Por Antonio Ledezma.

“París se ha convertido en un laboratorio vivo para la tecnología urbana que gestiona todos los sistemas que necesita una ciudad: agua, transportes, seguridad, residuos, edificios ecológicos y energías renovables”, así lo asegura Saskia Sassen, catedrática de la Universidad de Columbia (Nueva York) al momento de analizar el nuevo planteamiento de la ciudad con el que es posible experimentar, probar y descubrir novedosos esquemas de convivencia ciudadana. La analista destaca el éxito parisino gracias a la aplicación del modelo de “la ciudad de los quince minutos” que parte de la premisa de tener en cuenta las necesidades de los habitantes más que haberse centrado en la cuestión de la circulación.

La transformación lograda en París se basa en hacer factible el cambio radical de una gran ciudad, en la que la circulación no cesa a lo largo de las veinticuatro horas del día. Esa experiencia la analizamos hoy con la esperanza de que también podamos transformar las ciudades latinoamericanas que, tal como lo apunta Saskia Sassen, “son víctimas de su propio crecimiento, cuestión sobre la que, en general, los urbanistas están de acuerdo”. Es pertinente destacar que la gestión adelantada por la alcaldesa parisina, Anne Hidalgo, ha contado con un sobresaliente equipo en el que pudo descollar el urbanista francocolombiano Carlos Moreno, en cuyo extraordinario libro (La Revolución de la Proximidad) me apoyo para plasmar estas inquietudes, tal como él lo hizo, inspirado en ese iluminado pensador Tomás Moro quien, “hace más de quinientos años imaginó y describió un territorio, una ciudad con un modo de vida perfecto, cuyos componentes, reglas y costumbres definió minuciosamente”. Moros creaba imaginariamente una isla, que “en realidad-apunta Carlos Moreno-era un no-lugar, pues no existía en ninguna parte, y a partir de la negación del griego topos, de donde deriva el nombre Utopos del gobernante romano que desempeña un papel clave en la obra, la isla fue concebida universalmente como Utopía”.

En la actualidad lo que tenemos es un mundo superpoblado con un número significativo de ciudades que acusan los rigores de los problemas cruciales de recursos y de calidad de vida y por tales razones, tal como lo examina Moreno en su obra La Revolución de la Proximidad, “la tecnología, destinada a aportar una contribución a esa ruptura e hibridación, es ahora el núcleo de las transformaciones de nuestro modo de vida”. Todo eso conlleva a estar frente a “la ciudad global” a la manera en que Saskia Sassen crea “nuevas condiciones de sensibilidad, de identidad, de pertenencia, así como trabas socioeconómicas y culturales, con unos ciudadanos cada vez más exigentes frente a sus gobiernos locales”.

Para comprender ese diagnóstico, Carlos Moreno coloca como ejemplo las cinco grandes zonas urbanas del mundo: Tokio, con sus 37 millones de habitantes, es la prefectura más densa de Japón, y al mismo tiempo el conjunto de su área metropolitana representa el 11% de la población. Seguidamente nos muestra la situación que caracteriza a Delhi, ciudad que ve duplicado su tamaño en solo veinte años, entre 1991 y 2011, concentrando una población metropolitana de 27 millones de habitantes y una renta per cápita de las más altas de la India, atrayendo a centenares de miles de inmigrantes. Le sigue la ciudad de Shanghái que concentra a 25 millones de habitantes, ha experimentado un proceso implacable de urbanización, ligado a la explotación de recursos minerales para la construcción, que modificó por completo su ecosistema, provocando la pérdida de amplias zonas de biodiversidad, el aumento de las temperaturas y una contaminación que se ha vuelto endémica. Otro ejemplo llamativo-continúa narrando Moreno- lo representa la ciudad africana de Lagos que viene a ser la metrópoli más poblada de Nigeria con 21 millones de habitantes, siendo una megalópolis que se destaca como centro financiero de su continente, posee el cuarto PIB más elevado de África. Finalmente aparece Sao Paulo, una urbe latinoamericana con 21 millones de citadinos, lo que equivale al 14% de la población de Brasil y el 25% de su PIB, semejante al de 4.305 ciudades brasileñas. En el diagnóstico Moreno subraya “el desarrollo caótico, el crecimiento informal, en donde las favelas acogen, ya sea en colinas o en llanuras inundadas, a la mayor cantidad de población sin acceso a los servicios básicos: agua y electricidad.

Ilona Szabó y Robert Muggah, en un artículo de opinión de World Economic Fórum (Instituto Agarapé), indican que “América Latina es una de las regiones más urbanizadas del planeta”. Szabó y Muggah puntualizan que, “además de Sao Paulo, hay otras mega-ciudades que están entre las mayores del mundo como Buenos Aires y Ciudad de México”. Los articulistas igualmente destacan que “hay otras Metrópolis crecientes como Bogotá, Lima y Río de Janeiro que no se quedan muy atrás. Estas ciudades son complejas, competitivas y dinámicas. Muchas ciudades latinoamericanas también sufren de lo que algunos estudiosos llaman “periferización” – son fragmentadas, segregadas y elitistas – o sea, son frágiles”. En el informe también especifican que “la mayor parte de la urbanización en América Latina tiene lugar entre bastidores en donde las ciudades masivas y conurbanizaciones, por toda la costa atlántica y pacífica de América Latina, hay otras 310 ciudades con poblaciones con 250.000 personas y otras 16.000 ciudades menores. Actualmente, el 82% de la población reside en ciudades. Aproximadamente el 93% de los venezolanos, el 92.5% de los argentinos y uruguayos, el 90.6% de los brasileños y el 89.3% de los chilenos viven en ciudades”.

Otra reconocida firma, Verisk Maplecroft, elaboró un ranking para inversores y compañías en el que se concluye que “de las 100 grandes ciudades que enfrentan el más alto riesgo por amenazas ambientales y climáticas, 99 están en Asia, siendo que la única que está fuera de ese continente se ubica en América Latina: se trata de Lima, capital de Perú, urbe a la que ubican como la quinta ciudad más poblada de América Latina, también está catalogada de ‘riesgo alto’ en lo que respecta al cambio climático y a la contaminación del aire y el agua”. En América Latina se detectan algunos rasgos alarmantes que proyectan “perspectivas sombrías en capitales como Ciudad de México y Santiago”. La empresa que realizó el estudio “evaluó los 576 centros urbanos más grandes del mundo y encontró que más de 400 ciudades están en riesgo ambiental alto o extremo por la combinación de varios factores: los peligros naturales, la contaminación, la disminución del suministro de agua, el calor extremo y la vulnerabilidad frente al cambio climático”.

El cambio climático fue evaluado por los investigadores contratados por la empresa Verisk Maplecroft, quienes destacaron que esa variación se manifiesta “en la multiplicación de los peligros relacionados con eventos meteorológicos”. Esas alteraciones traen consigo “temperaturas más altas y la mayor gravedad y frecuencia de eventos extremos como tormentas, sequías e inundaciones que, probablemente cambiarán la calidad de vida y las perspectivas de crecimiento económico de un gran número de lugares”. Según el informe citado “estos son los países que más emisiones de CO2 generan en el mundo y, en este índice sobre cambio climático, Caracas, con una población de cerca de 3,5 millones de habitantes, está registrada como de «riesgo extremo» (en esta categoría, dentro de América, también está posicionada Puerto Príncipe, capital de Haití). Ciudad de México, mientras tanto, está catalogada como de «riesgo alto», así como Lima y Miami”.

En su extraordinario diagnóstico Carlos Moreno nos retrotrae a las formidables imágenes del astronauta francés Thomas Pasquet que, “en 2017, nos mostraban la importancia de las ciudades en nuestro planeta”. Los datos son ilustrativos y alarmantes a la vez, veamos algunos: “Sólo ocupan el 2% de la superficie de la Tierra, pero concentran al 50% de la población mundial, consumen el 78% de la energía, son responsables del 60% de las emisiones de CO2 y producen el 80% de la riqueza. De esas referencias se desprende la vulnerabilidad de nuestras vidas urbanas por los efectos contaminantes y la fragilidad de nuestros recursos. En múltiples ciudades a los largo del mundo se reflexiona a fondo y se llevan a cabo acciones concretas para intentar cambiar de paradigma y ofrecer otro marco de vida que privilegie la calidad, empezando por tomar el aire que respiramos, además del agua, la biodiversidad y toda una nueva cadena de abastecimiento y de logística”.

Asumir el formato de la ciudad policéntrica y multifuncional, que Carlos Moreno define como la “ciudad de los 15 minutos”, contemplando la idea de que los ciudadanos puedan acceder al disfrute de los servicios esenciales en un tiempo de 15 minutos, representan-según Moreno-“un hábitat vivo en cuanto a los materiales, pero también en cuanto a lo que acoge”. El urbanista francolombiano deplora que “los espacios de vida-edificios, zonas comunes, garajes, centros de enseñanza, etc.-tan compartimentados, permanezcan vacíos más de dos tercios del tiempo”. Esas prácticas-asegura-conspiran contra el metabolismo urbano, teniendo en cuenta que el mismísimo concepto que rige la manera en que construimos y lo que construimos se nos revierte.

Los planes enmarcados en el método de la “ciudad de los 15 minutos” proponen implementar una regulación que canalice el equilibrio necesario para ofrecer cierta coherencia entre el espacio privado, el espacio público, la biodiversidad y los bienes comunes al nivel del barrio, de la ciudad y de la metrópolis”. Según Moreno, es hora de “fomentar la continuidad espacial asegurando al mismo tiempo una política que privilegie la mezcla funcional y el reagrupamiento de diversas actividades económicas”. Por otra parte sostiene que, “sin un enfoque cualitativo será difícil la recuperación del agua, de las corrientes de agua y de las zonas verdes para crear auténticos parques urbanos y desarrollar una cultura humana en la ciudad”. Por la experiencia exitosa de París se estima factible aplicar ese método en ciudades latinoamericanas, en el entendido que no se plantea incrustarlo sin tomar en cuenta las diferencias propias de cada espacio continental. Pero favorecer las conexiones y recuperar una vida local que potencie la del barrio, lo que significa también desarrollar su descubrimiento mediante el paseo y otras movilizaciones como la bici; facilitar el vínculo físico y social con otros sectores para ofrecer la fusión y la diversidad, lo que implica priorizar los proyectos de bienes comunes en todas sus formas”.

El lema que propaga Carlos Moreno es que “para que nuestra vida cambie han de cambiar nuestras ciudades”. De allí la fuerza de los planes que analizamos centrados en “modelos de desarrollo que favorecen una ciudad sostenible que integre los principios de la economía circular, en la que nuestras pautas de uso y de consumo cambien radicalmente reutilizando hasta el infinito, por ejemplo, los residuos que alimentan el proceso urbano”. El experto urbanista es partidario de “concebir una ciudad en la que los desplazamientos se realicen de otro modo y haya otras maneras de trabajar. Para asegurar la transición hacia esta ciudad poscarbono, hay que inventar nuevos modelos económicos, que ahorren en energía y en recursos naturales, pero totalmente indispensable también que reformemos nuestro paradigma en materia de gobernanza, fiscalidad, regulación de los mercados y de las normativas”. En definitiva la apuesta es revolucionar los comportamientos de nuestros ciudadanos ofreciéndoles, gracias a la digitalización y la revolución tecnológica, el acceso a nuevos usos y servicios”.

Conscientes de todos estos riesgo, en el año 2022, “un total de siete alcaldes de cinco países de Centroamérica y el Caribe se sumaron a los 56 alcaldes de Sudamérica que ya se han adherido a la iniciativa biodiverciudades liderada por la Corporación Andina de Fomento (CAF, 2022), que promueve la conservación y uso sostenible de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos e incorporarlos en la planificación y el ordenamiento del territorio, impulsando la bioeconomía, la ciencia, la tecnología, la innovación y la economía circular con el fin de lograr un mayor bienestar de los ciudadanos y el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)”.

Para contrarrestar esa amenaza fue que nos propusimos diseñar y poner en marcha el Plan Estratégico Caracas 2020 desde que asumí -en el año 2008- la Alcaldía Metropolitana de la capital de Venezuela. Bajo la calificada dirección del Dr. Marco Negrón y de la ingeniosa urbanista Zulma Bolivar, El Plan Estratégico que nos empeñamos en elaborar, pensando en el futuro sustentable de Caracas, contemplaba un eje ambiental que resultaba clave para los esbozos que se desprendían de la estrategia medular. En el marco de ese eje ambicionamos llevar adelante un concurso de ideas “La Carlota Parque Verde” para la ciudad de Caracas. La iniciativa partía del propósito de transformar el aeropuerto que le servía a la capital del país en un parque verde metropolitano. El sueño era hacer de esos espacios -115 hectáreas- en donde funciona una base militar, una herramienta esencial del complejo de dominios públicos de la ciudad Capital. Participaron más de un centenar de proyectistas, evaluados por un jurado que rigurosamente estudió cada una de las propuestas y finalmente resultó ganador el equipo integrado por los venezolanos Manuel Delgado Arteaga y Gladys Emilia León; Jorge Jaramillo de Colombia y OPUS-Oficina de Proyectos Urbanos de origen colombiano. Lamentablemente la dictadura que impera en Venezuela trastocó todos esos planes que esperamos retomar cuando caiga la tiranía.
@Alcaldeledezma

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