Manuel Avila

 El Maestro Jesús Manuel Subero, el maestro normalista que hizo historia en varias escuelas de Margarita fue director en la Escuela “José Joaquín de Olmedo” de Pampatar y de la Escuela “Francisco Esteban Gómez” de La Asunción el colegio de su pueblo y de sus sueños donde decidió tirar su rezón para dictar cátedra de docente y de gerente de alto nivel que puso a esa institución a sonar como una de las mejores del estado.

“El hijo de Chucho Subero que iba a Los Robles en bicicleta retando los arenales y siendo el centro de atención de los habitantes de este pueblo de paso. Por eso los más jóvenes robleros salían a celebrar el espectáculo de la aparición de una bicicleta en el pueblo que no había muchas para la época. Por esa razón mientras Jesús Manuel daba sus clases a los habitantes de Los Robles que eran piezas enciclopédicas donde el pampatarense aportaba su pedagogía para fortalecer los conocimientos de los pilarenses”, (Nicanor Navarro, Antología Documental  de Los Robles)

Pero el maestro no solo venía a Los Robles a dar clases sino que se empezó a mover por los predios de la Calle Aurora metiéndole el ojo a una muchacha bonita de esas que paría la tierra pilarense. Por eso usó sus propias estrategias de galán de pueblo al ir ganando terreno por los espacios de la Calle Aurora en conversaciones con Alfonso Avila para demarcar mentalmente los linderos de Los Robles, los cerros del pueblo, las batallas realizadas en La Ermita, los orígenes del pueblo, la historia de las campanas, el misterio de la Pilarica de plata dorada,  la picardía del roblero, la caza de conejos, la jalada del guarame y el tutuel y la cantidad de maíz que se producían en la Sabaneta y en La Portada.

Con esas conversaciones con un hombre tan conocedor de la agricultura como el primo Alfonso Avila pudo Jesús Manuel profundizar en los conocimientos teóricos que tenía sobre la luna y su influencia en las buenas cosechas. Eso hizo que el Maestro Subero que usaba su tiempo libre en horas de la tarde para venir a Los Robles a dar formación a los pilarenses sobre diversas asignaturas que fortalecieran los conocimientos que recibían de la Maestra Luisa Rosas de Velásquez, nunca descuidó su formación para ser uno de los maestros más acaudalados de este pueblo.

Los muchachos robleros se pusieron pícaros porque las salidas del Maestro Subero de Los Robles para Pampatar eran a las 8 o 9 de la noche lo que indicaba que el pampatarense había avanzado en sus amores con Ana Petra, una roblera bien hermosa que también era maestra normalista. Esa temática educativa que consiguió interlocutora  en la roblera le permitió a Jesús Manuel ir cada día quedándose en el pueblo de los cohetes por largo rato y hasta los fines de semana el flaco de Pampatar fue sembrándose entre los robleros como uno más.

Se enamoró el Maestro Subero de Ana Petra y eso corrió de boca en boca en los comentarios de los pilarenses que veían con agrado que uno de los hombres más importantes de la academia pampatarense se cruzó con una roblera para terminar en un matrimonio que recuerdan los más adelantados en edad  con mucha emoción. Con el paso de los años Jesús Manuel y Ana Petra fijaron su residencia en los altos de Pampatar donde tuvieron su familia y con esas vivencias el Maestro Subero dejó huellas profundas en la Biblioteca que construyó a su imagen y semejanza para estar por siempre sembrado en ese mundo de la investigación a la que tanto tiempo le dedicó.

Por eso era normal que se viera a Jesús Manuel con su traje negro, su camisa blanca y su corbatica sentado en su mecedora en la puerta de su casa en horas de la tarde noche y durante el día en su biblioteca leyendo, investigando y atendiendo a los lectores que llegaban a su biblioteca a buscar informaciones en los libros diversos que tiene la biblioteca para la investigación. Ahí me senté con él muchas veces y la última fue cuando me invitó a su espacio para conversar porque vio mi nombre en el Diccionario de Venezolanismos que hizo la UCV y que se le regaló su amiga María Josefina Tejera la directora de esa investigación y que siempre lo visitaba en Pampatar.

Eso dio pie a que en Pampatar los vecinos de Jesús Manuel cuando llegaban personas de otros pueblos a buscar información lo llevaban directamente a los predios del Maestro Subero que fue poco a poco ganando terreno como intelectual hasta llegar a ser Cronista de la UDO, Cronista de Porlamar, miembro de la Academia de la Historia, Presidente de la Asociación de Cronistas de Margarita y miembro de La Asociación de Escritores. Todavía la imagen del Maestro Subero en su mecedora frente a su casa es recordada con cariño por los pampatarenses. Más nunca se vio a un hombre de Pampatar vestir cada día con su camisa blanca, su corbata y su saco negro como un verdadero representante de número de la Academia de la Historia. Esa era su personalidad y su vestimenta su marca de fábrica, pues el Maestro Subero fue uno solo inimitable e insustituible.

 Lo cierto es que después de más de treinta años de servicios los pamapatarenses lo terminaron etiquetando como “El Maestro Subero y para que más”. Planteamiento que se sembró por años en el Pueblo de la Sal y que avanza por encima de todas las cosas con su carga semántica para enaltecer a un hombre llano, sin poses y cagado de sabiduría que dedicó toda su vida como un apostolado a enseñar, investigar sobre la historia, escribir y dar representatividad a su pueblo. Y aun así recibió críticas hasta en su propio pueblo de muchos ignorantes que como lo veían siempre de flux y corbata nunca lograron entender que era una figura egregia del conocimiento universal, pues como dijo La Rochefoucault “Ganaríamos más ver tales cuales somos, que tratando de parecer lo que no somos”.

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