Juan J. Prieto L.*

Allí, donde ella espera, estoy.
Con un torbellino en su cabeza, forja su apego como un fierro candente sobre el yunque de la existencia. Acampa de la desesperación, aguardando que mis brazos recios la rodeen, que no pueda moverse, haciéndola burbujas como si fuera una frágil barra de jabón. Está segura que al verlo se va desparramar, tal como bañera que busca esconder el agua y no sabe qué hacer con ella. O como el verano que achicharra la vecindad, esclava de palpitaciones estacionarias.
Él se fue con su adiós ligado al dolor. Pero eso sí, recordando su entrepiernas. En ese encuentro formidable se produjo la desunión, igual a las aguas del río cuando remontan el cauce pasando con su desnudez por encima de las piedras. Pero no se marchó solo, se fue también con el azul de sus ojos, como olas batiendo entre sus manos. La tuvo sin saber que era su vida, pensando que era un gran carajo, un hijueputa que nada le importaba. Que ella era la abundancia deseada. Hasta que el plisado marino dejó de llevarle el perfume profundo, se quejaron las nubes por los atardeceres despoblados de besos y carantoñas.
Ambos perdieron.
Ella, la piel atiborrada de luceros consumiéndose en una mordaza mate, como la muerte de una plantación tostada, sobreviviendo con penachos de trigo tristes.
Él, la carne suave por donde deslizar su manto de manos íntegras, sin raciones, toda entera velándole como a un ave extraviada en el remolino de las tolvaneras. Ahora son, ambos, el cultivo pretérito de una señal que no pudo crecer o fue demasiada la ansiedad que la pobló, y las riendas se durmieron hasta calcinarse el deseo.
No volverá el goce a la mesa de las satisfacciones, donde brindaron en copas con bordes de fortuna, donde el mantel soportó lo salvaje del apetito y el deseo exhausto de la tentación.

*Periodista

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