Juan José Prieto Lárez*

Sucedió en Medellín. Sucede en muchas ciudades de nuestro continente. Pero este caso en particular lo vivió el padre Juan Carlos Vásquez en un barrio del otrora reino de Pablo Escobar Gaviría. Una tarde, un chico de unos dieciséis años, el tristemente célebre duro de la barriada por la altísima cifra de encargos llevados a cabo como sicario se doblegaría ante una sotana. A los doce años se calzó al cinto su primera mágnum. A los catorce era muy solicitado. Ese día cuando cumplía los dieciséis sintió la necesidad de un abrazo. Lo tenía todo, menos quien le ofreciera, aunque fuera una ñinga, una dosis de afecto.
Llegando a la parroquia el padre Juan Carlos lo vio venir hacia él, sintió algo de temor ante la referencia dislocada que poseía ese hijo de Dios que jamás piso la iglesia. Con las manos a la espalda dio la sensación de ocultar algo tras de sí. Entonces el Padre quiso absolverlo de todo mal pensamiento con la señal de la cruz que asumía también para irse en paz junto al Señor, en caso de recibir un balazo sin saber porqué.
-Deseas algo hijo mío?-preguntó con cierto recelo.
-Padre hoy estoy de cumpleaños-respondió el muchacho.
-Qué bueno y que puedo hacer por ti?-volvió a preguntar el sacerdote.
-Darme un abrazo, padre.
El religioso sintió que aquellas palabras venían cargadas de profundo desconsuelo y desolación espiritual, sus ojos eran tristes, con cierta añoranza de unas lágrimas, porque desde hacía mucho no sabía lo que eso significaba. No recordaba la última vez que llorara. Tal vez fue cuando a su madre la asesinaron en venganza por tener un hijo devoto de la Virgen María Auxiliadora, la virgen de los sicarios, según el escritor colombiano Fernando Vallejo en su libro titulado “La Virgen de los sicarios” donde cuenta de los asesinatos por encargo en Medellín. No lo recordaba.
Después de la escena redentora se fue, en la espalda la franela, a nivel de la cintura, se notaba un bulto. Era el arma que le daba vida. Pero tan solo esto fue un episodio más de los que durante ocho años escuchaba en el confesionario de algunos chicos que con afán querían la bendición y estar listos llegada la hora del tiro fatal. En un reportaje publicado en El País (España), con autoría del reportero colombiano Federico Ríos, hacen mención de un chico quien amaneció un día con los nervios de punta, otro le pregunta: y a usted qué le pasa que anda con tanta ansiedad. El pelao le contestó: es que necesito matar. Salió en busca de una presa, la primera que encontrara, y se oyeron disparos, regresó y le dijo a su contertuliano: ya maté, ahora estoy más calmado.
Cuando la noche llega a Medellín pareciera despertarse un mundo subterráneo agenciando un reguero de sangre y droga. Esa noche del cumpleaños del muchacho que pidió el abrazo al cura, fue acribillado en una callejuela habitada por la violencia. En Medellín, según datos policíacos existen más de cinco mil sicarios distribuidos en trescientas bandas. Allí la vida es breve, se vive un ratico, dijera alguien. La redención es un disparo.

*Periodista

peyestudio54@gmail.com

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