Juan J. Prieto L.*

Un agónico resumen impresiona los siglos que llevamos existiendo. El legado de la raza humana sucumbe ante el conmovedor episodio que habrá de venir en los próximos años: la desolación. Esa que sabemos nos acecha. Hasta en el más apartado rincón habitado por el hombre será descomunal la determinación del cambio climático sobre las inminentes víctimas que seremos. Y no habrá lágrimas, puesto que todos pereceremos, el tiempo se acorta vertiginosamente. El hielo rasgará las venas de la tierra anulando toda circulación de vida sobre su faz. De todo precepto de existencia. El frío delirio sofocará a cada uno de nosotros, encontrándonos con las manos juntas, y unos labios temblorosos balbuceando una solicitud piadosa. El fin está cerca, así lo manifiesta el desierto de Atacama, el más desértico del planeta, ahora muestra el blancor de la nieve y se mantiene en cero grado por un buen tiempo. El cielo se tornará de un gris intenso, del intenso frío, frío agónico. Estaremos mirando la muerte de frente, con sus colmillos babosos con sed a nosotros. No habrá salida que seguir para evitar lo inevitable. La tierra boliviana se está tornando arrugada, cuarteada por la sequía, el río Colorado es  tan solo un hilo de agua que desaparecerá en cualquier momento y jamás volverá su caudal musculoso de otrora.

Cuando entremos en razón por un instante apreciaremos las flores, los pájaros y los peces convertidos ahora en recuerdo. Los niños, los niños nos causarán lágrimas infinitas porque ya nada podemos hacer por ellos. Nos estamos aniquilando. Y de qué valen los gobiernos, y su dinero y sus líderes, ante la muerte todos somos iguales.
Sentados, esperaremos desaparecer. Nos aferraremos a la última fotografía en familia para lidiar, en vano, con la indignación del hecho tangible que se ocultaba detrás de la lente. Éramos parte subjetiva del lenguaje, pretendiendo decirnos algo en el desmán de la copia irreverente olvidada luego en una gaveta del armario apacible de la cotidianidad. Ahora, ante la incomprensión del destino, nos arrepentimos de haber entendido tarde, muy tarde, que nada es eterno jamás. Y tanto que escuchamos decir esta frase. Y todos los días somos más sordos.
No fuimos capaces de comentarnos la sensible salud del planeta y augurar una leve mejoría. Que era la única casa que nos albergaba. Merecemos por tanta ingenuidad, recorrer el vértigo por venir como si fuésemos una especie que nunca existió. Pero lo peor de todo es que ante tan amenazador desastre hay quienes duden de esta posibilidad cierta.
Será posible gobernar ante la inminente destrucción del planeta? Miren el día a día del clima, está ante nosotros haciendo estragos. La alerta es naranja.
Sería muy diferente si todo el esfuerzo que hacen los políticos por ocupar un cargo lo invirtieran en salvar la tierra, habría esperanza de vida para las generaciones futuras, pero no, el egoísmo está enfermando las ideologías con pronósticos críticos de indolencia por el prójimo. Quedaremos devastados y los cargos jerárquicos en los gobiernos de un lado y del otro no podrán salvarnos. Queridos amigos el fin está más cerca de lo imaginado, aseguran los científicos. El fin viene en categoría 4.

*Periodista

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