Por Mitzy Capriles de Ledezma.

Los venezolanos hemos sido siempre muy querendones. Así hemos crecido en familia. Abrazos por aquí apurruñes por allá. Nuestros núcleos familiares estaban siempre empapados de ese cariño, dulce, meloso que nos hacía experimentar los afectos que se convertían en un pegamento que nos ataba para toda la vida. Los vínculos se extendían más allá del borde del hogar, porque nuestros sentimientos de amistad abarcaban los linderos de los vecinos con los que terminábamos fraguando una confraternidad perdurable en el tiempo.

Compartíamos éxitos, alegrías y tristezas. Así crecí. Desde luego que no estábamos exentos de los típicos pleitos que los días se encargaban de suturar. Bien lo dijo mi querido tío Miguel Ángel Capriles cuando acuñó aquella sentencia según la cual “los odios prescriben al finalizar tantos o cuantos años”.

De las patinatas callejeras, las parrandas navideñas y los encuentros caseros, pasamos a esta vida cibernética en la que la tecnología ha sido para los venezolanos una bendición. Es como una paradoja burlona, porque somos parte de un país en donde se vuelve a cocinar con leña, pero al mismo tiempo encendemos los celulares para que los integrantes de una familia, se vuelvan a ver las caras gracias a esos teléfonos con pantalla incorporada. No sé si los sentimientos que nos sacuden también los experimentan personas de otras nacionalidades, pero en esta circunstancia, me inspiro en las tradiciones venezolanas que me hacen evocar aquel corri-corri mientras escuchábamos la canción que entonaba Néstor Zavarce: “faltan 5/ pá las 12/la noche va a terminar/me voy corriendo a mi casa/ a abrazar a mi mama.”

Los venezolanos nos criamos en medio de esos hábitos impregnados de sentimientos que servían para cultivarnos unos a otros. El día del cumpleaños, el del bautizo, la celebración de la graduación de un pariente, o la dolorosa partida de un ser querido, eran hechos que nos congregaba para compartir la alegría o la pena. Hoy, las familias de Venezuela están padeciendo la disrupción más inimaginable, para un pueblo que siempre ha permanecido unido, en las buenas y en las malas. Hoy se sabe de abuelas que dejaron de ver a sus nietos y de padres que se han separado forzosamente de sus hijos y que son incontables los casos de velorios y de entierros a los que no acuden ni los hijos, ni los abuelos, ni los padres, ni los nietos, ni los sobrinos, ni los primos, según sea cada suceso en particular. Esa ausencia se convierte en un dolor aparejado al ya inmenso sufrimiento que produce la noticia de la desaparición de un pariente o de un amigo de toda la vida.

Esas son las consecuencias que deja a su paso la dictadura que impera en Venezuela, ya no se trata de cuantificar el daño a la economía, o la destrucción de nuestras industrias y el deterioro creciente de los servicios públicos, es también esa fractura insondable de la armonía venezolanista, que nos mostraba ante los ojos del mundo como una sociedad hermanada, alegre y soñadora, que hoy es señal de explosión de sentimientos y lágrimas repartidas por los confines del mundo.

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