La madre les entregó los restos mortales de su hija en la única almohada que tenía, por no haber á la mano otro medio de transporte. Al regresar los dos sepultureros manifestándole haber hecho su oficio, devolviéndole la almohada y las dos piezas del vestido de la niñita. La madre sorprendida con la vista de aquellos tristes despojos, pregunto porque su hija no había sido enterrada con ellos. Los muchachos respondieron: “Nosotros botamos la niñita en un zanjón, lejos de aquí; y lo que traemos, usted lo necesita.”[15] 

En relación con el particular anterior, el siguiente 29 de enero el brigadier Juan Bautista Pardo encargado directo de la custodia de María Luisa dirigió al capitán Salvador Moxó, Capitán General provisional de Venezuela una carta histórica, donde expresaba: “La mujer de Arismendi ha dado á luz en su prisión a un nuevo monstruo. Esta y otra señora presa he mandado al Gobernador de Pampatar envíe a la Guaira, donde debe estar sin comunicación. Arismendi, según voz, ha hecho matar á nuestros prisioneros, y en este caso, convendría decapitará a su mujer. También tengo entendido que esta señora escribe á su marido, y éste á aquella, y no conviene éste aquí.” Concluyendo en el siguiente párrafo: “Los enemigos envían continuamente mujeres con niños pequeños á llevar y traer noticias; y como es lastimoso matar á unas y otros , se les echa otra vez,  y esto puede costarnos caro; espero que me diga usted también, si todos los niños, las madres etc., han de morir, o que se ha de hacer con ellos anunciado”[16]

Por lo tanto, una vez más doña María Luisa Cáceres Díaz de Arismendi se elevó sobre las circunstancias de su providencia, que la conllevó a casarse con un militar de alto rango y notable héroe patriota, Juan Bautista Arismendi Subero, cuyas circunstancias la convirtieron en el instrumento de la venganza de sus enemigos, que aprovechando su vulnerabilidad femenina, le infringieron un trato cruel, logrando mermar su  salud  al extremo de no poder nutrir la vida  de su primogénita  y negarle sin piedad la opción dolorosa de enterrarla con una cristiana sepultura. En memoria a su funesta estadía en el  Fuerte de Santa Rosa de La Eminencia o Castillo Santa Rosa, ubicado en la Ciudad de La Asunción está colocada una placa con la  inscripción: “Luisa C. de Arismendi a su virtud, valor y martirio por esposo y patria. Cautiva en este calabozo a los 16 años.”  Vivencia de esa mártir, que posteriormente tomaron un nuevo destino, cuya narrativa se continuará relatando, donde LAS MUEJERES TIENEN UNA HISTORIA QUE CONTAR…


[1] BRICEÑO, Mariano de (1885) Historia de la Isla de Margarita. Biografías del General Juan B. Arismendi y de la Señora Luisa Cáceres de Arismendi. Segunda edición. Caracas: Imprenta El Monitor P. 68

[2] BENCOMO BARRIOS,  Héctor (2022) en su obra El General en Jefe Juan Bautista Arismendi Una Vida al  Servicio de Venezuela, Caracas: Prensa e Impresión La Galaxia. Fundación Polar. P. 109.

[3] Ibid. P. 69.

[4] Ibid. Pp. 113.114.

[5] Ibid. P. 116

[6] Ibid. P. 117

[7] Ibid. P. 118.

[8] Ibid. P. 118

[9] Pp.134 y 135

[10] ROSA ACOSTA, Rosauro (1996) Diccionario Margariteño Biográfico, Geográfico e Histórico. Margarita, estado Nueva Esparta: Series Colección contemporánea Gustavo Pereira; N°1. Fondo Editorial del estado. P. 81.

11  Ibid.  P. 91.

[12] SALAZAR FRANCO, José Joaquín -Cheguaco- (1991) en su publicación El General Juan Bautista Arismendi Historia y leyendas en el aparte El General Juan Bautista Arismendi, Tacarigua de Margarita: Fondo Editorial Gabriel Bracho Montiel. Dedicado A FEDECENE en sus 25° Aniversario. Primera Edición.  P.6

[13] Ibid. P.100.

[14] SUBERO, Jesús Manuel (1977) Matasiete Montaña de Gloria. Pampatar, isla de Margarita: Consolidada de Ferris, C.A. CONFERRI. P. 26.

[15] Ibid. P. 101

[16] Ibid. Pp.101y 102.

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